Naturaleza muerta.

Recién he tornado de un paseo con mis perros -como no?-.
Estaban segando los campos, una cosechadora de esas que come paja y caga fardos sin parar.

El terreno quedaba con miles de púas truncadas hacia el cielo. El olor amarillento invadía los sentidos.
El aire -irrespirable tras la máquina- enloquecía en miles de fragmentos áridos.

El semblante de un niño de posguerra, con su cabeza rapada al uno, con sus legañas pegadas como única protección a la intemperie, se semejaba tanto a los campos rapados envueltos en polvo.

La tristeza de la estampa tan sólo distraía por la sonrisa picara del crio.

Buen viaje amigo.