Hostias!!

Estaba escuchando la radio cua…

  • Estabas? Estábamos, no?
  • No sabía que ya habías vuelto.
  • Ayer. Mientras dormías. Pensé que era mejor no despertarte. Para qué? Siempre te enfadas…
  • Qué quieres?
  • He… Pensado?
  • Sigue…
  • Nada. He pensado pasar a saludarte y de paso comentar -contigo- lo que les vas a contar de la radio.
  • Vamos… A chafarme la historia.
  • Si lo planteas así? Luego me reprochas que no hacemos nada juntos…
  • No me llores… Va, empieza…
  • Me dejas? Eh!!  Me deja. Oíd! Me deja…
  • (Estoy cansado de discutir y hará lo que le de la gana igual)
  • Te he oído!!
  • Vaaa!!
  • Hemos escuchado por radio, ésta tarde pasada, una noticia que parecía de esas del Rockambol News… Si no llego a escucharla en directo, no me lo hubiera creído caso de que me lo hubieran contado. -Lo hago bien?
  • Hasta ahora no ibas mal. Pa qué preguntas?
  • Bueno… Les han hecho una entrevista a unas monjas de esas de Clausura que hacen pastas, dulces y demás glotonerías ricas..
  • En colesterol.
  • No me interrumpas, luego dices de mí.
  • Sigue…
  • El caso es que la entrevistadora ha dado con una monja menos… Cómo te diría? Menos “clausurada”?
  • Ya sabes que no me gusta que inventes palabras, pero si, para escribir lo que vas a escribir te lo voy a aceptar. Tampoco te acostumbres.
  • Como decía, la monja, -muy parlanchina ella-…
  • (Igual también elabora licores…)
  • Te he vuelto a oír. joder!
  • Perdoooooón…
  • El caso es que la vieja, -perdón, la monja-, se ha puesto a largar más de la cuenta. Parecía haber conectado con la periodista y se ha soltado bien, para despacharse a gusto. Se ve que como en todos sitios, a los conventos también llegó la Crisis -y por ende-, la Globalización. La monja ha estado explicando con una suerte de detalles de cómo estaban de hartas al ver cómo los curas que antes les compraban las obleas para hostias a ellas, ahora lo hacen en tiendas de los chinos. También las compran al por mayor on-line con descuentos de hasta el cuarenta por ciento, lo cual, obviamente, estaba dando al traste con una gran parte de los beneficios que las monjitas recababan.
  • Pues lo normal.., No? Mientras no exijan -los curas-, una limosna por cada Comunión…
  • No les des ideas. A la locuaz monjita, en un momento dado, parece habérsele ido la olla y otra (monja), ha decidido recuperar el micrófono mientras la periodista se disculpaba (en directo) con los oyentes. La susodicha ha contestado algo parecido a: -Para qué querrán los chinos los recortes de hostias?
  • No lo estás explicando bien. La periodista ha replicado algo parecido a que todo el mundo tenía derecho a ganarse la vida, -aunque con ello mermaran los beneficios del convento-, y la monja locuaz se ha exaltado e interpelado a la periodista con un:   -Vd de que parte está? A lo que, -lógicamente-, la entrevistadora ha intentado hacerle comprender -sin éxito ninguno-, que ella no se pronunciaba a favor de una parte u otra, que sólo cubría esa parte de la entrevista por lo curioso de la misma.
  • Al final se ha montado un circo que pa qué!
  • Algo de razón llevas. Ha sido bastante penoso. Todos, -al parecer-, tenemos una idea pre-concebida de cómo viven, de cómo trabajan, de cómo se comunican -¿o no?- las religiosas confinadas en conventos donde la norma es precisamente eso. La austeridad comunicativa. Lo que ha ocurrido, -bastante penoso, repito-, es que la entrevistada ha hablado (nunca mejor dicho), más de la cuenta. Ha dicho que no existían en “esos sitios”, refiriéndose despectivamente a las tiendas orientales, medidas controlables de higiene y/o sanidad.
  • Yo pensaba lo mismo sobre el convento. A saber cómo lo tienen ellas aprovechando que no se puede visitar.
  • No hagas leña… Entonces, la periodista ha intentado re-dirigir la entrevista preguntándole a la monja sobre cómo realizaban ellas las obleas. La entrevistada se ha puesto a explicar de qué manera preparaban las obleas y como las cortaban con unas planchas con cuchillas moldeadas para tal fin. De ahí se ha saltado el protocolo con una indiscreción, relatando cómo a menudo consumían las propias religiosas el material sobrante, los recortes de las futuras hostias. Y, ante la indiscreción, la monja además ha soltado el exabrupto al que tu te referías: -Para qué querrán los chinos los recortes de hostias?
  • Ya está? Así lo dejas?
  • Quieres añadir tú algo más?
  • No… No?
  • Pues ya está. Que saquen -cada cual- sus conclusiones. Yo me voy a dormir.
  • He de ir al lavab…
  • Pues vaaa!!

Menuda hostia te diste Xavi

Esta historia se remonta a mi etapa como estibador.
Hacia 2005, tras los muchos estragos que la cocaína había hecho en mi cerebro y sobre todo en mi bolsillo.
Con la memoria rota tras el fallecimiento de mi padre, una relación (la tercera en mi cuenta), a punto de extinguirse, y el peso acumulado por el dolor de no ver a mi hija..

(tres años vivi con su silencio, ni una llamada, ni una visita, ni una palabra… ese es el mayor dolor que recuerdo haber acumulado en cinco décadas)

.. me llevaron a plantearme alguna solución drástica para conseguir más dinero. Estaba ya tan pelado de pasta, que comencé a descargar barcos.

El oficio de estibador, de los más duros por excelencia, ofrece hoy en día un halo épico.
Ver cruzar la explanada portuaria a una treintena de agotados sujetos, de estirpe variopinta, arrastrando los pies.
Los chalecos reflectantes, sucios y descosidos, al viento.
Los cascos, tan amarillos como berretosos de oxido por los roces contra sucias vigas de hierro.
Las facciones tiznadas, labios, saliba y sudor resecos, acumulando salitre en la piel.
Las orejas escaldadas, el cuello convertido en cuero cuarteado.
Morenos a franjas.
La estampa siempre me recordaba el glamour de las peliculas estadounidenses. Aquellos duros mecánicos de los portaaviones,  trabajando a contra reloj a merced de los elementos.

Se cobraba bien.
Entrar en bodega,  un par de jornadas intensivas, nocturno, plus de suciedad, plus de lluvia, festivo… y podías irte a casa con casi cuatrocientos euros ganados en doce, catorce horas, a lo sumo.
Eso si. Menudo infierno de horas. Sin comer. Sin mear. Bajo la lluvia en enero o el sol de agosto. Te metían colgando en una jaula, salías cuando aparecía alguna escotilla, catorce, veinte metros más abajo. Sin escapatoria de aquellas bodegas de hierro. Unos vasos gigantes de resbaladizo y frio metal unas veces, o achicharrantes paredes otras..

Los barcos más frecuentes que llegaban al puerto de Palamós (pequeño, pero de primera categoría por su calado), eran de pasta de papel. Cada fardo estaba formado por ocho paquetes de lienzos de pasta de papel de aproximadamente doscientos cincuenta kilos cada uno. Con lo que cada fardo pesaba entre 1900 y 2000 kilos. Cada fardo estaba flejado con seis cables de acero soldado. La grúa izaba doce fardos cada vez. Veinticuatro toneladas cada vez. Sin bajar nunca de los doscientos cincuenta fardos cada hora.. a veces más. Una izada cada tres minutos era lo ideal.
Cada grúa tiene su propio equipo. El gruista, unas veces operando desde tierra, otras desde el barco. El personal de bodega y el de tierra. El de bodega consta de cuatro estibadores y un mantero, éste último es el que elige los fardos a sacar y dirige al gruista. En tierra, hay dos estibadores desenganchando, otro atando camiones, tres, tal vez cinco toreros y un mínimo de una docena de chóferes con sus respectivos camiones.
Con suerte y pericia, en una jornada intensiva (seis horas), se puede vaciar una bodega de unas tres mil toneladas. Con dos equipos bien compenetrados con sendos gruistas experimentados, en dos jornadas intensivas, tal vez con alguna hora extra, se pueden descargar las cuatro bodegas de un barco que cargue diez mil toneladas.
Explicado así, no parecen salir las cuentas… esto es porque a veces, sale más barato pagar una o dos horas extras a un equipo, que toda una jornada a los dos. Por lo tanto, dependiendo de la prisa que se de un equipo en acabar su bodega y comenzar otra, eso le da derecho a acabarla. De esa manera, el contratista puede ahorrarse a todo un equipo por una jornada, acabando el resto de las bodegas restantes, el equipo prioritario con unas horas extras de más.

No quiero aburriros mucho con los detalles, pero es importante comprender la tensión que supone un trabajo de estas características.
Los fardos van encajados en las bodegas como si de un Tetrix tridimensional de grandes dimensiones se tratara. La tarea del mantero no radica sólo en dirigir al gruista, tambien supervisa visualmente que esten bien enganchados los doce fardos por izada y, optimizar las izadas, existen recovecos en las bodegas de proa y popa, dada la forma del barco, que igual no ofrecen que cada maniobra sea perfecta, también se debe vigilar el sacar los fardos de una manera coherente. Comprenderéis que si de un mismo lado se sacan dos, tal vez tres izadas, ese sector puede escorar, “tumbar”, un barco, en un sentido u otro al retirarle ochenta toneladas de golpe.
Por esta razón, los estibadores vamos moviendonos continuamente por encima de los fardos, muchas veces saltando y tropezando de unos a otros sin parar. A veces, saltando de un nivel a otro (aproximadamente un metro ochenta de altura), cuando cada nivel de fardos queda vacío.
Existe siempre el peligro de que algún fleje de acero se rompa. El latigazo de una cadena cuando esto ocurre, al subir una izada con tan sólo, por ejemplo, once fardos.. te puede arrancar una mano. Amén de que alguno de los paquetes sueltos te caiga encima.
Vamos, que hay que estar con los sentidos puestos todo el tiempo.

Para finalizar y llegar al fin de mi historia, sólo me resta explicar una cosa.
La estiba es el nombre que recibe la carga de un barco. Para que la estiba no se mueva en alta mar, va atada y calzada. Esto evita corrimientos de carga que podrian desestabilizar al buque durante su travesía. Dependiendo del tipo de estiba que el barco transporte, fardos de pasta de papel, bobinas de madera con cable, troncos, vigas de hierro, áridos, etc.. se calza de una manera u otra. Lo normal con la pasta de papel y con las vigas de hierro, es construir armazones de madera clavada en los huecos donde no cabe más mercancía.
En el caso de los fardos de pasta de papel también se utilizan colchonetas hinchables. Estas pueden ser de tela, como las de los niños para la playa (aunque de medidas muy diferentes), o de papel de doble capa de un sólo uso. Las primeras suelen ser propiedad del barco y se reutilizan, las segundas se desechan.

Los estibadores, mientras brincamos por entre los fardos, vamos quitando los tapones de las mismas para que pierdan presión de aire y se sacan y amontonan para que no exploten con el movimiento de cada izada.
Lo normal, para que no estorben, es irlas tirando hacia el centro de la bodega, puesto que es de donde se sacan las primeras izadas convirtiendo la zona de trabajo en una especie de cráter.

Ahora toca presentar a mi equipo. Eramos cuatro energúmenos bien avenidos, Ramón, mi tocayo, un pendenciero guarda de prostibulos, Emilio, se dedica a trabajos de restauración de fachadas en vertical, con cuerdas de escalada, Victor, un chofer de ambulancias, Xavi, un pescador ilegal de erizos a pulmón, que ejercía de “mantero” por su antigüedad y un servidor.

Recordais la película de Los Siete Magnificos, cuando Steve Mc Queen relata que tenía un amigo que se tiró desde su caballo sobre una chumbera porque “en ese momento le pareció una buena idea”?

Pues Xavi hizo lo mismo. En un momento dado, para conseguir que el gruista le viera mejor, dado que ya sólo quedaba un cráter formado por dos pisos de fardos (aproximadamente tres metros sesenta de altura), y el lateral de la bodega del barco le impedia la visión para con el gruista, en lugar de rodear los fardos, decidió lanzarse al hoyo donde se acumulaban los sacos semidesinchados unos, rotos otros.. pensando que éstos amortiguarian el golpe.

Mira, verlo tirarse ante nuestros ojos incrédulos, comprobar cómo los sacos iban apartándose con el siseo que produce el roce de papel con papel, permitiendo su caída como cuando un crio se baña en una piscina de pelotas de plástico, hasta verlo desaparecer, escuchar el sonido sordo del cuerpo golpeando contra el frío suelo de metal, seguido del quejido de dolor, en tan sólo unos instantes.. fue un flash.
A la expectante incredulidad, siguió una carcajada general que tan sólo duró los segundos en que la vocecilla de aquel cabrito nos alertaba para que alguien llamara a una ambulancia.
Se rompió un brazo y dos dientes.
Lo tuvieron que sacar con la jaula, pues no podía subir por la escotilla por su propio pie, entorpeciendo la maniobra.

Cuando acabamos de descargar el barco e irremediablemente fuimos al bar del puerto a ahogarnos en cerveza, nos lo encontramos con un brazo en cabestrillo en la misma barra del bar, reclamandonos le invitaramos a las birras, pues gracias a él ibamos a cobrar una hora extra de más.