Filosofando…

“Es fabuloso el tiempo que transcurre desde que la mierda te llega al cuello, hasta que realmente la catas…”

Con lo cuál -salvando lo escatológico del razonamiento-, quiero decir que no hay que desesperarse ante los problemas diarios? La mayoría de las cuitas se resuelven solas? O no?

Pocas situaciones… nos deberían sumir en tristeza?

(tal vez la muerte anticipada de un hijo, como ejemplo cercano por antinatural, o la de un perro, por el sentimiento inigualable de lealtad demostrada, o el desarraigo de un árbol de nuestro jardín, que hemos visto crecer día a día, estación tras estación)

Ojo!! No quiero comparar hijos con animales o plantas, no se me malinterprete. Sin embargo…

Ahora hace cinco años sufrí un accidente en mi mano izquierda, un atrapamiento de tres dedos en un engranaje metálico. Los tres centrales. El índice fue reconstruido tras la infame amputación, los otros  ¿sólo? recosidos. Dos operaciones, una con micro-cirugía. Setenta y dos puntos en total. Volver a aprender a utilizarlos..

No creo que haya nada que nos predisponga hacia una implacable realidad nunca imaginada, el fallecimiento de alguien muy cercano, -quiero pensar-, debe ser comparable al arrebato de un miembro. Uno de verdad, no como en mi caso, que tuve bastante suerte dadas las circunstancias.

Por qué escribo sobre esto?

Estoy leyendo un libro en donde el protagonista -un narcotraficante confeso-, comienza a plantearse sobre las consecuencias de su trabajo (los daños colaterales que tan prosaicamente acostumbramos a escuchar en los Noticiarios y que nunca, parece que tomemos en serio en toda su terrorífica extensión). Tras un fallo en “su trabajo”, al perder un cargamento y ante la imposibilidad de restituirlo o pagarlo, el delincuente parece darse cuenta por primera vez en su vida las posibles consecuencias represivas y, para dar ejemplo de las que va a ser objeto.

Se imagina a si mismo maniatado, molido a golpes, y obligado a asistir al deplorable espectáculo de la violación de su esposa y desmembramiento de una hija. El sujeto se formula -mentalmente-, a la última reflexión:

  • Los golpes que recibiese a continuación sólo podrían ser un bálsamo que le calmase el dolor.

Terrible.

Cuánto dolor estamos permitiendo continuamente?

Miseria. Hambre. Trata. Refugiados. Corrupción. Paraísos Fiscales. Ablación. Xenofobia. Violencia machista. (el etc. es tan largo que no merece la pena insistir)

Volvamos al principio.

“Es fabuloso el tiempo que transcurre desde que la mierda te llega al cuello, hasta que realmente la catas…”

Y seguiremos, absortos, fielmente atentos, puntuales y sin hacer nada.

 

 

 

 

 

Infancia versus achaques.

No se si algun@ conoce o habrá jugado con Madelman´s. Eran unos muñecos articulados ataviados con uniformes militares, aventureros, deportes… “muñecos de acción” creo que rezaba la publicidad de la época.

Bien, dicho esto. Recuerdo que las articulaciones de codos y rodillas estaban confeccionadas de manera simple aunque efectiva con un sencillo mecanismo, un engranaje a bola metido a presión.

Generalmente, la mínima tensión forzada en el juego por chiquillos no cuidadosos, rompía el frágil plástico de las rodillas y/o codos. Un trozo de cello apretado servía para restablecer la “operación traumatológica” a efecto..

Pues bien, hace unos pocos años que me siento así.

Mis rodillas -en especial la izquierda- me produce la misma sensación. Un dolor insuperable -ni con fármacos- me recuerda cuan frágil puedo llegar a ser recordándome que mis fechorías de crio se han transmutado tras mi mala vida.

Soledad/frustración.

Recuerdo una etapa de frustración durante las fechas previas a las vacaciones de Navidad de cuando cursé 7º de EGB, debía contar entre doce y trece años. No explicaré ahora las razones. Siguen escondidas en alguna cueva remota de mi cerebro. Las dejé marchitar ahí ya hace años. Muchos.

Si recuerdo cómo rompí los lápices de colores, uno a uno, de mi estuche. Fue una decisión rabiosa. Una forma de sacar la ira, de canalizarla más bien.

Inmediatamente me arrepentí. Era un (él) estuche que me había regalado mi madre. -no recuerdo cómo más tarde justifiqué el acto- La comprensión del resultado de mi acto me hizo llorar. Llorar en silencio. Lágrimas ocultas. Nunca me perdoné esa acción (a pesar de que a lo largo de mi vida rompí muchas otras cosas). Aquel era el estuche con que mi madre me había hecho cómplice acerca de una afición mutua.

Dicho esto:

Miro a mi alrededor. Observo los pequeños objetos con que me puedo rodear. Pequeñas baratijas con las que, de cuando en cuando, amanso a la fiera consumista que habita en mi interior, calmando su sed de placer inmediato, entorpeciendo valores contradictorios. Encuentro una pequeña caja de madera a la que doy un absurdo uso cotidiano. -Ojo!! no es un tesoro, la compré en un chino-.

Y.. mientras la observo, pienso en mi estuche de colegial. Mi primer estuche de valor. Con valor. Con un intrínseco valor sentimental.. y comienzo mi verso:

SIENTO FASCINACIÓN SOBRE LAS COSAS QUE SE PUEDEN ROMPER.

VALORO SU FRAGILIDAD.

UN ESTUCHE DE MADERA,

BIEN CUIDADO,

PUEDE DURAR TODA UNA VIDA.

DE LA MISMA MANERA,

SI FUERZO SUS GOZNES

SI QUIEBRO SU FRAGIL EXTRUCTURA

PUEDO DESTRUIRLO SIN MÁS.

HAY QUE APRENDER A CUIDAR.

Y vuelvo a mirarme en el espejo del ascensor.

Ojalá existiera un botón para bajar al infierno, más abajo del parking. Donde purgar mi dolor..