Malos tratos.

Con frecuencia, os hablo de I tan sólo refiriendo sobre nuestras locuras sexuales, alguna vez escribo algo menos jocoso, pero rara vez hablo de asuntos serios de ella.

I -ya lo he dicho alguna vez- fue mi tercera pareja “estable” de las cuatro que acarreo. Hubo otras.. pero no llegué a formar familia con ellas nunca por una razón o por otra.. no importa, no es de esto de lo que quiero hablar hoy.

I sufrió malos tratos de pequeña. Asunto harto delicado como para tratarlo a la ligera. Ello le confirió un carácter difícil en el trato, acumulando muchos fantasmas.

Cuando yo la conocí, -yo rondaba los cuarenta, ella cinco más- estaba enfadada con su hermana. Hacía años que no se hablaban.

(entonces no conocía los detalles de la mala infancia que habían tenido)

Este asunto, como a mi me parecía absurdo, lo convertí en bandera hasta conseguir que tras una veintena de años, volvieran a tener contacto.

Tras un par de encuentros, duros, muy duros, asistí impasible a la siguiente conversación:

Mi pareja (I), cinco años menor que su hermana, le reprochaba:

– Cuando mamá me pegaba tu no hacías nada.

– Y, qué querías que hiciera? Tenías cinco, tal vez seis años.. yo igual tenía diez u once. Qué querías que hiciera?

– Defenderme. Ponerte en medio. Corroborar mi versión cuando llegaba papá..

– Cuando te pegaba a ti no me pegaba a mi.

Tras escuchar estas últimas palabras, me ofusqué. No supe ni ayudar ni aportar nada constructivo. Tan sólo pude asistir con horror al pausado, muy pausado reencuentro entre dos hermanas. Asistir mudo a sus abrazos, a sus lágrimas, a sus recuerdos terribles. Descubrí un mundo que era ajeno a cualquiera que yo hubiera conocido antes. -Y había conocido algunos…-

Palabras muy duras jamás sospechadas:

– Tu eras mayor. Con doce años deberías comprender que no era normal que me pegaran con un cazo, ni que me quemara con un cigarrillo, ni que…

– Cuando te pegaba a ti no me pegaba a mi. Sólo era una niña pequeña asustada que no podía.. -se defendía, entre lloros, una y otra vez, la hermana.

– Tu eras mayor. Cuando murió papá.. la vieja le debió pudrir el hígado! Mamá recrudeció su violencia conmigo. Tuve que escaparme de casa… o me hubiera matado.

– Qué crees que ocurrió cuando tu te fuiste de casa? Con quién crees que pagó su rabia y su frustración? Me quedé sola!!

– Lo siento. No podía más.

Soledad/frustración.

Recuerdo una etapa de frustración durante las fechas previas a las vacaciones de Navidad de cuando cursé 7º de EGB, debía contar entre doce y trece años. No explicaré ahora las razones. Siguen escondidas en alguna cueva remota de mi cerebro. Las dejé marchitar ahí ya hace años. Muchos.

Si recuerdo cómo rompí los lápices de colores, uno a uno, de mi estuche. Fue una decisión rabiosa. Una forma de sacar la ira, de canalizarla más bien.

Inmediatamente me arrepentí. Era un (él) estuche que me había regalado mi madre. -no recuerdo cómo más tarde justifiqué el acto- La comprensión del resultado de mi acto me hizo llorar. Llorar en silencio. Lágrimas ocultas. Nunca me perdoné esa acción (a pesar de que a lo largo de mi vida rompí muchas otras cosas). Aquel era el estuche con que mi madre me había hecho cómplice acerca de una afición mutua.

Dicho esto:

Miro a mi alrededor. Observo los pequeños objetos con que me puedo rodear. Pequeñas baratijas con las que, de cuando en cuando, amanso a la fiera consumista que habita en mi interior, calmando su sed de placer inmediato, entorpeciendo valores contradictorios. Encuentro una pequeña caja de madera a la que doy un absurdo uso cotidiano. -Ojo!! no es un tesoro, la compré en un chino-.

Y.. mientras la observo, pienso en mi estuche de colegial. Mi primer estuche de valor. Con valor. Con un intrínseco valor sentimental.. y comienzo mi verso:

SIENTO FASCINACIÓN SOBRE LAS COSAS QUE SE PUEDEN ROMPER.

VALORO SU FRAGILIDAD.

UN ESTUCHE DE MADERA,

BIEN CUIDADO,

PUEDE DURAR TODA UNA VIDA.

DE LA MISMA MANERA,

SI FUERZO SUS GOZNES

SI QUIEBRO SU FRAGIL EXTRUCTURA

PUEDO DESTRUIRLO SIN MÁS.

HAY QUE APRENDER A CUIDAR.

Y vuelvo a mirarme en el espejo del ascensor.

Ojalá existiera un botón para bajar al infierno, más abajo del parking. Donde purgar mi dolor..