Un carro en mi ascensor (2)

Hace unos días, contaba lo de mi aventura con el carrito de compra en el ascensor:

https://montxomon61.com/2016/11/25/un-carro-en-el-ascensor/

He de aclarar, que en realidad, esta historia ya la gesté hace unos años. Creo que comenzó con algo así:

– Era una apacible mañanica, antes de darle a los vidrios, (no recuerdo ahora si ya comenté sobre la indirecta ofrecida por mi esposa, acerca de un extraño juego de palabras formado por :”limpiar cristales”, “cena de navidad” y “familia”, que bien conjugado, me ofrecía con claridad meridiana, sobre quién iba a recaer el esfuerzo en la tarea), en la que imaginé mi aportación al amigo invisible comunitario. Una experiencia lúdica, solidaria y barata, de echarme unas risas en estas fechas navideñas.
Os explico:
Yo vivo en un edificio con múltiples escaleras, creo que nueve, de entre cinco y ocho pisos de altura y seis puertas por rellano. Todas ellas comunicadas por los parkings. Además, tenemos la suerte de compartir también, el parking de un supermercado.
El caos de un sábado por la mañana es espectacular para los sentidos. Todas las hormigas se mueven al unísono en perfecta armonía..
Pues el año pasado, un día de los pocos que bajé por las escaleras (yo vivo en un 5º), pude constatar una queja de la que sabía por mi mujer.
– El encargado dice que nos roban los carritos de la compra.
Yo no dije nada. Generalmente, en nuestro rellano siempre hay alguno, en ocasiones he contado hasta tres. Bajando tan ricamente por las escaleras, pude comprobar cómo había uno en el quinto, dos en el tercero, otro en el segundo, etc.. etc..
(Si sumamos las dos hileras que hay en la calle y las tres que hay en el subterráneo del parking, se pueden contar doscientos carros rápidamente), si le restas una media de ocho, por nueve escaleras, el resultado es espectacular.
Generalmente, en cada entrada de portería se forman corrillos de vecinos que se saludan, hablan, insultan o flirtean continua y simultáneamente. Comentando los chismes del entorno: “Que si le ha crecido el culo a la rubia de la peluquería de la escalera dos… “, “Que si el vecino del 3º C de la escalera siete se orinó en el rellano cuando subió borracho cuando su mujer lo echó de casa..”,  “Que si la vecina de debajo mío le cuelga la ropa mojada chorreando al marroquí del primero”, “El mismo que degüella al cordero en el patio de su casa cuando están de Ramadán…”
En fin…
Bueno, al lío.
El año pasado subía yo con mi barra de pan -mirándome sin ver en el espejo del ascensor-, (un día de esos en que el bizcocho me había salido fetén) y se me ocurrió:
– Joder!!   Y qué pasa si coges un carro (de esos vacíos que hay en cada rellano), y lo metes en el ascensor a su suerte..??
(aquí recomiendo leer el enlace anterior)
Y no pasó nada. Nadie respiró ni por el culo.
En eso, dándole una vuelta de tuerca más al asunto, se me ocurrió un día, forzar un poco más la historia.
– Qué pasa si dejas el carro en el ascensor con la barra de pan dentro..??
(Total.. Qué pierdes..?? Los cincuenta céntimos del carro y los treinta y cinco de la baguette..??)
El experimento te sale barato. Amen de los cincuenta minutos que espías por la mirilla -que incluso si te da hambre, puedes hacerte un bocadillo y beber unas birras-, (Desde la mía, se ve la puerta del ascensor al abrirse), y vamos, para la mierda que dan por tv… Mucho mejor este experimento voyeur.
Como ya dije:
Un éxito. La barra desapareció. El carro (con su moneda) al segundo viaje, también.
Durante un par de días.. Alguno comentó la jugada.
Este año, me apostaré en distintas escaleras, tal vez desde el parking, con paquetes de arroz, alubias, galletas…
Solidaridad…?
Se aceptan apuestas.

La bola de papel de plata.

Hoy he recordado una tierna historia de infancia. Como hace tiempo que no escribo sobre temas amables, he pensado traerlo aquí para, de paso, recrearme con el recuerdo.

Mi abuelo era dentista. Tenía “La Consulta” en la misma vivienda. Esto que ahora, a todas luces parece traído de otra época, pues las clínicas de hoy en día, tal y cómo las conocemos, son Centros a pie de calle no sólo perfectamente acondicionados sino pensados en el cómodo acceso al mismo, no fue siempre así. Antes, muchos negocios estaban en pisos.

En cualquier caso, para nosotros, que veníamos de la capital, no nos parecía muy normal. Mi abuelo vivía en un segundo piso, con entresuelo y principal además de un medio piso donde estaba el portero, Julián. Éste fabricaba correas de badana para escopetas en el pequeño cubículo adjunto al ascensor, yo me quedaba embelesado cuando era crío (y de no tan crío al ver las tremendas posibilidades económicas que el puesto de trabajo permitía), pero eso es otra historia.

En fin, que mi abuelo tenía la consulta en un cuarto piso. El acceso, además de por los interminables tramos de escalera -edificación antigüa, techos altos… igual a tres tramos de siete, nueve y siete escalones por piso-, se hacía a través de un ascensor de madera labrada, con cabida para tan sólo tres personas (incluyendo un cartel donde aconsejaba que fueran dos) y con un banco con un mullido cojín de terciopelo que, para nosotros niños de capital, nos parecía el súmmum de la antigüedad por excelencia. Era una gran jaula de madera con ventanas de cristal tallado que permitían ver hacia los cuatro puntos cardinales de la citada escalera.

De “la consulta” y sus dependencias hablo otro día. Hoy me quiero centrar en lo que da título al texto. Mi lugar favorito de la casa de mi abuelo era El taller. El taller era una suerte de cubículo que mi abuelo había acondicionado en el segundo aseo de la vivienda (unos tres metros cuadrados mal contados) , junto a la cocina. Mi propio abuelo, había cubierto el inodoro con una tabla -forrada de chapa-, con un cortinaje tupido por delante que escondía la taza. Al fondo había una ventana que permitía luz natural al cubículo. Bajo ésta y sobre la mesa, a contra corriente de las pocas veces que la ventana se abría, un viejo torno eléctrico con múltiples fresas servía para, bien pulir dientes postizos, bien para bruñir el oro de los puentes, o lijar los paladares de resina que él mismo fabricaba. También había un soplete itinerante con una manguera dúctil (que a un niño de capital ofrecía muy poca fiabilidad), que salía de la pared adjunta, la de la cocina.

La parte derecha del habitáculo también contaba con un viejo y breve mueble cajonero de cocina que impedía la apertura total de la puerta y que hacía las veces de banco de trabajo, tenía dos pequeños cajones que no cerraban bien debido al uso, una alacena y un hueco para el cubo de desperdicios. El cajón izquierdo estaba repleto de las herramientas  -específicas o no-, para el desempeño de la actividad, el cajón derecho estaba dedicado a la escombrera que producían los descartes de escayola de los moldes que hacía a sus pacientes. La alacena contenía un saco de escayola. Sobre la mesa, recipientes de caucho, moldes, prensas y toda una suerte de artefactos.

Una escena habitual era ver a mi abuelo correr por el pasillo -mientras los nietos asistíamos absortos en la salita de la casa a las canciones de mi abuela-, desde “la consulta” al taller, con un molde del paladar de un paciente para realizar el negativo en escayola, mientras la enfermera mantenía el decoro de cara al boquiabierto (permitidme la broma), paciente.

En fin, que me pierdo…

En el taller  había, además, una variopinta colección de estantes, colocados sin rigor alguno, donde se amontonaban cajas de muestras de dientes completas. Clasificados por tonos de colores, tamaños, etc.. También estaban los temidos “esqueléticos”, temidos porque de pequeños, mi abuelo nos hacía rabiar accionando estos instrumentos en plan: “corre, corre, que te muerdo”. Éstos eran una especie de molde articulado en forma de mandíbulas donde se montaban las dentaduras postizas. Imaginaos a mi hermana y a mi, igual con tres y cinco años respectivamente, corriendo por los pasillos con mi abuelo detrás cerrando y abriendo el chisme..

Sobre la mesa, a la izquierda, mi abuelo tenía una bola de papel de plata. Era del tamaño de una pelota de tenis, puede que algo inferior. Mi abuelo se entretenía en quitarle la finisima capa de papel al papel de plata con que se envolvía antes las tabletas de chocolate. Si, ya sé que ahora también, pero el papel empleado antes era distinto, más plomado. Con mucha paciencia -de la que nosotros carecíamos-, mi abuelo se entretenía en separar las finas planchas de papel de plata y darle forma a la bola, capa a capa, ayudandose por un pequeño martillo de marquetería. De esta manera, cada vez que íbamos a verles (navidades, verano), siempre -lo primero de todo-, era ir a comprobar cuánto había crecido la bola de plata.

Muchas veces, a lo largo de mi vida, he intentado emular aquella entrañable actividad. Nunca conseguí la paciencia suficiente de conseguir algo más grande que una canica.

 

 

Jajaja!! me han robado el pan. (escrito hace un año)

ME HAN ROBADO EL PAN

Salgo del Super. En la bolsa llevo una barra de pan y dos blisters de briks.
(para ser sincero, he de sostener la barra de pan por la punta para que no se salga por su longitud frente al peso que imponen los zumos)
Cojo los perros, previamente atados a la farola de turno. Olisquean la compra y los aparto.
(Prueba inequivoca de que aunque solté la bolsa un instante para desatarlos, ésta permanecía entre mis piernas)
Abro la puerta del portal, franqueando la salida a una vecina (esa a la que pillaron robando hace unos meses en el Super.. pienso para mi),entro. Entramos..

Pulso el interruptor de llamada al ascensor. He de esperar.
(mentalmente deduzco que si la vieja acaba de salir…)
Pulso el interruptor de llamada del ascensor pequeño. Exacto, se abre.
Entramos, pulsamos y tras cerrarse la puerta y comenzar a subir, una bofetada de sudor me golpea sin miramientos provocandome la arcada..
(Dios -en el que no creo- me ha castigado por malpensar de ella)
Rudo, aguanto la respiración mientras la vocecilla del Pepito Grillo empuja a cambiar de ascensor entre el segundo y el tercero..no le hago caso.
Menuda zorra!! Podía robar desodorantes..
Aturdido por mi mala conducta consigo entrar en casa. Los cascos en los oídos repiten sin parar lo de los 299 votos en pro de lo de Felipito el Breve.
Desato a las fieras que galopan hacia el bol de agua, ya os he dicho el calor que hace?
Paso a la cocina, descargo los zumos y pienso:
– Donde coño está la barra de pan?
Cojo las llaves, salgo al descansillo, me asomo al ascensor pequeño..sin entrar. No está. Llamo al otro, miro, me subo, bajo y miro por el portal. Ni rastro de mi barra de pan. Camino hasta el Super.
Solicito, le pregunto a Angie..
– Hola cariño, me he dejado algo?
– No. Algo como qué?
– La barra de pan.
(Mientras, Pepito Grillo repite sin cesar.. – Ya te he dicho que la sacaste. La olisquearon los perros. No lo recuerdas?)
Cabreado con mi dolor de cabeza vuelvo a casa.
Vuelvo a mirar en los dos ascensores. Subo en el grande. Cualquiera repite la experienza de la ladrona!!?

Y aquí estoy, escribiendo. Como un gilipollas.
Sin pan.

Pues empieza bien el reinado de Felipe VI.
Que vida más perra.

Más sobre vecinos y tristezas.

Vuelvo del médico, eso ya lo contaré otro rato.
Entro en la portería, recojo la publi del buzón y mientras espero al ascensor, llega otro vecino.
– Hola vecino.
– Buenos días, te espero..
– Vale. Espera, que cojo una carta.. cuánta publicidad!! La cantidad de dinero que gastan y que va directamente a la basura..
– Pues si, la verdad..
La conversación inútil se alarga lo que tarda en abrirse la puerta corredera.
– Has vuelto a currar? -Le pregunto, sin apenas interés, por llenar el tiempo de silencio incomodo que dura el trayecto mínimo-.
– Si. Este martes justo hará dos meses que empecé…
En realidad ni le escucho, sólo asiento con la mirada perdida en el reflejo que me aporta el espejo. -me estoy quedando sin pelo en la coronilla- pienso, mientras vuelvo a la realidad cuando me tiende su propaganda para que la coja.

-Coño! Tírala tu en tu basura. Medito si contestarle? Y, observando mi cara de acelga urge añadir:
– Perdona. La puedes tirar tu? Es que anuncian sofás. Mi mujer está empeñada en cambiarlo desde hace meses y así me ahorro una bronca.
– Por supuesto. -contesto mientras recojo el tríptico-.
– Ah! Mi piso. Gracias vecino.
– Hasta luego. Suerte.
Salgo unos segundos después. Todavia puedo escuchar el alboroto de los ecos de las voces de sus mellizos..
– Hola papá.
– Hola papi, qué nos has traido…?

Perros y ascensores

Aun recuerdo -con cariño- la primera vez que mi perro Kas se metió en el ascensor. Se quedó perplejo. Como diciendo: -Ya está?- Y sonrió.

Llegó a casa, -lo trajo su dueña, mi hija– un día, cansado, con su cadera chunga de subir y bajar escalones, un par de veces mínimo, al día. (mi hija vivía entonces, en un quinto sin ascensor, igual que nosotros)

También recuerdo -que risas me pegué yo solo- cuando unos días más tarde, saliendo del ascensor al parking, se vio, -al abrirse la puerta-, frente a una pared de ladrillos romos. No sabía si salir o no..

Lua, la perra pequeña que también nos acompaña siempre, también tuvo su ración de susto acompañada de su dueña un día. -Lua es más nerviosa que Kas, con diferencia-. Se metía, salía, volvía a entrar, volvía a salir.. y así un cachondeo.

Un día de esos, de continuo ajetreo perruno, entran ambas en el cubículo. Su dueña, tras pulsar el botón de forma mecánica, es requerida por una vecina. Se queda un mínimo instante en el umbral, se cierra la puerta y la perra se va con el ascensor. Nuestra hija percibe un tirón y, como en una película cómica de los años treinta, el fino cordón de la correa comienza a ascender por entre la junta de cierre de la puerta automática. Se escucha un CLIC. El mosquetón se rompe y la correa cae.

Su dueña, -mi hija, de mi mujer-, sale corriendo –y gritando– por la escalera, subiendo los escalones -y tropezando con ellos- de tres en tres.

La vecina, mientras, vuelve a pulsar el botón de llamada…

La madre -de mi hija, de su hija– avisada con anterioridad por el interfono y, alarmada por los gritos vecinales de puertas que al paso de su hija se abren y preguntan..? Sale corriendo escaleras abajo, dejándose la puerta de la vivienda abierta.

El ascensor, mientras, llega al quinto. Se abre.

Aquí pensamos, que el animalito, no sabemos si asustado, debió salir del ascensor hacia el rellano y se metió en casa.

Como mi esposa, alcanzó a su hija entre el tercero y el cuarto.. Se explican. Reaccionan y suben. El ascensor ya no está. Está bajando de nuevo. Vuelta a las carreras. En el cuarto, de nuevo, mi esposa se da cuenta que igual el ascensor vuelve a subir con la vecina -la del tercero en este caso-, baja un piso más, mientras su hija prosigue su fogoso descenso.

Se abre la puerta del ascensor. La perra no está. Mi mujer casi aborda a la vecina no permitiéndole la salida en su piso. Se prolonga un: <<lo siento>>, <<espere..>>, etc.. hasta que al final baja con el ascensor hasta el vestíbulo, donde se encuentra su hija -que tampoco ha dado con la perra- .

Comienza un periplo de búsqueda de la perra por todo el edificio. Planta a planta. Puerta a puerta.. que duró aproximadamente una hora.

La perra se quedó quieta en su cesto y se durmió. Ya podéis imaginar el resto…

Volviendo a mi reflexión:

Por una razón u otra, el caso es que conmigo, los perros no se suben al ascensor antes de que yo entre. Esto permite una suerte de incomodidades diarias.

Kas, tan tranquilo como siempre, apenas cruza la puerta automática, se sienta a esperar. Entorpeciendo con su cola al entrar o con el hocico al salir la célula fotoeléctrica que acciona las puertas.

Lua, tan nerviosa como siempre, pero con una memoria que me causa envidia, permanece quieta hasta que mis pasos cruzan las puertas. Aquí, -generalmente a diario- tropezamos con Kas que ya se ha sentado. Lo cual hace que deba empujarlo bien al grito de:

– Venga, coño!!

O bien tras empujarlo con mis pasos al entrar.

Cuando se mueve.. se activa la célula. E irremediablemente comienza el periplo de cierre de puertas automático.

Lua, -imagino que con su Sentido-, recordando la experiencia con su dueña, opta por saltar dentro del cubículo por encima de Kas. Las correas se lían en mis pies y las puertas me golpean en los hombros.

Un día si y otro también..

Sobre perros y vecinos.

Bajo en el ascensor.

Hablando con los perros.

Se para a mitad de camino. Se abre la puerta y -sin poder reaccionar al perfume que se desprende a través de un prominente escote, invadiendo nuestra mínima intimidad-, me doy de bruces con una vecina de proporciones hermosas. La del segundo, que tras la pechera, se abre camino en el pequeño cubículo entre mis canes y yo con paso firme.

Habla, -no se bien qué-.

Yo sigo con mi dialécticas perrunas y con dificultades respiratorias ante el insistente perfume bajo mi barbilla.

Imposible desviar la mirada. De sus tetas a sus ojos. Las primeras – que las puedo casi morder, en mi conversación canina- se me clavan en el pecho ante la estrechez del ascensor. Los segundos, los intento evitar. De esta manera evito una frugal conversación banal.

Siguen sus palabras surgiendo de su boca.

Y ya no se qué contestar -ni dónde esconderme-, de repente, pienso en una araña a punto de comerse a un mosquito.

Se abre la puerta. Liberado.

Las correas de mis canes saliendo a galope, vuelven a crear una suerte de roces, pequeños golpes e incluso un coscorrón de cabezas, no deseados.

Vuelvo a sentir su pegajoso perfume en mi garganta. Apuro el paso mientras la nausea galopa.

Toso -intentando un disimulo-.

Qué pensará? -Acierto a preguntarme mientras huyo miserablemente.

Esa sensación…