Sobre mis canes. Libertad?

A veces veo a mis perros con ojos distintos.
Es entonces cuando lo asocio a la mala vida que les doy.
Quién soy yo para permitirles vivir recostados la mayor parte del día en su sofá?
No serían más felices -seguramente con vida más corta- si la vivieran al trote libre por los campos?
Que puta manía, la del hombre, de amaestrar en su beneficio

Nadar y guardar la ropa.

Hoy me he comido una Gallega.

(tampoco flipéis)

La tortilla de papas -prefabricada- … como las casas ídem.

El viento de Tramontana permitió que el pan permaneciera crujiente.

Morder la corteza y observar el deambular de las migas -Muchas, y que limpie otro..- por la mesa del comedor del curre, me inspiró este artículo.

Dicho esto… me lo guardaré para mi.

Saboreando la nostalgia.

De las tres moscas que jodían mi gastronómico receso, tan sólo una consiguió remontar vuelo.

Que se jodan!

Haber sido más hábiles…

Pan y tortilla

Conformarse con el futúro incierto.

Esta tarde, nos hemos cruzado con esa señora a la que desde hace un par de años, veo, empujan en una silla de ruedas.

Hace unos años, la veíamos caminar con el andador por las inmediaciones de los campos que circundan mi casa y, por ende, los paseos con mis canes. Siempre con una sonrisa en la cara. Atenta a saludar a cualquiera que se topase con ella.

Los “merodeadores” (gentes con perros, señoras que caminan o que buscan espárragos, bicicleteros que van o vienen, niños con pelotas a cargo de abuelos jubilados.. y toda esa amalgama que formamos los que salimos de la urbe con cualquier pretexto), también estábamos “al loro” de los avances de esta señora con su andador a través de campos y rieras. Aunque sólo fuera por cortesía, formando una familia tutelar rural. Todos controlados.

Poco a poco, espació sus paseos. Desapareció. Un día, por el pueblo, la vimos de pasajera en una silla de ruedas. La empujaba una chiquilla venezolana que -según nos contó la anciana-, había venido a España a estudiar en un intercambio.. y se quedó en su casa.

Otra vez que la vimos, le faltaba una pierna. Nos saludó, nos explicó. El azúcar.. ya sabéis!!

A veces, cuando subimos para hacer las quinielas, la observamos en su casa -a través del cristal de la ventana del comedor que da a la Plaza Mayor-. Nos saluda con la mano mientras finge ver televisión..

Esta mañana nos hemos vuelto a cruzar con ella, la venezolana la empujaba -no sin esfuerzo- calle arriba. No nos hemos parado, -las prisas, ya sabéis lo imperiosas que resultan a veces-, tan sólo me he permitido un gesto amable con la cabeza en señal de respetuoso saludo. Le faltaba la otra pierna.

En reprobable y mordaz pensamiento he caído en la cuenta de que:

  • Cuantas menos piernas tiene, más amplia es su sonrisa.

Me he sentido mal mientras avanzaba calle abajo por mi estúpida ocurrencia. Sin embargo he enjuagado mi duelo con la reconfortante idea aprendida.

Siempre la vi con una sonrisa en la cara. Cuánto me queda por aprender..

Felicidad “sencilla”.

A veces, avispados y/o intrépidos ocurrentes, -seguramente con demasiado tiempo libre- te preguntan a bocajarro si eres feliz? O.. qué es para ti la felicidad?

Nosotros, a su vez, acostumbramos a poner cara de póker -en realidad cara de haba- y desempeñando  cierto aire empírico, divagamos…

El otro día, mi mujer me hizo la pregunta de marras.

No se bien cómo surgieron de mi boca las siguientes palabras…

  • La felicidad es ir a abrir una lata de cerveza y darte cuenta de que ya lo hiciste antes de atragantarte con el trozo -demasiado grande para masticar- del chuletón de ternera que estás comiendo.

… Se me quedó mirando, me guiñó un ojo y con esa sonrisa divertida y pícara suya,me besó mientras murmuraba:

  • Por que se que me quieres, que si no de la bofetada que te doy te atragantas y te escondo la birra.

¿Feliz?

Escrito una noche melancólica de noviembre de 1982.

Ya no sabe mirar al horizonte,
ni diferencia el viento del sur o el norte.
Ahora es…
Un ciudadano siempre a contramano del tráfico feroz.

Dejó la manzanilla por la Ginebra,
y la hierba buena por la buena yerba.
Y aquella luna clara por otra conquistada.
Y parece que es feliz.

Pero de vez en cuando recuerda el mar,
y la félicidad se torna melancolía.
Y así termina el día una vez más.

Se apalancó en un nido de alquiler.
Se acostumbró al agobio de no poder gritar al campo abierto.

Mirar el ancho cielo y dice que es feliz.
Pero de vez en cuando, por la ventana se le van las ganas.

Con las nubes que van pasando,
Y que les están llamando una vez más.

Pero de vez en cuando recuerda el mar,
y la felicidad se torna melancolía.
Y así termina el día una vez más.

Y piensa que es feliz.
Y cree que es feliz.
Y dice que es feliz.
Y va contando por las esquinas que es feliz.
Y llora diciendo que es feliz.
Y se duerme pensando y creyendo que es feliz.
Y le cuenta a la noche que es feliz.

Pero de vez en cuando mira a través de la ventana de la noche.
Y mira casas y más casas.
Y pisos y más pisos.
Y sin embargo…
Cree que está mirando el mar.
Cree que ve el mar.
Y se cree…
Que los hilos de su soledad,
son cuerdas de guitarra.

El viejo del estanco

HE DE ACLARAR QUE ESTE ES UNO DE LOS PRIMEROS RECUERDOS DE INFANCIA QUE TENGO.
Hace ya años que lo tengo escrito, como releerlo, me hace sentir bien, de cuando en cuando, lo vuelvo a publicar en algún soporte.
Ahora lo traigo aquí. Dice así.

Por mi estatura..
debía contar yo, unos cuatro años.. no más.

Y sin embargo..
recuerdo la cara de aquel viejo gruñón…
feliz..
de vivir cuando le tocó vivir,
su época,
siempre sentado al sol..
con su silla de madera y anea,
recostada en la pared de Comandante Benitez, a la altura del estanco,
pared con pared de la charcutería…

(cómo disfrutaba con los “olores” cuando mi madre compraba allí,  o…
cuando me enviaba a hacer recados)

El cabello blanco, ralo,
la camisa azul rayada,
-un lujo para la época, todos los abuelos lucían de blanco reluciente al sol-
pantalón gris.

La mirada soñadora,  perdida en sus anteriores vidas..
Siempre renegando.
-supongo era mi recuerdo-

No lo conocí nunca, nunca más lo recordé.
Solo lo esquivaba con la mirada baja cuando pasaba por ahi.

En realidad, dudo,
que aquel hombre me recordara dos días después.

Pero claro, era el viejo gruñón de la acera del estanco.
Aportaba ese punto de seriedad de los mayores de antes, con la mirada pronta para regañar,
quejándose en continua voz alta, de:

– En mis tiempos… no pasaba esto!

LOS HECHOS:

Tenía yo una pistola de juguete.
Toda plateada.. de plástico,  como de baquelita..
la recuerdo con sus imperfecciones,
-rebabas de juguete barato de la época-
y lo más importante: un mecanismo sencillo de muelle, resorte y un pequeño tapon de corcho, colgando de un cordel.

Tirabas del mecanismo, el muelle se bloqueaba, ponías el corchito,
y al apretar el gatillo… “POP”
el tapón salía para disfrute de un servidor.

Aquel soleado día,  andaba yo tan contento con mi arma de “crio ñajo” disparando a todo lo que a mi paso encontrase..
cuando mis ojos se quedaron clavados en un desconchado de la pared.

Ahora ya casi no se ven más que tal vez en los pueblos, en sus casas antiguas.
Aquellos desconchados de otras construcciones,  más económicas.
La humedad se comía, literalmente, los bajos de las paredes..
se inflaban..
y la arena de la argamasa se desprendía permitiendo ver los ladrillos de la pared.

Estaba yo en el paroxismo de la destrucción masiva (que se dice ahora), de los pedazos de pared, con mi corchito,
cuando posó sus ojos en mi, el viejo del estanco.
Buff..!!
Ni que decir tiene, que la pistola desapareció,
junto con mis ilusiones…

No recuerdo el momento posterior. ?
Pero si el esperar la salida de mi madre de la tienda.
El requerimiento de ella a mi persona (personita), al viejo,
para disculpar mi fechoría..

No recuerdo haber vuelto a casa con la pistola,
tampoco recuerdo una regañina especial.

Eran tiempos en los que me sentía muy querido..
Mi primera infancia fue muy feliz.
Mediados de los sesenta..

Con paseos soleados,
mi madre nos llevaba a la piscina en verano, botas “katiuskas” -solo negras- para saltar charcos, en invierno.
Juguetes de Monta-Plex, de a peseta el sobre en el kiosko verde.

(después salieron otros a duro, pero eso era un lujo)

La pistola..
La recuerdo antes y después.. pero no yá en ese momento.

Recuerdo rehuir la mirada del viejo, en excursiones posteriores a la charcu..
… siempre.

Todos estos años he recordado esta anécdota con un cariño especial.
Nunca pregunté por él, no fuese a recordarme.

Un saludo amigo, estés donde estés..
en el recuerdo de tus hijos y nietos, que si te conocieron.
Que compartieron contigo algo más,
que la mirada huidiza de un niño al que con razón.., regañaste una vez.

Y al que éste,  te recordaría con alegría durante toda su vida.
Mi vida, como “El viejo del estanco”

Saludos.