Sobre escatologías.

Hoy, en un comentario en un blog ajeno, he utilizado una expresión escatológica.

Eso me ha recordado un cartel -escrito rápida y sin muchas ganas sobre un folio- que pegado sobre la puerta del lavabo de un piso de estudiantes, rezaba así:

O CAGAS, O SALES.

Me cautivó. Desde el primer momento.

Claro y conciso.

Toda la información necesaria para comprender todo el alcance de las posibles situaciones en tan sólo cuatro palabras. Brutal.

El piso, compartido por dos parejas y allegados.. era un batiburrillo de entradas y salidas con prisas entre personas, que pudiendo compartir el verse las tetas o el mantener los platos sin fregar durante diez días, tan sólo se marcaban un mínimo instante de intimidad a la hora de evacuar.

Lo dicho:

O CAGAS, O SALES…

Una vecina chismosa..??

La mayoría de las Comunidades de Vecinos siempre parecen tener varios especímenes en común. Vecinos ruidosos, malos hábitos, envidias, mete-patas, rencores, chismosas/os y un largo etc..

De éstas últimas quiero contar una anécdota.

En mi Comunidad, seis puertas por rellano, cinco pisos por bloque, siete bloques… familias de trabajadores, niños pequeños.. vamos, contando a bulto, puedo juntar setecientas personas. Una fiesta continua. Tenemos de todo..

Juan, extrovertido, andaluz, treintañero, del Real Madrid, albañil -en paro-, mujer, tres hijos y un perra…

Entramos en tropel en el rellano de la escalera. Él con su troupe, yo con mis perros. Tres adultos, tres críos chillones y tres cuadrúpedos. Algarabía total. Llamamos a los dos ascensores, mi perro le huele el culo a la suya. Su mujer reparte capones a los gemelos..

Juan me dice:

– Vecino!! -Juan me llama siempre “vecino”- Enfrente tuyo vive un tipo muy majete él, verdad? El que ha comprado la casa de Marcelino..

– Si. Se llama Toni, separado. Con dos niños pequeños. De la edad de la tuya..

– Le conocemos, tiene fama de ligón. Antes vivía en el mismo edificio que nosotros. Antes de trasladarnos a éste.

Y se gira hacia su mujer en ademán de pretender que su esposa le de la razón.

Su mujer, que no puede negar que los gritones de sus retoños sean suyos, asiente con la cabeza.

Juan, continuando su perorata, insiste:

– Decían de él entonces, que se tiraba a todas las vecinas menos a una.

Y antes de que yo diga nada su mujer apostilla:

– Pues sería con aquella estrecha que vivía encima nuestro.

Se hace un silencio. Las palabras resuenan en mi cabeza mientras se abren, al unísono, las dos puertas de los ascensores. Me meto en el pequeño seguido de mis canes. Juan, absorto en sus pensamientos, se despide con un:

– Pues ya lo sabes “Vecino”. Vigila a tu mujer. Que lo tienes enfrente..

Mi perro me mira. Parece estar preguntándome:

– Este tío es tan tonto como parece? No le acaba de decir su mujer que también a ella se la pasó por la piedra?

– Déjalo. Los humanos somos muy raros algunos.

El tonto del reciclado (sueño)

Tras envalentonarme y pretender hablar algo de francés, -ya conté que había estado en Paris tres días?-, decidí ponerme Dibujos Animados par dormirme.

The lapins crétins. No entendí nada, pero me reí como en años..

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Me dormí.. riendo.

Un chico me reprende por desplegar el culo de bolsas de papel -para una mejor alineación y llevármelas para su reutilización-, en francés.

Por supuesto no entiendo qué dice, pero sus ademanes resultan inequívocos.

Contesto que no le comprendo.

Se esfuerza en decirlo -en español indio- aduciendo que el contenedor es público.

Le contesto -en francés indio- que por qué le quita la arandela y tapón a las botellas? No es público el contenedor?

Finaliza la conversación y el sueño, despertando ante su gesto acre.

Tenía yo un “amigo” que estaba tan acostumbrado a robar, que cuando era otro el que lo hacía, se ofendía el muy cabrón.

Era como si una Patente de Corso le impidiera ver la realidad..

EL SUSTO

Esta historieta la escribí al poco de comenzar en WordPress, entonces no me enteraba mucho de cómo subir fotos y no lo hice, el relato creo que mejora con su foto correspondiente. Ahí lo dejo..

Os voy a contar una cosa que me ocurrió un sábado del invierno de 2014. -Es una situación que a toro pasado da mucha risa-, pero que en aquel momento casi me cago del susto!!

Os cuento..
Los sábados, con el horario nuevo, entro a las cinco de la mañana, como me llevo los perros, voy andando, tengo unos cinco km, salgo entre una hora, hora y media antes..no siempre tardo lo mismo. Depende de las ganas que tengan de caminar, los árboles que huelan, lo que meen, esas cosas que hacen los canes..

Total, que generalmente salgo a las tres y poco de la mañana.
El camino hacia la fabrica, justo hasta mitad del mismo, es todo cuesta arriba. Hasta que salgo del pueblo más o menos. Luego, conforme voy atravesando campos, es cuesta abajo.
Ojo, no es una ascensión,  pero..es ese punto, en el que se va forzando un poco el paso todo el rato. A mi, con la artrosis de rodilla, me cuesta más caminar hacia arriba, que en plano o cuesta abajo.
Yo siempre voy con los cascos de la radio puestos. No de esos que van dentro del oido que me hacen daño, no. Yo llevo unos cacofónicos bien grandes. De propaganda de la Heineken. -Mientras re-escribo este post, los recuerdo con nostalgia, que bien sonaban-. Todos ellos de color verde y rojas las estrellas de la marca. Como un disc-jockey urbano.
(y a quien no le gusten, que no mire)

Pues imaginaos la situación:
La noche cerrada.
Sin luna.
El arf, arf, arf, arf…de ir tironeando de los perros..
Los cascos sonando a todo guiñapo para concentrarme en mi mundo..
Cabizbajo, mirando todo el rato al suelo..
No vaya a ser que pise alguna hierba mojada, me resbale y me esmorroñe por ahi..

No se si os pasa a vosotros..pero cuando vas solo, a oscuras, con la mente perdida y concentrado, a veces oigo algo parecido a voces..o creo que alguien saluda..o alguien me mira. -Puede también que sea la psicosis perceptiva que nos acompaña a los vigilantes de noche-.

Como a esas horas, rara vez me topo con nadie, y además llevo los perros, que dan seguridad y avisan, voy concentrado en mirar lo que piso, y a tajo, para que los chuchos no se paren.
Lo demás no existe.

Y de repente, sabeis esa sensación de que hay alguien alrededor…  levanto la cabeza..

Y me encuentro con esto..

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Una furgoneta, aparcada al final de la cuesta. Donde se acaban las casas..

El gracioso del dueño le ha puesto al sillón del copiloto una chaqueta tipo militar, chaleco reflectante y esa máscara al reposa cabezas..

Mira… al levantar los ojos del suelo, di un respingo, que los cacofónicos salieron volando..sólo sujetos por el cable… dando vueltas alrededor mio..
Hasta las gafas, generalmente sujetas con una goma de esas al cogote.. se me movieron.

Los perros se pusieron a ladrar.. nerviosos, porque miraban alrededor y tras no percibir ningún peligro, me miraban con esa cara de tontos que ponen los perros cuando no entienden nada..
Me entró la risa.. una risa floja y nerviosa, una vez pasado el susto inicial. Los perros percibieron el cambio de ánimo y se pusieron a jugar, correr, morderse.., esas cosas que hacen los chuchos, vamos.
(todo sobre las cuatro de la mañana. .)

En fin, que susto el hijo puta.

La clienta del piso dieciocho

Os dejo un relato en primera persona, absolutamente verídico, y con final como tenía que ser: real.

LA CLIENTA DEL PISO DIECIOCHO

Este episodio, cómico, por definirlo de alguna manera, transcurrió hace años.
Si no recuerdo mal sería a mediados de los noventa, recuerdo la fecha pues estaba recién separado de mi primera esposa, mi peque contaba entonces ocho años, me encontraba de nuevo viviendo en la casa de mis progenitores. Con ellos.
Todos los que por alguna razón volvemos a la casa paterna,  con la cola entre las piernas, orejas gachas, sueños rotos.. comprendemos perfectamente esa sensación.

Vuelta a las normas de convivencia. Falta de intimidad, resignación.
Mis padres me acogieron. Me volvieron a acoger. Hasta en alguna ocasión,  me encontré con el trago de coger de manos de mi padre alguna ayuda económica -como si a mis treinta y tantos años volviera a recibir la “semanada”-
Vergüenza se siente. Por mucha buena voluntad con que ellos te obsequien, se siente vergüenza.

{Aquí hay mucho tema que tratar. Como no es el momento,  lo pospondré para otra ocasión,  más no quiero dejarlo, quiero abrir la caja de los sentimientos frustrados también..}

En fin, he hecho este prólogo,  porque quiero dejar constancia de que comencé a tirar de todos los hilos que se me ocurrieron a la hora de buscarme la vida. Tenía una pensión que pagar cada mes y cual Ave Fénix, renacer.

Comencé a trabajar en un supermercado,  ya tenía experiencia, una década antes había estado de encargado en uno.. en esta ocasión mis opciones eran mucho más humildes, me encargaba de cargar, montar, desmontar una frutería y de llevar las compras de las clientas a sus casas Ataviado con una bata color crema, empujaba un carro hora tras hora.

Ya os he contado lo de que el hombre es el único animal que tira de un carro desde atrás? En fin.. que me pierdo.

Tras años de arduos y duros trabajos, volvía a sentirme un mozo. A veces las curas de humildad te ayudan a poner las cosas en su sitio, sin embargo,  cuesta. Cuesta mucho.
Ojo! Que no es mi intención despreciar el honrado trabajo en si mismo, sólo que me sentía frustrado.

El trabajo, pésimamente pagado para las obligaciones contraídas, tenía,  además,  el contratiempo del horario partido. Lo cual me impedía conseguir otro empleo con el que incrementar mi pecunio..

(Je, je, je… hablar a fecha de hoy, con la crisis que arrastramos, de pluriempleos, casi suena a chiste. Sin embargo, aunque no lo creáis, hubo un tiempo en que algunos trabajábamos en más de un sitio a la vez)

Al grano. Aparte de las propinas que las clientas me daban, por acarrear carros escaleras arriba, meterlos en ascensores o, subir bolsas por infinitos tramos de escaleras, comencé a repartir unas tarjetas que me hice. En ellas, me ofrecía sobre una variada suerte de oficios que podía desempeñar.  Desde arreglar una persiana, cambiar el bombín de una cerradura o pintar una casa.
Yo siempre he sido mañoso, con buena planta y mi casi metro noventa de simpatía. -Que bien me vendo? Eh?-
En fin, que lo que no sabía hacer, lo aprendía mientras lo hacía.  Luego, el buen hacer y la comprensión de “mis clientas” me iban permitiendo ir tirando. Si calculaba que lo que hacía en cuatro horas, se hubiera podido hacer en hora y media, les cobraba dos. El resultado fue que a los pocos meses me iba mejor por mi cuenta que en el supermercado. Ahora bien, no podía dejarlo, pues era la base de captación de clientela.. empecé a hacer más horas que un pirulo. Todo parecía funcionar bien, de hecho, fue así.

Mucho trabajo, pensiones cubiertas, mi hija contenta, dinerito en el bolsillo, Qué más se puede pedir?
Lo único que fallaba eran las relaciones personales. A los treinta y tantos, viviendo en casa de tus padres -los que hayáis vivido una situación similar me entenderéis-, lo jodido es echar un polvo. Ese asunto era un desastre.

En estas estaba yo, cuando apareció por el supermercado una señora de la que rápidamente me enamoré.  Me enamoré en el sentido figurado. Ni por asomo se me ocurrió nunca decirle nada. Estaba casada, con una hija pequeña bebé y, bastantes problemas tenía yo en mi cabeza, como para complicarme la vida más. Sin embargo, no os engañaré, me hacía gracia.
Como de antemano ya sabía yo que nunca cruzaríamos ese punto de no retorno, me consolaba permitiéndome convertirla en la reina de la tienda. Cada vez que empujando el cochecito de su hija, franqueaba el umbral de la tienda, el brillo de mis ojos iluminaba sus pasos hacia lo que fuera que necesitase.
No os he hablado de ella, ya no recuerdo como se llamaba -mientras escribo estas líneas, su nombre vuelve a resonar en mi memoria, no os lo diré,  no se hacen esas cosas-, en fin.. era muy menuda, chiquitita sin ser bajita, manejarla en mis sueños hubiera sido un placer, acostumbraba a vestir con vaporosos vestidos que poco dejaban intuir a la imaginación y.. ya os podéis imaginar el resto.
Nunca compraba lo suficiente como para necesitar una ayuda extra por mi parte, hasta que un día y, sólo una vez, pidió de ser acompañada para que la ayudasen a subir su compra a casa. Ni que decir tiene que solícito, acudí raudo al menester. La conversación hacia su casa fue frugal. Ambos empujábamos un carro, ella, el de su niña, yo, el de su compra. No cabíamos en el ascensor. Subió ella primero, con su carro, y me indicó que luego lo hiciera yo con el mío,  que subiese hasta el piso dieciocho. Y allí me planté, me hizo pasar hasta la cocina con las bolsas de viandas y, ante mi curiosidad por la altura, me ofreció pasar al salón para que pudiera disfrutar de la espectacular vista de una Barcelona en un día soleado y sin nubes. Hasta el mar se veía desde allí. Una gran vista.

Quiso el azar,  que mientras la señora rebuscaba en su bolso, para darme una propina, su propio gesto al inclinarse hacia adelante y, dada mi altura con respecto de ella, me permitiera observar, unos pechos pequeños pero preciosos, al ahuecársele el escote del vestido, en el gesto mencionado. Como ella miraba hacia abajo, no pudo ver mi cara de grata sorpresa, y al seguir rebuscando en el monedero, el instante se ralentizó algún segundo de más.
Al tiempo, de sus labios surgió la siguiente frase:

– Te gusta lo que ves?

Qué queréis que os cuente? Contesté que por supuesto. Que la maravillosa vista, bien hubiera valido la pena, incluso habiendo subido por la escalera. Recogí las monedas sintiendo el cosquilleo eléctrico del leve contacto de nuestros dedos al rozarse y.. contento, volví con mi carro vacío y el corazón pugnando por reventar en mi tórax.

Aunque te vistas de seda… (propuesta buenrollista para esta Semana Santa)

Salgo a pasear con mis nenes..
Nos encontramos con una Marilin, de esas de rizo corto y tupido, demasiado vieja y asustada como para ladrarnos.
Enfundada en un corpiño, hecho de cordón de macramé de color azul eléctrico, con ochos.. Con una capucha roja de plástico brillante ribeteada de falso visón y ella..

Ella, alta y flaca, ni tetas ni culo.
Con sus shorts vaqueros sobre leotardos de tigre,
un anorak/chaleco, entallado, azul cielo y unos morros Jaguer color rojo.

Ya ni parpadeo. No sea que entable conversación..

Pasa un coche, que me interrumpe el deambular por el paso cebra y allí nos quedamos mirando cinco pares de ojos…

– Mis canes, “caperucita”, la flaca y yo.

… saltando arriba y abajo sin cesar, como en una partida japonesa de ping-pong.

Se hace un minuto de silencio incómodo..
Hasta que la rubia seca me grita:

– Si es que no puede ser! Pobrecita mía.

Y agarrando a la fiera caperuza e izandola entre sus brazos, proclama:

– Si es que donde se ponga un Husky,
verdad cariño?

Y le acerca los morros Jaguer al pequeño hociquito,  para morderlos en sonoro beso y gritar:

– Cacho puta, no me muerdas. -Si es que no hay más que verte, aunque te vista de seda.. perra te…

He salido corriendo, casi por encima del capó del coche.. al comprender que no podría aguantarme la risa antes de acabar de escuchar la rima del refrán.

La muchacha del coche no comprendía nada. Sólo miraba junto a Caperucita, y a la flaca, ver pasar al aprendiz de lobo con los ojos abiertos.

– Aunque la perra se vista de seda… Jajajajajajajajajaja. Corred, corred… que nos miran.

Un pobre espabilado

Hace semanas que veo a un fulano sentado en un escalón, o bajo una marquesina, o apoyado en una pared, aquí o allá por las calles del pueblo.
Es un tipo normal, tez morena, cabello ralo grasiento y despeinado, ropas sobrias aunque rozadas y desgastadas.
Se hace acompañar por un cartel, una guitarra española y una gorra tipo madrileño cañí, -que vuelta del revés en el suelo, hace las veces de humilde bacina, para, si hay suerte, conseguir comer…-
Yo, no siendo contrario a dar limosnas a la gente por la calle, -a pesar de la humillante sensación que produce el deterioro entre clases sociales-, si que acostumbro a ayudar a quien, por concretas razones, virtuosismo en diferentes interpretaciones generalmente, me parece ser digno de tales “limosnas”.
-Otro día si eso, os hablo de lo bien que se puede vivir si eres espabilado en este sentido, yo lo hice una temporada, pero ahora no toca-
Al fulano en cuestión, la verdad, no le había prestado nunca mucha atención, básicamente por no cumplir con ningún requisito de los descritos anteriormente. Hoy, la cacofonía de la estrecha calle donde estaba postrado, ha hecho que me lo mirara con detenimiento, desde muchos metros antes de llegar a él.
Toca, -por decir algo- rematadamente mal.
Me disponía, de nuevo a ignorarlo apretando el paso, cuando la amalgama de letras de su cartel me ha hecho sonreír.

POR FAVOR, UNA AYUDA
PARA NO SEGUIR MOLESTANDO.

Y, debajo, -explicado en letras más pequeñas-, algo parecido a:

– Ya se habrán dado cuenta de que esto no es lo mio, por eso, para no molestar siempre al mismo vecino, cada día me pongo en un sitio distinto.

No he podido dejar de rebuscar un eurillo de entre la calderilla de mi bolsillo y acercarme a entregárselo mientras le guiñaba un ojo musitando:
– Cabróoonnn!!