Violado. (reflexión)

Ante todo, mis respetos y comprensión hacia cualquier persona que, -con independencia de su género-, haya sufrido cualquier tipo de violencia, abuso y/o violación. Este escrito no lleva la dirección que apunta el título.

En alguna ocasión ya he comentado que me dedico a la seguridad. Soy el guarda de una empresa. No diré más. Ya se entienden las responsabilidades.

La semana pasada (el fin de semana pasado), sufrimos una intrusión. No me pilló. Estaba en casa. Me avisaron, pasada la una de la madrugada, a través de la Empresa de Central de Alarmas. Generalmente, cuando se me avisa, acudo primero a echar un vistazo, ante la posibilidad de falsas alarmas. Son más frecuentes de lo que cabe suponer. Puertas que se abren o se desajustan  por el fuerte viento de Tramontana, picos o caídas de energía eléctrica que producen avisos en las centralitas, retenciones de humos en sala de calderas, obstrucción en hornos, y un largo etc, de posibles errores que se suceden en fábricas, que como la nuestra, sufren el paso de los años sin una puesta a punto tan exhaustiva como debieran.

En esta ocasión iba en serio. Habían saltado varios detectores y volumétricos de intrusión. Ante la sorpresa y mientras intentaba quitarme las legañas, escuchaba cómo se me apremiaba para que acudiera con la brevedad que los acontecimientos requerían. El protocolo de actuación en éstos casos, obliga a la Central de Alarmas a avisar a las Fuerzas Vivas del Estado (dependiendo de la Comunidad en que se encuentren), para que se personen. Mientras me subía los pantalones y cordaba las botas, escuchaba en la lejanía del teléfono palpitando sobre la mesa, los consabidos mensajes -mil veces repetidos, asumidos y recordados-, sobre lo de:

  • No entre en las dependencias hasta que la policía le flanquee el paso.

“… como que se van a poner delante mientras voy abriendo puertas cerradas con llave…”

  • Reniego para mis adentros, mientras me despido con un beso en la frente de mi mujer (intentando no despertarla, aunque sé que bajo la sábana tiene los oídos y los ojos abiertos como platos, como cada vez que suena el maldito teléfono de guardia)
  • Ten cuidado…

Escucho desde la puerta mientras me despido de mi perro con un:

  • Cuida la casa. Cúidalas. A la gata, a la perra y sobre todo a la mamá.
  • Mhhhnnnngrrrr….

Parece contestar, mientras vuelve a tumbarse tras la puerta de entrada, en innato gesto.

En el ascensor, como cada vez que ocurren estas cuitas, me miro en el espejo -tal vez intentando recordar cada arruga por si vuelvo con la cara desfigurada como antaño, cuando hacía conciertos-.

  • Eso no ocurrirá.

Me repito mentalmente varias veces mientras, a lomos de la moto, cruzo la ciudad de noche. El viento en la cara, (llevo la visera del casco abierta pues todavía permanece empañada), contrasta con la humedad reinante de la noche más corta del año. Desde la autovía, aun puedo intuir el fulgor de los rescoldos que las hogueras de San Juan han dejado por ahí.

Cuando llego, los Mossos de Escuadra (nuestra policía autonómica), ya están en la puerta. Esta vez de paisano. El coche blanco “camuflado”, está aparcado tras el almacén de bebidas. Tras las mútuas identificaciones, y permitirles acceso al recinto, procedemos a acometer el edificio de oficinas. La alarma acústica sigue molestando mientras las visuales emiten destellos intermitentes iluminando los almacenes y el edificio de producción. Uno de ellos comenta:

  • Si que es grande ésto. Nunca había entrado…

Yo suspiro, tardaremos tres horas, mínimo, en comprobar todas las dependencias. Si todo va bien y, de nuevo, ha sido una falsa alarma, con suerte volveré a estar en la cama no antes de las seis. Otra noche perdida. Mierda.

Tras desarmar alarma y sirenas y al revisar las cámaras, comprobamos cómo unas siluetas han estado en el mismo sitio desde dónde hacemos las comprobaciones, apenas media hora antes.

Cambio de protocolo. Ellos avisan a su Central. Piden se presente su “CSI”. Yo me pongo en contacto con los responsables de mi empresa. Las dos de la mañana. Ya no salimos de aquí. Mierda. Otra vez mierda…


Y, hasta aquí lo que puedo explicar.

  • Ahora, sobre lo que realmente quiero reflexionar.

No podéis imaginar la sensación de impotencia que se sufre cuando uno ve con sus propios ojos como el espacio que cada cual considera como “suyo propio” ha sido violado, ultrajado por unos estraños. No es lo mismo, pienso, cuando te cuentan que hubo un robo, se llevaron tal o cual cosa, produjeron destrozos, etc, que verlo en directo. Observar las dos, tres sombras que se movían frente a mi escritorio. Se sentaban en el sillón desde el que -ahora mismo-, escribo estas letras, qué pensaban en aquellos momentos?

No soy un ingenuo, tampoco he sido un santo. Antes que cura, hice mucho de monaguillo. Se lo que es vivir en la calle y, aprovecharme de las flaquezas del sistema.

Sin embargo, durante estos días de reflexión, lo que peor me hace sentir, es el recuerdo de las camas ajenas que conquisté. Pensar en esos cuerpos cálidos que se acostaron en los lechos que yo profané con sus novias o esposas. Esa inopia que permite seguir siendo ¿feliz? mientras careces de pruebas que confirmen lo contrario. Es una sensación muy rara.

Por otra parte, nunca pensé en el detalle de haber sufrido lo mismo. Esto es… Nunca pensé en cómo me hubiera afectado si hubiera visto con mis propios ojos a los individuos, con los que alguna de mis anteriores parejas, -sin duda-, culminaron entresijos sexuales en mi cama.


 

Round de cariño.

El otro día tuve un round de cariño.

Para explicar esto me debería remontar un poco en el tiempo y hasta quizá permitirme algún prólogo. Intentaré ser conciso para no aburrir..

Mi esposa y yo tenemos la misma edad (54) Estamos juntos desde hace algo más de una década y casados desde hace cuatro años. Ambos hemos tenido matrimonios fallidos y diversas parejas anteriormente, lo cual nos permite ver con cierta perspectiva y anticipación los posibles problemas que cualquier matrimonio enfrenta en el día a día de la vida en común. Ambos somos “hippies irredentos” que hemos llegado a nuestra madurez tras un consumo de “sustancias” más o menos permitidas. Hemos vivido la emancipación de los hijos. Afrontado mil vicisitudes y en líneas generales vivimos todo lo felices que hoy en día se puede uno sentir.

Como es lógico en todas las parejas, -a pesar de las fanfarronadas de las que todos presumimos- también nosotros hemos pasado de follar todos los días a hacerlo más bien poco. A lo largo de los años de relación, la edad acumulada, el inevitable descenso de la lívido durante los años que le duró la menopausia, cansancio por el trabajo, deterioro físico y un largo etc de factores típicos, nuestros encuentros sexuales han ido disminuyendo en cantidad, no así en calidad -de esto hablo otro día- trocando nuestros escarceos en otro tipo de relación, igual menos física pero si más comprometida.

Hablar con sinceridad y determinación sobre estos aspectos no siempre resulta cómodo. Así y todo debo reconocer que nuestra compenetración me llena tanto o más que un acto sexual estándar. Vamos.. es, salvando las distancias, como cuando percibes una experiencia tántrica que te deja satisfecho.

Dado el carácter de nuestros trabajos, ella trabaja de día y yo de noche, y que los perros, fieles hasta el aburrimiento, “nos dan la bienvenida” cada vez que a cualquier hora se abren puertas.. -también influye ya la comodidad, los hábitos…-hace un año largo que dormimos en habitaciones separadas-.

Ahora, ya sin más, os cuento:

El otro día llegó algo más pronto de su trabajo. Yo todavía permanecía en la cama. La escuché entrar, como en sueños, -previamente había escuchado el ladrido del lobo-, entró, se sentó en mi cama y, retirando el embozo se escurrió dentro de ella, vestida.

  • Mira que bien! -pensé para mi- Hoy toca fiesta!

Lejos de mis expectativas, se me abrazó, cruzando bajo mi cuello su brazo derecho y pegando su cuerpo al mío. El mero roce de sus pechos contra el mío, me reveló una incipiente erección a la que tras darse cuenta rió en mi oído con un:

  • Joder! No se te puede tocar.. -y me besó el lóbulo de la oreja.

Nos quedamos un rato abrazados, yo, -perezoso- aun dormitaba y ella, tampoco se permitió muchos movimientos alentadores. El conocimiento mutuo -lo que os explicaba antes-, permitió no forzar ningún resorte. Al cuarto de hora, quizá veinte minutos, cuando nuestros dos pares de ojos se acomodaron a la penumbra mortecina con que las tenues rendijas de la persiana permitían iluminar la habitación, me preguntó, solícita.

  • Ese bote del altillo, ese que era de galletas.. está vacío, verdad? Por qué no lo tiras? Para qué guardas todos esos botes? Tantas cosas, crees  todavía, que vas a guardar?

Sonriendo, con mi mano derecha sobre uno de sus pechos, jugueteando con el pezón a través de la ropa y sin dejar de mirar al techo, contesté:

  • Te digo yo cuantos botes -de esos herméticos- guardas tu para la yerba o las setas? De verdad crees que vamos a tener tanta cosecha este año? Tantas conservas piensas hacer el invierno que viene? Tant…

Me besó en los labios no permitiéndome continuar. Pocos minutos después -no tantos como hace años- se separaba de mi cuerpo, volviendo a ser de nuevo dos en el mismo lecho, me besaba de nuevo un “te quiero” en el mismo lóbulo y levantándose rauda fue a preparar algo de comer mientras yo permanecía perreando un rato más mirando al techo.

Cuando conseguí levantarme -un delicioso aroma me atraía desde la cocina, a mi y a los chuchos- me subí a un taburete, cogí el bote de galletas y, con mucho pesar de mi corazón lo tiré en la bolsa del reciclaje ante la mirada burlona de mi esposa…

Sobre hijos y perros (1)

Se dan cuenta -realmente- nuestras mascotas de lo que hacemos por ellas? Les importa?

Obviamente, las respuestas a estas preguntas, son absurdas. Me parece absurdo tan siquiera plantearlo.. ahora bien:

Ahora que mis hijas ya son grandes y volaron del nido. Mis mascotas han pasado a tomar el “relevo” en la parte afectivo-dependiente.

En casa tenemos tres bichos. Una gata (Pelusa) -la auténtica reina de la casa- y dos perros. Lua y Kas.

Lua es/era la perra de la hija de mi esposa y Kas, el perro de mi hija. Nuestras hijas, a su vez, son de otras parejas anteriores. La de mi esposa con su anterior marido, la mía de mi primer matrimonio. Ninguna vive ya con nosotros. Ambas, por distintas razones, han delegado sus perros a nuestro cuidado. Éstos, al final, son como una prolongación de ellas en casa. Y como yo tengo más tiempo libre que mi pareja, pues se puede decir que los perros son míos. Ambos fueron recogidos de perreras. Lua es un cruce de perdiguero y cazador y Kas es un cruce de Malamute y Pastor Alemán.

Yo, egoísta de mi tiempo, nunca tuve ganas -ni interés- por tener mascotas dependientes. Hago esta distinción porque, como es sabido, los gatos permiten más libertad. Son limpios, autónomos.. con tener su arena en un cajón, agua y comida, puedes largarte una semana y ni se inmutan.

Volviendo a las mascotas dependientes… Crearme las obligaciones de tenerlos que sacar mínimo tres veces al día llueva o haga sol, y rendirles unas horas de mi tiempo diario, nunca me cautivó lo suficiente. Cuando la hija de mi mujer “convenció” a su madre para traer a Lua a casa, yo me puse de culo. Argumenté -como poco después se confirmaría- que todos los parabienes que la niña contemplaba, no eran más que brindis al sol y que al final el que tendría que cargar con el chucho sería yo. Por supuesto la perra se quedó. A lo largo de los años el asunto nos causó más de una bronca, algunos gritos y alguna lágrima ocasional. Con los años fui bajando velas en pos de la convivencia, pero siempre nos miramos -con la perra- con un desprecio mutuo.

Años después, apareció Kas. Al que si bien en principio no llevé a casa… -la escusa fue llevarlo como “perro guardián” a la fábrica donde yo presto servicios de vigilancia y control- …a la vuelta de unos meses, tras verlo sufrir con el calor, decidí llevármelo a casa. Esta acción acabó por desbordar el vaso de la paciencia y comprensión de mi esposa, que vió en la maniobra una estratagema para meter al perro en casa. Dado que yo había argumentado una y mil veces que un perro no debía vivir en un piso, menos aun podríamos hacerlo con dos. Además me sacó a colación todas las broncas anteriores, cada uno de los gritos y la frustración y lágrimas que ella y su hija habían sufrido en el pasado. Yo, adquiriendo una prematura “senilitud anticipada” acompañada de sentimientos de culpa y una doble moral mezquina me hice fuerte en la idea de que si anteriormente había tragado con la perra y, dado que la situación* requería fórmulas especiales, me debían el poderme quedar con el perro. Y Kas se quedó.

* Mientras que la adopción de Lua fue un “capricho”, la de Kas se fraguó porque el perro sufre un desgaste en una de sus caderas, y dado que mi hija vivía en un quinto sin ascensor, sacarlo mínimamente para sus necesidades era un drama continuo..

Hechas estas aclaraciones, vuelvo al principio. Se dan cuente nuestras mascotas de los que hacemos por ellas? Podrían “comprender” el sacrificio que comportan nuestros cambios de horarios, o las obligaciones que conlleva tenerlos? No podemos olvidar los gastos…

Por otra parte, les obligamos a nuestras rutinas, a nuestros caprichos, a nuestros cambios de humor. Siempre han de estar preparados para salir cuando se nos antoje. -Yo tengo horario cambiantes de trabajo que les afectan en su tiempo de sueño y descanso- Muchas veces me planteo si tal o cual día, tal vez no tengan ganas de salir. Si hace frio. Si llueve.. Tal vez les duela la cabeza? Les gusta toda la música que pongo? Les gusta vivir juntos?

Escapando? de la lluvia

Escapando de la fina lluvia hemos recabado a refugiarnos bajo un gran algarrobo que hay frente al tanatorio municipal. La caminata matutina se ha truncado ante esta vicisitud.
Hábilmente, el ayuntamiento, ha tenido a bien colocar un par de bancos a su cobijo. Es de esperar que -por el rastro de colillas reinante- este espacio albergue una sensibilidad especial.
(no es el momento de quejarme ahora sobre lo guarra que es la gente, aunque.. -aun tratándose de dolosos momentos- podría hacerlo)
Hemos coincidido con el cortejo fúnebre mientras bajábamos el puente de la autovía. Desde lejos todas las viudas parecen iguales. Da igual altas que gordas, rubias, morenas, sexys.. El semblante afligido se impone.
He reconocido a Eva. Hacía mucho que no la veía, ya no trabajaba en el bar de su hermano. La crisis..
Me ha reconocido y agradecido mi presencia. Yo, sin comprender en principio y cauto, he conseguido dilucidar que había sido su hermano el que ayer era noticia en el pueblo. Se había pegado un tiro con su escopeta de caza. Tras mediar breves e inútiles palabras de cortesía.. he permanecido bajo el algarrobo hasta que la lluvia a dejado de caer.
Los perros han agradecido el descanso.

No he podido dejar de pensar..
Que bien se está bajo este árbol. Volveremos.
Más tarde en sentido literal.

Lealtad

Lealtad, muchas veces confundida con Fidelidad -casi siempre por cuestiones de sexo-

Pero no, hoy quiero hablar de otra lealtad, la de mi perro.

Cuando llega mi hija a buscarnos al trabajo los sábados por la tarde, por la mañana ya hemos acudido paseando los tres. Cuando digo los tres, me refiero a su perra, mi perro y yo.

Él se queda firme, no se mueve. Tan sólo cuando por fin salgo tras poner la alarma y cerrar con llave, es entonces cuando accede a moverse y subir al coche que nos espera..

Ese mínimo gesto.. pone el vello de punta.

Os cuento. Los sábados acudo al trabajo para entrar a las cinco de la mañana. Soy el guarda -no se si lo he explicado alguna vez- No conduzco. Cuando me llevo los perros, vamos a pie. La fábrica dista a unos cinco km de casa. Para llegar a las cinco, salimos poco antes de las cuatro.

La calles desiertas.. el monótono paso cuesta arriba hasta medio camino cruzando el pueblo. El metódico viaje campo a través cruzando las huertas ajenas, muchas veces tan sólo iluminados por la luz de la luna, otros con noche cerrada. Sólo los puntos brillantes de los pares de ojos de otros canes que “cuidan” verjados concretos, con carreras y resuellos, ladridos roncos..

Mis perros van y vienen mil veces, recorriendo y avisando sobre mi esporádica y futura presencia a sus congéneres cuadrúpedos sin que pueda yo llegar a percibir un atisbo de temor. Tan sólo se paran, milimétricamente, ante el asfalto de carreteras a punto de ser cruzadas. Como un imán repeliendo la invisible barrara aprendida semana a semana..

Me fascina su conocimiento del terreno precario.

Mientras dura el servicio, el husky, el macho, va y vuelve corriendo por toda la explanada que separa el vallado de los edificios una y mil veces. Ladra incansable cualquier movimiento perimetral externo. Convirtiendo el recinto en fortaleza inexpugnable a mis sentidos alertas.

Cansado más que yo acaba nuestras jornadas.

Pues cuando llega el coche de mi hija, a la que desde lejos permito se abra la barrera, ambos permanecen en la escalinata atentos. Cuando por fin se abre la puerta y la conductora sale, la perra sale trotando a saludar a su dueña, se meten en el coche y a pesar de que llaman al otro.. éste no se mueve. A lo sumo me mira desde el exterior de la cristalera torciendo un ápice el cuello para buscar mi aprobación, momento nimio, imperceptible en el que si no cedo no se mueve.

Esa sensación de arrope, de cariño, de lealtad. De pasión por su ¿dueño? no es comparable con nada.

Ojalá yo hubiera asimilado el coraje de aprender esa sensibilidad.