Enterrando el alma.

“Vaya 20 minutos a un cementerio y verá que sus preocupaciones no desaparecen, desde luego, pero casi son superadas… Es mucho mejor que ir a un médico. Un paseo por el cementerio es una lección de sabiduría casi automática”
Emil Cioran.
Gran consejo.
A veces, coincidiendo con el paseo de mis perros, me permito entrar en el camposanto del pueblo. Pasear observando nada más.
Reencontrarse con uno mismo. Fijarse en cómo y cuánto han cambiado las maneras de rendir tributo a nuestros antepasados. Desde los panteones a las flores de plástico.
Desde los bronces bruñidos a los parterres abandonados.
Desde los nichos a pie, a primera vista, a los de la quinta o sexta fila en alzada.
Los verdes del musgo apoderándose del lugar. La humedad. El crujir de la grava a cada paso, como si fuésemos a molestar a los inquilinos.
Los majestuosos cipréses, erguidos o vencidos al viento cual guardia de honor…
Un paseo por un cementerio es un gran ejercicio de introspección. De comparar qué tipo de vida llevamos o hemos ido consiguiendo.
Despues de todo tarde o temprano alguien realizará ese mismo paseo y podremos sentir, en última instancia, su energía desde detrás de las lápidas.
Sólo de lo que hagamos en vida, redundará cuan solos permanezcan nuestros restos.

Días de introspección.

  • Hace días que te veo algo perdido, hermano.
  • Pues mira.. como ando algo ¿introspectivo? Se me ocurría pensar que tal vez quizá me gustaría vivir en un convento. -Eso sí, si no hubiera que creer en un Dios-. Lo del sexo (no practicarlo) también me supone un problema. Yo, (mi hemisferio) es que acostumbro a ser consecuente conmigo mismo.    (una práctica no precisamente muy extendida) En eso pensaba…

Mi otro yo y yo mismo (1)

– Las 7:49

– Ya. Nos hemos relajado mucho hoy, no?

– Deberías dejar el ordenador. Levantarte y hacer la ronda. Ya hemos visto esta mañana que se dejaron mucho sin hacer. Los toros sin poner a cargar. La extracción del horno de la 2 enchufada. Hay que hacer otros quinientos rulos -como cada semana..-

– Espera. He de llamar a la tía, se pondrá contenta.

– Tu crees? Desde que murió el primo en octubre, sólo la has llamado en Navidad -curiosamente pasadas las Fiestas-.

– Ya. No se qué decirle. tampoco al primo. Me felicitó -en febrero- y quise devolverle la felicitación, más no encontré palabras para acercarme a su duelo.

– Mientras, creo que la no comunicación nos aleja más si cabe, también he de llamar a mamá.

– Que mayor se nos está haciendo.

– No cambies de tema. Llama a las dos. Baña a los perros -hoy hace sol- Deja el ordenador. Haz los rulos. Deja de hablar solo..

– Hablo contigo.

– Estás enfermo. No solo hablas sólo, también escribes diálogos sobre ello. Llama!!

– Me duele la rodilla.

– Ya. Esa es tu excusa? Recuerda que también es la mía. Yo sigo. Y sigo, y sigo.. y no me cuentes más lo del piscis. Que si yo nado en una dirección y tu en la contraria. Si quieres, puedes nadar en mi dirección.

– Ha de venir el informático..

– Ya llamará. Y si no que se joda. Tenía que haber llegado hace una hora!!

– …

– Que no. Dale a “publicar” y en marcha.

– Que asco das..

3-febrero. De entierro

Hoy he estado de entierro.
La madre de un compañero de trabajo. 75 años.

Es curioso lo de los entierros..
De repente te encuentras ante una situación rara vez pensada.
Aun sin conocer a la familia de nada, parece imponerse el respeto que se muestra hacia el compañero, la cara de circunstancias adoptada. Es como si un halo de empatia magnificada se hiciera dueño del momento.

A lo largo de la misa, oficiada por un jovencisimo sacerdote, pensaba en mi padre, -este abril hará diez años que también se fue- me sorprende sin duda que tan jóvenes hayan tomado un camino de no retorno..
A ver, no me malinterpreteis, pero yo, que no soy creyente, concibo la dedicación a lo eclesiástico solo tras haber vivido. Prescindir del sexo, del amor, de vivir en pareja, hijos.. en fin, se me antoja contra – natura. Además, cómo consuelas si careces de experiencia de dolor?

En fin, que me pierdo. En casa era mi padre el único que demostró algún sentimiento devoto, los demás, bastante tuvimos con nuestras propias vidas.
Por tanto, a lo largo de su vida, pareció consolidar el rol de ser el que asistiera a los entierros de amistades que a lo largo de una vida se suceden alrededor de una familia. En casa ese rol parece que lo he adoptado yo. No me pierdo ninguno.
En la hora escasa que da la visita al tanatorio de turno, misa incluida, es la hora que dedico a preguntarme por estos misterios que envuelven el momento.
– Miras alrededor sopesando cuantos compañeros más acudirán.
– Tendrá mi madre un seguro de sepelio?
– Debería hacer testamento?
– Mi mujer, a la que hace dos semanas también le enterramos una hermana (52, paro cardiaco), cómo se debe encontrar? Hablamos poco de sentimientos..
– Mis hermanas han hecho testamento? Lo he de preguntar.
– Mi perro tiene ya diez años..

Es curioso como los afectos te calan. Hasta hace bien poco, los hilos indispensables para sujetar mi estabilidad emocional, pasaban por que nada les ocurriera ni a mi mujer ni a mi hija. Ahora he de añadir el perro.
La culpabilidad y los remordimientos me agitan mientras escribo pues antepongo el perro a familiares directos de sangre. Supongo que es porque la pérdida de ellos está asimilada desde hace ya. Desde siempre. Somos mortales.
El perro, mi perro, ocupa un espacio difícil de llenar.

Nunca me gustaron los animales. En realidad renegaba de ellos porque coartaban mi libertad de movimiento. Tardé demasiado en comprender el lazo que vincula a una persona con su mascota. No es que despreciara.. pero si que nunca conseguí valorar lo que suponía. Mi hija tuvo repetidas mascotas que vinieron y se fueron a lo largo de nuestra vida en común. Para mi siempre suponían un estorbo.

Lua lleva con nosotros unos siete años, la acogió la hija de mi esposa (en contra de mi parecer, pues sabía que tarde o temprano, su vida giraria y sería yo quien cargara con el bicho), así fue, más pronto incluso, para mi desánimo.
Kas, el husky, está en casa ahora hará dos años. Es, era, el perro de mi hija. Una serie de consecuencias hizo que la única solución radicara en acogerlo yo. Kas ha cambiado mi vida. Para bien.

Sábanas limpias

Invierno.
El rasgar con rapidez los pies al estrenar sábanas,
Ese era un momento serio.

La frialdad del Tergal combinada con el derroche de regalo.
Quien necesitaba sábanas bien planchadas cuando es niño?

Zas.!
Y el lienzo almidonado perdía la prestancia que tu madre chacha le otorgaba.
Cuantos lienzos habrás planchado madre?
Y yo me creo un artista.