Reflexionando a dos?

A menudo -igual hasta demasiado a menudo-, traigo aquí conversaciones con mi otro yo. Conmigo mismo dicho sin eufemismos.

Lo peor de hablar sólo es cuando te escuchas decir:

– Te estoy diciendo que “esto o aquello” es así… No me escuchas..

Y no te das cuenta , que ni haces autocrítica de que no has dicho nada, tan sólo lo pensaste fugazmente, y… Te recriminas por qué tu otro yo no lo tuvo en consideración.
Penoso.
Pero sobre todo, frustrante.

***

Y, antes de que salga el subnormal de turno, diciendo aquello de:

  • Hablas sólo?

Y te ¿disculpas? Contestando:

  • Todo@s hablamos sólos, sea con el perro, la gata, el reflejo que -harto- nos devuelve la imagen del culo o el ojo redibujado en el espejo del ascensor, con aquel transistor que no sintoniza bien justo cuando parece que raja algo importante… Con el tenedor al que insultas cuando te has abrasado la boca con el puto canelón, o como diría mi primo, con aquella baldosa que se mueve en suelo del parking,  y espera a los días de lluvia, para recordarnoslo con una salpicadura en el zapato de ante.

MECAGUENDIOSMECAGO…!!

Recordando a Javier.

Javier cayó el primero.
Era el más débil.. Su hermana se comió el marrón, dudo se haya recuperado.
Murió de SIDA, (primeros tiempos). nadie comprendía..
Nadie sabía..
Fue una bomba.
Los que no se pinchaban, nunca más lo harían.
Ni lo contarían…
Años terribles, puertas con cadenas, dormir con el monedero agarrado, comisarías, denuncias…
“…desde que llevo tricornio..
no se,
me siento poderoso.”
Debió de ser muy duro Javier.
(y nosotros “tus amigos” solo reíamos cuando contabas cómo salías del cuartelillo, sin que tu padre te viera..)
Sólo tu hermana (ya no tu) recordaréis sus palizas.
A tu hermana la vi en 2010.
Mi primera novia.

Un golpe a la inteligencia?

El pasado lunes bajé a mi provincia natal, Barcelona. Además del desasosiego que me produce cada vez que he de volver al bullicio de la gran ciudad, -yo hace años que resido en un municipio de apenas veinte mil habitantes, y se nota-, en esta ocasión debía realizar un maratón de médicos con mi madre. Lo cual no es ni cómodo, ni alentador.

El miércoles, cansado de arrastrar la silla de ruedas por las distintas calles de la ciudad y, a modo de descanso, me permití dejarla en casa de una amiga y hacer lo mismo yo, visitar a una antigua amistad de infancia. Lo redescubrí hace poco a través de Facebook y ya conocéis el cuento:

  • Qué es de tu vida? Qué tal andas? Trabajas? Hijos? A ver si nos vemos un día..

Dicho y hecho, a la primera ocasión que he tenido, he sentido la necesidad de darle un abrazo.

Que decepción!! Me he encontrado con un tipo aburrido, amargado por una enfermedad que le dejó una pequeña pensión, un tipo que despotrica continuamente de su pareja y su hija. No se parece en nada al chaval inseparable con el crecí.

A la media hora ya sentí el regusto de la ansiedad por largarme de su casa. Tal vez mi madre hubiera tenido mejor suerte y podría saludar también yo a alguna de sus amistades y quedar como un señor.

Al poco de planificar mis cábalas -siempre dentro de mi sesera-, Jorge, que así se llama el referido compañero, me cuenta -exultante-, sobre cómo ha escrito un cartel y lo ha puesto en el ascensor de su casa para quejarse a los vecinos (desde el anonimato plural que representa ser uno de los vocales que se cuida de los asuntos de la comunidad de vecinos.

Hasta me acompañó, solícito, hasta el ascensor, para enseñarme, -orgulloso-, su obra .

  • Qué? Qué te parece?

cartel-escalera-vecinos

Asentí sin convicción. Me despedí de él, -mintiendo-, asegurándole que mantendríamos el contacto y que a ver si para la próxima vez… Hacíamos coincidir a nuestras esposas.

Cuando estaba a punto de salir del ascensor, -dolido por cómo la vida a veces nos juega malas pasadas, convirtiendo los recuerdos en mierda-, le hice una foto al mencionado cartel.

No sé que me ha dolido más: Si las faltas de ortografía de un escrito realizado por alguien que cursó Universidad (yo no estudié prácticamente nada), o el crudo mensaje del cartel o el regusto agrio de la bilis dando vueltas en mi estómago por la mala experiencia Facebookera.

 

Miseria en las calles.

Ahora que ya parece que la economía se mueve (un poco al menos), recuerdo una conversación que mantuve con mi esposa, ahora hace ya tres o cuatro años, cuando el principio de La Crisis.

La Crisis. Terribles palabras que ya denotan por si solas toda una etapa. Por eso las escribo -ambas palabras-, con mayúsculas.

  • MISERIA EN LAS CALLES.

(un breve, aunque agrio, ejemplo sobre una conversación con mi esposa)

 

La mujer volvía a quejarse,  su jefe le había vuelto a ponerle inventario de noche -ella tenía turno de mañanas-.
– Cómo es posible, que si el sábado salgo de trabajar a las 14h. hasta el lunes, tenga que ir el mismo sábado a las 21:30h. para hacer inventario? -Se lamentaba al marido!!-.
El marido, la contempla.. “distraído”.
– Todos los finales de mes son iguales, siempre te toca a ti ir a inventariar? Tu jefa no se da cuenta..? No es posible que el inventario lo haga la que salga del turno de tarde? -añade-.
La mujer renegaba un mes tras otro.
– He de ir a hablar con el encargado.. Estoy harta. Me faltan horas.. He de hablar con Recursos Humanos..
El marido, -divertido-, continuaba observándola.
– Si quieres voy yo.. le invito a un café y le pregunto: ¿Cómo “organizas” un fin de semana si cada fin de mes me haces la misma historia?
La mujer reía (sin ganas), la ocurrencia, mientras le decía:
– Calla, calla. Hoy he ido a hablar con él. Me lo encontré en el pasillo de perfumería. Sostenía entre las manos un cartón vacío. Le hablaba a un señor mayor -un viejito, que hubiéramos dicho en otras circunstancias-. El encargado, con su traje bien planchado, la corbata con el logotipo de la empresa bordado, los ojos serios, la mirada baja.. le decía:
– Por favor, entrégueme la colonia y váyase. No comprende que si no me la da, tengo que llamar a la policía. ?
La mujer, avergonzada, giraba por otro pasillo.
– (Mañana le reclamaré mis horas), total, yo si tengo trabajo.
El viejito serio, mudo, cabizbajo.. -seguro recordaba mejores tiempos, plenitud, energía, guerra civil, nietos..- En silencio lloraba.
El marido ya no ríe las injusticias para con su mujer..

(el marido sólo deja constancia escrita de estos tiempos de miseria en las calles)
– Y más que vendrían, (pienso en voz alta)

Medias sábanas.

Hace años, un episodio me hizo pensar en cuánto de hipócritas teníamos los seres humanos en general.

Repasando los ajuares heredados de una bisabuela, recuerdo haber tenido entre las manos unas medias-sábanas. Consistían en unos lienzos de algodón ralo y amarillento como de unos setenta centímetros de largo por un ancho convencional del tipo de cama para el que se utilizasen.

Cuándo las tuve entre manos -en mi juventud- nunca comprendí el significado de su utilización. Esto era porque se veían unos embozos perfectamente bordados a mano, con sus cenefas, dibujos, orlas y un largo etc de detalles. Sin embargo la longitud de las mismas no se correspondía con la longitud de una cama normal. En algún momento, supongo me quedé con la idea de que tal vez fueran ropajes de cuna, aunque -repito-, las medidas (a lo ancho en este otro caso), tampoco coincidían.

Con los años me olvidé del tema, y la “herencia”, (en nuestros días, supongo habrían acabado en Wallapop), desapareció.

Hace algo más de una década, la pareja que entonces tenía, recibió -de nuevo en herencia-, el legado de su miserable* progenitora. De entre los mínimos enseres, aparecieron también unas medias-sábanas. El relé escondido tantos años en mi cerebro se volvió a activar. Me sorprendió mucho volver a comprobar cómo, -de nuevo-, unos objetos que yo creía fruto del azar, aparecían de nuevo con una despreciable historia detrás.

Aquella persona que recibió la herencia (además de malos tratos en su infancia, por eso el {*} asterisco anterior), me explicó que esas “sábanas” se utilizaban en su casa  desde los tiempos de la posguerra. Era costumbre, -de cara a las visitas-, tener unas camas visiblemente bien hechas, con los embozos perfectamente limpios, planchados y bordados… rematadas con una liviana colcha hacia los pies. Para aparentar.

Como no tenían medios económicos para adquirir juegos de cama para todos, se utilizaban éstas (de cada una, sacaban dos). Eso si, en detrimento de que el niño/a que durmiera en ellas, se jodiera de frío.

En fin, una anecdota más para reflexionar.

Guitarras.

Recientemente he visto un video en el cual un adolescente rompía una guitarra.
La madre, voz en off, explicaba que la guitarra era inservible ya, y en lugar de tirarla sin más, había permitido que el niño la rompiera.

Este video me ha hecho reflexionar durante los últimos días.
No es que yo sea un santo. A lo largo de mi vida, he roto tantas cosas.. he gritado tanto, he arruinado sentimientos, abochornado a progenitores y, un largo etc. de despropósitos varios de los que no hablaré ahora.

Pero he de explicar algo, quiero explicar algo, para poder entender la estupefacción que siento.

De adolescente, cuando cursaba 1º de BUP, debía contar catorce o quince años, rompí una guitarra. No era de nadie (me justifiqué a mi mismo, de alguien debía de ser..)
Rondaba por el aula desde hacía tiempo. le faltaba alguna cuerda, arañada, desvencijada, acumulaba polvo de pupitre en pupitre..
Un día, en un descanso entre clases, alguien la tiró por el aire durante una algarabía escolar. Aquel día, no se por qué decidí descargar (seguramente con frustración por lo mal estudiante que siempre fui), una furia desatada hasta trocearla completamente.
A los salvajes que componían mi grupito, nos pareció una idea genial. Reímos un rato la ocurrencia, sin molestarnos en recoger los trozos enredados entra las patas de sillas y mesas..

Durante toda mi vida, he arrastrado el sentimiento de culpa por haber roto aquella guitarra.

Había un compañero de clase, se apellidaba Raventós. Sólo recuerdo su apellido, bueno, y que venía poco a clase. Igual era alumno de otro curso, o de otra aula.. no se. Era un progre, muy amanerado, bastante popular entre las chicas (seguramente porque cantaba y se acompañaba con la guitarra), pero no parecía aprovechar la situación con ellas.. no se. Ya he dicho que tenía algo de pluma.

Él fue el único que osó protestar un poco por aquella gratuita muestra de vandalismo, tampoco muy vehementemente.. no le hicimos caso.
Tampoco la guitarra era suya. Nadie protestó. El episodio se olvidó rápidamente.

En las vísperas de unas Navidades, con motivo de hacer un regalo de hermandad por aquello del “Amigo invisible” a mi me tocó regalar algo a Raventós.
Hice una guitarra de plastilina. como de un palmo de largo, con todos los detalles de que fui capaz.
A pesar de que los regalos eran anónimos, cuando Raventós abrió el suyo, se levantó, me abrazó y me dio las gracias.

No recuerdo haberlo visto nunca más. (no ahora, con los años. Me refiero a que este es el último recuerdo que tengo de él)

El sentimiento de frustración que he acarreado durante años, cada vez que pienso en aquel episodio es brutal. Romper un instrumento musical, algo que es capaz de producir un sonido, una melodía, se me antoja como un pecado. Un pecado gordo. Es como destruir un libro. En realidad no, es peor.

Recuerdo cierto personaje policiaco, creo que de Vázquez Montalbán, que cada noche, encendía la chimenea utilizando un libro.
Aquella escena me fascinaba. Me ofrecía un regusto de encontrados sentimientos muy difícil de precisar, pero sin duda placentero.
Que envidia..