TURISMO RURAL.

Revisando el Facebook de una hermana (que hace unos días nos ha dado un susto de muerte), he encontrado estas líneas.

En algún momento, lo debió encontrar o escribír (desconozco al autor), pero de alguna manera me hizo pensar en que ella misma podría ser la protagonista.

TURISMO RURAL.

Se trata de un deporte nacional que antes se llamaba “ir al pueblo”.
La diferencia es que si vas a tu pueblo es gratis, y si haces “Turismo Rural” vas a un pueblo que no es tuyo y pagando una pasta.
Para hacer turismo rural no vale cualquier pueblo. Tiene que ser un pueblo ‘con encanto’.

  •  ¿Y qué es un pueblo ‘con encanto’? Pues un pueblo que sale en una Guía de pueblos ‘con encanto’. Si es que se cae por su propio peso.
    A estos pueblos se suele llegar a través de una carretera comarcal ‘con encanto’, que es una carretera con tantos baches y tantas curvas que cuando llegas al pueblo estás ‘encantao’ de bajarte.
    Y cuando entras al bar, intentas integrarte con los vecinos.
  •  ¡¡¡Buenos días, paisanos!!! ¿Qué es lo típico de aquí?
    Y el del bar piensa: ‘Pues aquí lo típico es que vengan los gilipollas de la ciudad los fines de semana a dejarse doscientas mil pesetas’.

Lo siguiente es alojarse en una casa rural o ‘casa con encanto’, que es una casa adornada con muchas vasijas y ristras de ajos en el techo, que no tiene ni tele, ni radio, ni microondas.
Eso sí, tiene unos mosquitos trompeteros que por la noche hacen más ruido que una Derbi Coyote.
Luego te das cuenta de que los del pueblo viven en unas casas que no tienen ningún encanto, pero tienen jacuzzi, parabólica, Internet y portero automático.
Tu casa no tiene portero automático, pero tiene una llave que pesa medio kilo.
Otra ventaja que tiene hacer turismo rural es que puedes elegir entre una casa vacía o vivir con los dueños. Estupendo.
Te vas de vacaciones y además de la tuya tienes que aguantar una familia postiza. Que por la noche tú quieres ver la película, ellos los documentales, y te planteas:

‘¿Quién manda más, yo que he pagado 600 euros o este señor que vive aquí?’.

Pues gana él, que tiene garrote.

Y encima te dicen que tienes la ‘posibilidad de integrarte en las labores del campo’. Que quiere decir que te despiertan a las cinco de la mañana para ordeñar a una vaca. ¿No te jode? Es como si te vas a una gasolinera y te tienes que poner tú la gasolina, o como si vas a un McDonalds y tienes que recoger tú la bandeja. O sea, lo normal.
Así que te levantas a las cinco para ordeñar a las vacas.
Que digo yo: ¿por qué hay que ordeñar a las vacas tan temprano?
Si la leche está ahí.

¿No se pueden ordeñar después del aperitivo? Yo creo que esto es fastidiar por fastidiar, porque a la vaca le tiene que sentar como una patada en las ubres que la despierten a las cinco de la mañana para que le toque las tetas un extraño.

Que la vaca te mira como diciendo: ‘Tío, si quieres leche vete a la nevera coge un tetra brick’. Es que son ganas de molestar.

Pero el ‘encanto’ definitivo son las ‘actividades al aire libre’.
Como cuando te ponen a hacer senderismo, que es lo que habitualmente se llama andar, y consiste, pues eso, en poner un pie delante de otro hasta que no puedas más, mientras los del pueblo te adelantan en un ‘todoterreno’ con aire acondicionado..

Pero tú encantado. Vas por el campo como abducido. Te vuelves bucólico y todo te parece impresionante: ves una ‘caca’ de vaca y sueltas:
‘Ummmmmh qué olor a pueblo.’ ¿A pueblo? A pueblo no, huele a mierda. Eso sí, a mierda ‘con encanto’.

Y todo, sea lo que sea, te sabe a gloria: en el mesón te ponen dos huevos fritos con chorizo y tú en tu ciudad no te comes estos huevos, ni estos chorizos. Y le dices al camarero:
– ‘Oiga ¿a qué este chorizo es de matanza?’

  • ‘Pues casi, porque a punto estuvo de matarse en la curva el del camión de Campofrío’.

De repente oyes unas campanadas y dices:
-‘¡Ah!. ¡Qué paz!. No hay nada como el sonido de una campana.’

Y el del bar te dice: ‘¡Pero si está grabado! ¿No ves el altavoz del campanario?’

En ese momento te preguntas si los sonidos de las gallinas y de los grillos no vendrán en un CD: Rural Mix2005′, ‘Los 101 Mayores Éxitos campestres.’
De lo único que estás seguro es que los mosquitos trompeteros son de verdad. Que pareces un Ferrero Roché con varicela.
Yo creo que, de lunes a viernes, la gente de estos pueblos vive como todo el mundo, pero el fin de semana distribuyen por la carretera a unos tíos disfrazados de pastores y cuando ven que se acerca un coche, avisan a los del pueblo con el móvil:
– ‘¡Eh, que vienen los del turismo rural’! Y cambian el cartel de
‘Videoclub’ por el de ‘Tasca’, sueltan unos perros cojos por las calles y sientan a la entrada del pueblo a dos abuelos haciendo alpargatas, que luego te compras unas y te salen más caras que unas Nike.

En fin, yo creo que un montaje tan grande como éste no puede ser obra de personas aisladas. Estoy seguro de que están implicadas las autoridades.
Me imagino al alcalde: – ‘Queridos paisanos: este verano, para incrementar el turismo, vamos a importar más mosquitos del Amazonas, que el año pasado tuvieron mucho éxito. Y quiero ver a todo el mundo con boina, nada de gorritas de Marlboro. ¡Y haced el favor de pintaros el entrecejo, que no parecéis de pueblo! Y las abuelas Nada de “top less en el río, que espantáis a los mosquitos..Ah, y por cierto: Este año no hace falta que nadie haga de tonto del pueblo. ¡Con los que vienen de fuera ya vale! 

Que mal llevamos lo de la vergüenza ajena!

Ayer, camino del curre, observé una actitud reprobable. No pude ni morderme la lengua, ni mucho menos replicar… el gesto.

Dada mi posición, a lomos de la moto, desde detrás de un vehículo de alta gama, vi como una mano ensortijada de señora, -de estas que aparecen tan sólo los fines de semana-, tras abrir el cristal de la ventanilla del copiloto del conductor, tiraba el envoltorio del caramelo que, imagino, acababa de engullir.

Como sea que fuere el papelillo fue revoloteando hasta detenerse junto a la visera del casco y, parado como estaba esperando la luz verde, con rápido y hábil movimiento el goloso rectángulo de papel de color azul, recogí al vuelo.

Raudo, y dado que el reprís de la moto me lo permite, aproveché la parada en el siguiente semáforo para, situándome junto a su ventana -por suerte aun abierta-, comentarle a la dama.

  • Señora..!! Se le han caído unos papeles antes.

La mujer, con evidentes síntomas de tener la dentadura sujeta por el Súgus, balbuceó algo parecido a esto:

  • A mi? No. Debe de estar vd. equivocado.
  • Se-Ño-Ra. -Me permití recalcar sílaba a sílaba-. Que la acabo de ver…
  • Qué dice vd? -Agregó el conductor del vehículo, mientras trataba de escamotear el rectangular paquete del hueco formado por ambos relojes de kilometraje…

Me decidí por lo más rápido, echar el papelillo por la rendija del ventanuco cual si fuere un buzón para remitir la prueba de la vergüenza.

El hombre debió de asustarse, -ignoro cuánto de culpa debía estar acostumbrado a sufrir por la dama ensortijada-, aceleró en ámbar  y salió poco menos que derrapando.

Tal vez si me hubiese presentado por su lado, con el papel del Súgus de piña, decorando mi visera del casco, me hubiera prestado algo más de atención?

Intentaré otro día ser más hábil…

Huevos fritos marca España?

HUEVOS FRITOS MARCA ESPAÑA.

(O sobre cómo parece que todos nos volvemos imbéciles)

Por que… Digo yo?

Con respecto de nuestra gastronomía, que perfectamente se puede considerar para muchos de nosotros como deporte nacional.

Sí untando un huevo frito.

(Con sus puntillas eh!!)

Se me resbala tremendo gotarrón de yema sobre una camiseta roja -de esas con la que una conocida empresa francesa nos ha uniformado a todos-, puedo considerar que es Marca España??

 

 

Miseria en las calles.

Ahora que ya parece que la economía se mueve (un poco al menos), recuerdo una conversación que mantuve con mi esposa, ahora hace ya tres o cuatro años, cuando el principio de La Crisis.

La Crisis. Terribles palabras que ya denotan por si solas toda una etapa. Por eso las escribo -ambas palabras-, con mayúsculas.

  • MISERIA EN LAS CALLES.

(un breve, aunque agrio, ejemplo sobre una conversación con mi esposa)

 

La mujer volvía a quejarse,  su jefe le había vuelto a ponerle inventario de noche -ella tenía turno de mañanas-.
– Cómo es posible, que si el sábado salgo de trabajar a las 14h. hasta el lunes, tenga que ir el mismo sábado a las 21:30h. para hacer inventario? -Se lamentaba al marido!!-.
El marido, la contempla.. “distraído”.
– Todos los finales de mes son iguales, siempre te toca a ti ir a inventariar? Tu jefa no se da cuenta..? No es posible que el inventario lo haga la que salga del turno de tarde? -añade-.
La mujer renegaba un mes tras otro.
– He de ir a hablar con el encargado.. Estoy harta. Me faltan horas.. He de hablar con Recursos Humanos..
El marido, -divertido-, continuaba observándola.
– Si quieres voy yo.. le invito a un café y le pregunto: ¿Cómo “organizas” un fin de semana si cada fin de mes me haces la misma historia?
La mujer reía (sin ganas), la ocurrencia, mientras le decía:
– Calla, calla. Hoy he ido a hablar con él. Me lo encontré en el pasillo de perfumería. Sostenía entre las manos un cartón vacío. Le hablaba a un señor mayor -un viejito, que hubiéramos dicho en otras circunstancias-. El encargado, con su traje bien planchado, la corbata con el logotipo de la empresa bordado, los ojos serios, la mirada baja.. le decía:
– Por favor, entrégueme la colonia y váyase. No comprende que si no me la da, tengo que llamar a la policía. ?
La mujer, avergonzada, giraba por otro pasillo.
– (Mañana le reclamaré mis horas), total, yo si tengo trabajo.
El viejito serio, mudo, cabizbajo.. -seguro recordaba mejores tiempos, plenitud, energía, guerra civil, nietos..- En silencio lloraba.
El marido ya no ríe las injusticias para con su mujer..

(el marido sólo deja constancia escrita de estos tiempos de miseria en las calles)
– Y más que vendrían, (pienso en voz alta)

En la cola del supermercado.

En la cola del supermercado.

Mientras espero en la cola del supermercado, observo en silencio cómo un disciplinado y atento empleado, le aconseja a una señora mayor, que debería traer su propia bolsa, ya que las bolsas de plástico son malas para el medio ambiente.

La señora pide disculpas y explica:

“Es que en mis tiempos, no había esta “moda verde” que tienen ustedes, los jóvenes de ahora”.

El empleado, perdiendo parte de su cortesía, –que entiendo debería mantener,  por lo menos por tratarse de una anciana-, (Impertinente seguramente -también yo lo fui-, porque su suficiencia de pretender decir todo lo que se piensa, es lo que se llama libertad de expresión), insiste:

“Ese es ahora nuestro problema, que su generación no puso suficiente cuidado en conservar el medio ambiente.”

Tiene razón: Nuestra generación, la de mis mayores, no tenía esa “moda verde” en esos tiempos. Sin embargo, no puedo dejar de reflexionar sobre lo que aún yo conocí de los tiempos en que compartí con la generación de mis abuelos.

En aquellos tiempos, los sifones, las botellas de leche, las de vino o las de gaseosa y las de cerveza se devolvían a la tienda.

La tienda las enviaba de nuevo a la fábrica para ser lavadas y esterilizadas antes de llenarlas de nuevo, de manera que se podían usar las mismas botellas una y otra vez. Así, realmente, entiendo, se reciclaban.

Subíamos las escaleras, porque no había ni escaleras mecánicas ni ascensores en cada comercio. Íbamos andando a las tiendas en lugar de coger el 4×4 para recorrer los doscientos que dista de su casa en vacaciones para ir a comprar la barra de pan para el desayuno.

Recuerdo haber visto a mí abuela, incluso a mi madre, lavar los pañales de los bebés porque no los había de contaminante celulosa. Se secaba la ropa en tendederos al sol, en las azoteas, no en secadoras que funcionan con 220 voltios emitiendo aire caliente a la calle. Era la energía solar y la eólica las que secaban verdaderamente nuestra ropa. Los chicos usaban la ropa de sus hermanos mayores, no siempre prendas nuevas.

Entonces teníamos en casa, una radio, algunos, con suerte, una televisión, no un tele en cada habitación. Y la TV tenía una pantallita del tamaño de un cuadro, no una del tamaño de un ventanal. En la cocina, -recuerdo-, se molía y batía a mano, porque no había máquinas eléctricas que lo hiciesen por nosotros.

Describir la sensación del aroma del café, tras verlo caer en aquel pequeño cajoncillo de madera triturado irregularmente, era un privilegio no menor al hecho de que mi abuela me permitiera accionar la manivela del molinillo.

Recuerdo que para empaquetar un regalo o para hacer un envío por correo con algo frágil, usábamos periódicos arrugados para protegerlo, no cartones preformados o gusanitos de porexpán. En esos tiempos no arrancábamos un motor y quemábamos gasolina sólo para cortar el césped; usábamos una podadora que funcionaba por tracción a músculo. Hacíamos ejercicio trabajando, y no necesitábamos ir a un gimnasio para correr sobre cintas mecánicas que funcionan con electricidad.

Bebíamos del grifo cuando teníamos sed, en lugar de usar vasitos o botellas de plástico cada vez que teníamos que tomar agua. Y cambiábamos las cuchillas de afeitar en vez de tirar a la basura toda la maquina afeitadora sólo porque la hoja perdió su filo.

En aquellos tiempos, la gente tomaba el tranvía o el autobús y los chicos iban en sus bicicletas a la escuela o andando, en lugar de usar a su mamá como taxista las 24 horas. Teníamos un enchufe en cada habitación, no una regleta de enchufes para alimentar una docena de artefactos. Y no necesitábamos, aparatos electrónicos para recibir señales desde satélites situados a miles de kilómetros de distancia en el espacio, para encontrar la pizzería más cercana.

Así que me parece lógico que la actual generación se queje continuamente de lo irresponsables que eran, los ahora viejos,  por no tener esta maravillosa “moda verde” en sus tiempos.

El impresionante culo de la camarera.

Ante todo pido disculpas por las connotaciones machistas que algunas de las frases de este escrito puedan molestar. Si bien es cierto que los hechos obligan a centrarme en la desvergonzada apuesta por fijarme en el culo de la camarera, pronto descubriréis que en realidad lo que pretendo es hacer una crítica social.

Espero.

Yo frecuento un garito en el cual hay una camarera de origen sudamericano, no sé bien de qué país es. Tampoco suelo preguntar. Ella es morena, menuda, delgada, debe rondar la veintena a la baja, agradable en el trato, humilde en las formas y en líneas generales correcta y educada en las maneras. Sus mejillas, tienen esa mezcla de azabaches latinos mezclados con la nostalgia gris de unos ojos oscuros e intuitivos. Generalmente lleva una media melena recogida en trenza, pelo negro, algo de vello perla sus brazos de un tono más aceituno del que desprende su piel, lo que indica sin equívocos que seguramente será más velluda por otras zonas que escapan a mi imaginación (podría ser mi hija). Su sonrisa cómplice permite que la clientela disfrute entregándose a la visión de una dentadura, que aun carente de una ortodoncia al uso, si parece haber constituido dos hileras de perlas albas bien definidas. Busto breve, cintura mínima y aquí es dónde debo perder la desvergüenza, es poseedora de un culo impresionante. Lo sabe. Siempre trabaja con mallas negras con un delantal color mostaza que la realza en las formas.

Aquí, abro capítulo aparte, para intentar sin insultar, describir el trasero de esta diosa. Tiene un culo perfecto, esto es… El culo perfecto es aquel que llama la atención por un pequeño detalle, solo apreciable viéndolo desde delante o de frente. Si cuando contemplamos el culo, podemos ver a través del hueco que queda entre las piernas y la zona púbica, (vulgarmente “se le ve el coño desde atrás”) estamos ante un posible culo perfecto. A este hueco lo denomino corazón. Además, el culo perfecto es tan sublime que debe ser muy exquisito para calificarlo como tal. El siguiente requisito es que los glúteos tengan forma de manzana y no otro tipo de frutas (manzana in corpore sano). El último requisito, y no por ello menos importante, es que el perfil mantenga una curva muy pronunciada pero sin cambios bruscos. Es decir, apurando la curva al máximo, hasta formar casi una semicircunferencia con centro en la cadera, y continuando con la curva hasta las piernas por un lado, o hacia la espalda por otro. Si desde esta vista no se puede definir con exactitud dónde empieza y dónde acaba el culo, sin duda estamos ante un Culo Perfecto. El de la camarera además, resulta un poco respingón. lo cual no le desmerece dada su pequeña estatura.

Dicho esto, y sin pretender babear. Sólo pretendía explayarme en la observación… Acudo raudo a exponer mi queja:

Tiene, lo que parece ser un novio (por las confianzas que se permite) de rasgos marroquíes. Sin pretender ser desconsiderado con el chaval (en realidad parecen hacer buena pareja), es zafio en los gestos. Acude a buscarla siempre cuando acaba su turno, lo cual me parece bien, no tod@s gozan de tanto romanticismo. Ahora bien, siempre, siempre, cada vez que aparece o cruza el córner de la barra pasea con deleite sus manos por aquel “su trofeo” ante la mirada del público y el gesto casto y reprobador de la dueña del mismo. No es una palmada ni un mimo. Es un gesto de conquistador. Como el del cazador que hace gala de saberse dueño de la pieza abatida. Un gesto que induce a pensar que el susodicho está demostrando al resto de feligreses quién es el propietario. Un gesto zafio -ya digo-, más propio de situarlo en privado que en público.

Sin extenderme más, mi reflexión de hoy es la siguiente:

  • Cuánto debe sufrir cada mujer en cada generación que le toque vivir!!