I (8) El Pirineo, el ruso y la Viagra (II)

A la mañana siguiente..

Qué voy a contaros.. nos despertamos pronto, muy pronto. El frío y duro suelo de la habitación nos expulsó para movernos. Mimosos, juguetones, cómplices, comenzamos a accionar las articulaciones entumecidas.

Locos por el entusiasmo que las expectativas prometían. -Cada cual las suyas propias, en función de los diversos estados de ánimo- abrazados, salimos a corretear el pueblo. No quiero decir cual, -demasiada proximidad de datos.. ya sabéis cómo es esto de Internet- pero los locales, los peninsulares -quiero decir- rápido contemplaréis a cuál me refiero tras revelar que nuestra excursión mañanera iba a ser, subir a Cerler, un pico medio, con entrañable pueblo, a tan ¿sólo? siete kilómetros monte arriba. Tras desayunar opíparamente y equipar nuestras mentes -que no nuestros cuerpos- del drug-coctail de rigor, allá nos lanzamos. A la aventura de la conquista del monte. Ni los barrizales de las primeras nieves fundidas, ni el frio viento cortante, nos hizo plantearnos que igual noviembre no era el mejor mes para excursiones épicas.

Nosotros caminábamos, admirando la vegetación mermante tanto en colores como en individuos, tan sólo absortos en nuestros propios guiños, nuestros infantiles juegos y nuestras expectativas sobre dónde, cómo, o cuándo íbamos a consumar el precalentamiento nocturno anterior.

Dos horas -tal vez cuatro, o cinco.. imposible precisar-, llegamos, exhaustos, ateridos de frio, pero felices al cementerio de Cerler. Nos pareció una construcción preciosa, -todo hay que decirlo-, sin embargo, creo que ambos tuvimos el presagio de lo que aquella primera visión -de futuro- iba a ser nuestra relación..

Tras mucho rebuscar, encontramos el único bar que todavía permanecía abierto. -Si bien la temporada de verano, allí, había terminado dos meses antes, a la de esquí alpino, aun le faltaba otro para comenzar-.

Mientras con dedos temblorosos, resucitando, al asir los tazones de caldo, que el propietario del establecimiento tenía para su consumo familiar, – aunque también, por lo visto, para los imbéciles temerarios como nosotros-, y con las orejas rojas permitiendo recomponer su sentido interno intrínseco.. asistimos sumidos en un silencio cómplice, a la bronca ajena, que nuestro benefactor nos ofrendó por la inconsciente andadura, aparecieron en el umbral del establecimiento otra pareja de iluminados. Un matrimonio ruso cuyas edades parecían ser las mismas que las nuestras, pero al revés. Él unos cuarenta y cinco, ella unos treinta y nueve..

De alguna manera, un “intercambio”, nos uniría en exacta edad.

Tras las presentaciones, las risas -sobre todo por la mala comunicación- y el empaque que le echamos, nos invitaron a volver al pueblo en su 4×4. Nosotros, agradecidos, les invitamos a cenar a nuestro pequeño y alquilado apartamento.

I (7) El Pirineo, el ruso y la Viagra (I)

Cuando conocí a I, a la primera ocasión que tuvimos, nos fuimos de vacaciones. Unas vacaciones cortas.

“Para conocernos”. Nos dijimos. Fue la excusa para largarnos durante cuatro o cinco días como os digo -para ver qué tal podía resultar seguir apostando por la relación-. Ella tenía prisa por salir de las rutinas de su casa. Los niños y su -todavía marido- Jota, en aquellos momentos, sin estorbarle, la ataban a una rutina decepcionante. Yo, aprovechaba la temporada baja para cerrar, sanear, pintar.. el garito de playa. Olvidar el estrés. Al igual que en la película de idéntico título, nos enfrentamos a un Noviembre Dulce.

Nos fuimos al Pirineo. Buscando tranquilidad. Intentando olvidar el calor andaluz. Pretendiendo horas de lánguidas confidencias, velados achuchones sin prisas o no. Sin rumbo. Sin planes.. sin control.

La primera noche, la combinación Pirineo y noviembre nos abrió los sentidos de golpe. Joder.. qué frío!! Hasta encendimos una chimenea. Ver crepitar el fuego, adorar su espalda desnuda mientras me hablaba, un porro tras otro, lo anodino de su vida en aquel entonces. Las pocas, casi ninguna, ganas por empezar nada de nuevo. Su fragilidad. Su sinceridad.. me enterneció más de lo que conseguí admitir -mientras me enamoraba- y sin pretender lo contrario, fraguamos una estrecha relación de amistad con derecho a.. con mucho derecho a.. y abusando de los placeres que se nos pusieran por delante..

Lo que tuviera que venir a futuro, ya se vería.. después de todo, ella ya me había comentado la primera vez que nos vimos, que su viaje había comenzado en plan Thelma y Loisse.. y ya sabemos cómo acababa su alter ego Súsan Sarandon.

De entre sus trastos apareció un blíster de Viagra. Ante mi suspicaz interés, me explicó que su marido, -ya en etapa terminal de una larga enfermedad, a veces precisaba de una ayuda-. Entre nuestras frívolas confidencias, también me contó de cuánto le gustaría experimentar en un trio. Ya no sólo por el hecho de saberse acariciada… por dos hombres al tiempo, si no también por el morbo que le suscitaba ver como -tal vez entre los dos partenaires- se estableciese también un contacto.

En la duerme-vela que las drogas me permitían sentir, y sin apenas prestarle mucha atención, la dejaba hablar.. acurrucándola entre mis muslos, sentados en el suelo frente al fuego cautivador, Acariciándola, mesándola, manoseándola sin freno. Recorriendo todos sus pliegues, sus orificios, penetrando todos los que, bien lubricados, permitían la entrada y salida de mis apéndices sin brusquedad. Sin prisa, sin rigor, sin interés aparente. allá donde se podía  profanar algún templo, entraba. Si ofrecía algún impedimento, lo olvidaba y pasaba al siguiente.

De esta manera igual baboseaba su lóbulo con mi lengua como intentaba hurgar en su ombligo con el índice o, arrastraba mis uñas espalda abajo hasta situar un pulgar juguetón en torno a su ano mientras, con otra mano, jugaba a peinar el vello de su pubis.

Recuerdo nos dormimos sin llegar a consumar ninguno de ellos. El sonido de un tronco cayendo fuera de la chimenea nos devolvió a la realidad de la fría estancia. Nos revolvimos entre lienzos y con los sentidos plenos de dulzura y el morbo de los mensajes confesados nos sumimos en bazos de Morfeo.