I (15) La rumana

Recuerdo otra anécdota acaecida con I.

Cuando vivía en mi apartamento de soltero, al trabajar en el bar, no paraba mucho en casa. Además, como vivía de noche y dormía de día -como cualquier vampiro que se precie-, tenía una chica rumana que venía un par de horas un par de días a la semana a arreglar, limpiar, etc en casa. Tampoco había mucho que hacer.. pero dado el ritmo de vida que entonces yo llevaba, ya me parecía bien tener a alguien que pusiera freno al desastre..

Cuando conocí a I, era ella una hippie exponencial de “marcados” criterios. Y por consiguiente actuaba como tal en los mínimos detalles hasta exagerar. Recuerdo que cuando periódicamente venía a casa en vacaciones,-el primer año mantuvimos la relación con mil doscientos kms por medio durante un año-, le fastidiaba que yo emplease a la rumana (y me lo hacía sentir cada vez que surgía la ocasión), en algo parecido a un servicio de hogar.

Siempre que pudo, intentó que la chica se sintiera incómoda para intentar conseguir que no viniera. Era una actitud absurda. A ella le venía bien hacer esas pocas horas, a mi no me importaba pagárselas, aunque a menudo fuera limpiar sobre limpio haciendo inútil su trabajo.

Recuerdo una vez que ella estaba aun atareada por casa, I me cogió de la mano y me llevó desde el sofá donde mirábamos televisión, a la habitación, para follar. Si bien no me negué de plano, si que me pareció hacerle un feo a la rumana. Más que nada porque parecía una provocación ya que podíamos esperar unos pocos minutos más hasta que se fuera.

I montó en cólera cuando intenté explicarle que aquello parecía una chiquillada. Abrió la puerta -desnuda- y salió con alguna absurda excusa a buscar Dios sabe qué y exhibirse en el paseo por el pequeño apartamento. La escuche intercambiar algún saludo con la chica y volvió a la habitación. A los pocos minutos, a través de la puerta cerrada, se escuchó la voz de la rumana, me decía que ya había terminado y que se iba, que no me preocupara, que ya le pagaría el próximo día.

Aquella familiaridad también le molestó a I, volvió a recriminarme sobre lo de mantener a una trabajadora que no necesitaba. Me increpó sobre la afinidad que mantenía con ella. Le hice ver que andaba equivocada. Que sólo mantenía una actitud cordial entre trabajadores, -al fin y al cabo, yo hacía lo mismo en el bar-. Al final volvimos en silencio al sofá, desnudos como estábamos, cada cual en un rincón, con la mirada extraviada sin atender al televisor. Poco a poco la cordialidad volvió a unirnos y nos dispusimos a continuar el polvo en el sofá.

De la incomodidad del sofá pasamos al suelo y cuando ya estaba a punto de correrme, se las ingenió para arrastrarme hasta la alfombra. Allí se separó de mi en el último momento y abrazándome y clavando sus uñas en mi espalda con saña, me dijo al oído:

– Quiero que te corras sobre la alfombra. Seguro que la zorra de tu criada se pone cachonda el próximo día que te venga a limpiar.

Por supuesto me corrí en la alfombra. Me las ingenié para que la rumana no viniera durante el resto de las vacaciones en que I permaneció conmigo -gesto que pareció aplacar a la fiera- y no volvimos a hablar del asunto. Una vez que mi futura mujer concluyó sus vacaciones y se volvió a su ciudad, cogí la alfombra y la llevé a la tintorería. Tampoco era lo que se notaba.. pero como no se limpió durante los días que tardó en marcharse, -parecía evitar la limpieza como si de una marca de loba se tratara..- luego ya era tarde.

I (14) 30 Centímetros

Ya os he hablado de I mucho en este sitio, fue mi tercera esposa.

Hoy quiero contar sobre una anécdota que ocurrió pocas semanas tras nuestra separación.

Antes debo explicar sobre la “recurrente obsesión” a la que se refiere el escrito.

Durante mi relación con I no fueron pocas las veces en que la morbosa fantasía de follar con un “negro” y, que tuviera un gran pollón además, tuvieron cabida en nuestras conversaciones. También, recuerdo, de cómo hacía gala de la misma fantasía con alguna de sus compañeras de trabajo. Con una en concreto, creo que fue la que la cautivó en el deseo de probar, entabló, en más de una ocasión, el tema de conversación a propósito.

Esta compañera suya, había mantenido una relación con un haitiano, del que no guardaba demasiado buen recuerdo, pues en una ocasión -le había confesado a I y ésta a su vez a mi- le había fisurado el ano, en un intento a toda prisa por mantener un coito en el lavabo de un bar, mientras su marido la esperaba en la barra. Dicho esto, el interrogante sobre cómo sería mantener esa relación nunca debió desaparecer de su cabecita.

No os negaré que a mi siempre me pareció el capricho de una mujer burguesa. Si bien no lo era, –I siempre fue una hippie irredenta- con la edad y el estatus que produce el puesto de trabajo, los hijos, etc.. si parecía haber convertido en burguesa su vida de cara a la sociedad en la que vivía.

Como ya comenté en los primeros capítulos de I, hay que añadir el detalle de que su primer marido, Jota, le puso muchos cuernos con amigas y prostitutas a lo largo de su vida en común. Supongo que esta circunstancia también toma cierto valor en el desenlace de esta historia.

Sea como fuere, recuerdo la siguiente conversación como una de las últimas mantenidas con ella tras encontrarnos por casualidad tomando un café en un céntrico bar de nuestra localidad, tres semanas después de separarnos.

Ella: – Por cierto.. ya cumplí mi fantasía.

Yo: – Perdona? A qué te refieres?

Ella: – Ya sabes.. lo de follar con un negro.

Yo: -…?

Ella. – Le medía treinta centímetros.

Yo: – Y, te entretuviste en medirle la polla? No me lo creo.

Ella: – Que si. Te lo digo de verdad. Un polvazo!! Ya me conoces. Y pagando eh!!

Aquí, me quedé sobrecogido. Yo ya mantenía una relación con otra mujer. Por lo cuál, el tema de celos no funcionaba. Recuerdo le dije que no me lo creía. Que si su intención era hacerme daño, no tenía ningún sentido, pues ya estaba yo con otra persona, ella lo sabía y por lo tanto, ya nada podía unirnos como para dañarnos sentimentalmente. También recuerdo que me reí de ella imaginándomela ante la situación.

– Me quieres decir que te buscas un puto. Que además debía de ser negro. Le pagas!! Y en un momento dado, sacas de algún sitio una cinta métrica para medirle la tranca? Dónde queda tu dignidad? No te creo.

No pareció muy enfurecida tras mis palabras, le dije que ya le pagaba yo el café y desapareció por la puerta.

Olvidé este tema durante meses. Luego, sin más. Apareció de nuevo, en mis pensamientos. Qué lleva a una persona a rebajarse para cometer esta serie de actos? Era necesario, dado que ya estábamos separados, contarme este episodio? Era necesario (para ella) concluir el tema prostitución, tal vez para mitigar el dolor o los fantasmas de su primer marido? Era necesario recalcarme que lo había pagado? Tal era la rabia con la que pretendía cicatrizar las heridas de su corazón? Me sorprendió mucho esta confesión “fuera de tiempo”.  Durante una temporada estuve pensando que tal vez ya había calmado sus apetitos vengadores algún tiempo antes de separarse de mi. Aprovechando alguna salida. No se.. Luego desestimé la idea. Tampoco importaba ya.

La vida sigue…