Nada más verla, comprendí que tenía que comerle el coño. (y II)

La idea le pareció bien.

Por el camino me recordó su nombre. Mer. También me confesó que un año antes se había fijado en mi un día, que estando de vacaciones con sus amigas, se había cruzado conmigo delante del apartamento alquilado.

– No te recuerdo. Entonces aun no había cogido el bar. Entonces trabaj…

– No sigas. Lo se. Trabajabas en la obra de enfrente. Cuando te vi en verano, sin la camisa, moreno. Con esa bolsa para las herramientas que lleváis los encofradores..

– Vale. No cuentes más. No me gusta intimar tanto con mis lectoras de Word.

– Perdona..?? Me estás hablando que contarás nuestra historia dieciséis años después??

– Frena. Ya hemos llegado. No hagas ruido. Mi pareja.. María, duerme encima. En el segundo piso.

Al abrir la basculante puerta del garaje, un mínimo chirrido rasgó la noche, otro chirrido más y habíamos desaparecido dentro.

– Puedo liarme un porro aquí?

– Aquí, ahora, este es tu reino.

Le tendí una toalla y le indiqué como, si quería, al fondo del habitáculo, había una ducha.

– Me ayudas?

– Si te ayudo, se pierde el encanto. Sin querer ofender, ni maltratar la canción de Sabina, aquí, a mi, no me han traído tus caderas. Yo vengo con la idea fija de lamer esa herida que se me ofreció cálida y abierta y que se cuajó en húmeda y mojada.

– Creo que no tengo tanto frio ahora..

– Mejor. Lo único que siento es no haberme afeitado. Puede que lastime tus muslos.

Se recostó en el sofá para liarse un canuto. Yo me arrodillé en el suelo. Mis manos separaban sus rodillas. Lo que observé me llenó de lujuria. Parecía realmente que se hubiera meado. -Se lo dije-

– No te habrás meado encima?

Su sonrisa burlona, me ilustró en que mejor sería no pasarme si no quería ver cómo si que era capaz de hacerlo. Sonreí. Aquello pintaba bien. Acerqué mis labios a su entrepierna enfundada de aquella ruda tela empapada. Soplé sobre la tela y a través de ella. aquello causó un efecto cálido que pareció agradarle. Se dejaba hacer. Reía.. -el porro hacía su efecto- tampoco tenía yo ninguna prisa. Jugaríamos. Vaya que si.

Estirando las manos, separando mis dedos, acariciaba sus nalgas. Arriba. Abajo. Arriba otra vez. Mil veces, hasta que introduciendo los dedos en los bolsillos de atrás, bajo sus nalgas, tiraba hacia mi ejerciendo presión sin desabotonar todavía la cintura del vaquero. Ese movimiento liberaba espacio entre la cremallera y su braga.

Sin dejar de soplar mi más que cálido aliento a través de la tela, en un momento dado, recuerdo, comentó:

– Pretendes secarme?

Sus manos bajaron hasta la cinturilla para desabotonar el pantalón. Le mordí los dedos impidiéndoselo.. Con mi mano izquierda así su mano derecha. Apartándola.

– No tenías prisa, -le susurré- recuerdas?

Al tiempo que me reincorporaba, metí la mano derecha -para izarla conmigo- por entre el vaquero y la braga y tiré hacia arriba. La costura del tiro del pantalón se hundió en su -imagino- ya abierta vagina lo justo para que me agarrara del cabello con su mano libre. Nos miramos  a los ojos. Los suyos, enrojecidos  por el hachís, irradiaban un fulgor de deseo difícil de describir.

La levanté en vilo -cogida a mi cuello- hasta dejar reposar sus pequeños pies desnudos sobre el sofá. Una vez nuestras bocas quedaron a la misma altura, la besé. Un beso corto. Sin lengua. Ladeé la cabeza y le susurré al oído:

– Estate quieta. Ahora te voy a desnudar. Te tumbas y te cubres con la manta. Mi lengua quiere saborea de lo que la noche y el mar han impregnado tu coño. No se si follaré luego contigo. Estoy cansado y tal vez me duerma.

(Ya habéis leído el enlace anterior? El que se titula JANIS)

Bajo la manta, tan pequeña, me fue fácil moverla a mi antojo. Arrodillado de nuevo en el suelo alcancé -por fin- aquella vertical sonrisa que se ofrecía, galante, a mis depravadas intenciones. Circundando mi objetivo con mis dedos pulgar e índice de ambas manos, estirándolos y cubriendo con el resto de las palmas sus suaves ingles,-para no dañarlas con la barba de dos días- me dispuse a libar, cual insecto en primavera, hasta que los minutos compitieron con sus jadeos. No tardé en comprobar el sabor de sus épicas conquistas. La primera emisión tenía el predominante salado esperado. Parecía como si el esperado maremoto, hubiese recabado toda la sal de la playa antes de explotar convulso. Éste pude recogerlo casi en su totalidad sorbiendo con mi lengua haciendo un canalillo. No tuve tanta suerte después. Antes de que el perfume marino de su segundo orgasmo volviera a manar, -estaba yo distraído jugueteando con mis dedos y su ensortijado vello púbico- pude sentir -ya digo que tarde- las convulsiones de su vientre, mientras observaba -divertido- como eyaculaba un tibio líquido transparente y viscoso que en fuerte chorrito, impactó en mi sonrisa para impregnar con su recuerdo imborrable el sofá.

Su tercer orgasmo me llenó la boca con un líquido más agrio -que tragué también, faltaría más- Pareció darse cuenta y su gesto se tornó forzado. Sus mejillas parecieron crisparse. Este tercer orgasmo la había dejado seria. Muda. Durmiente.

Yo quería más. Sin contemplaciones la giré de espaldas a mi boca. Le introduje dos dedos en su muy lubricada cueva y volví a lamer y sorber jugos.  Despertamos dos horas después. Nuestro ultimo beso todavía me recordó el placer de la luna que no quiso reflejarse una noche en el mar.

Nada más verla, comprendí que tenía que comerle el coño. (I)

Nada más verla, comprendí que tenía que comerle el coño.

He comenzado a escribir con fuerza. Tan sólo el recuerdo de lo que quiero explicar.. y la erección, apremiante, ya está ahí. Impetuosa. No se si me atreveré a titular esta vivencia así, como la primera frase. Ya veremos cómo se desarrolla el relato.

En 1999 salía con María. -Ya he hablado antes de María https://montxomon61.wordpress.com/2015/02/21/janis/ Tras cerrar el bar una noche me fui a rematar la última copa al bar que Paco tenía a ras de playa. Con la noche tranquila y el rumor de las olas, salpicando apenas las cuatro atrevidas mesas allí mal dispuestas, acostumbraba a saborear un bourbon en una de aquellas sillas con las patas clavadas en la arena, con el culo algo más bajo, casi a ras de arena.

Nostálgico, si tenías la suerte de una luna reflejada en el horizonte, me daría por satisfecho de no tener sexo esa noche. María madrugaba y cansada, se había retirado a casa.

De repente, Mer apareció frente a mi, estorbando apenas el reflejo lunar. Tan menuda como era, encarando su pubis en el canto de la mesa, se permitió relajarse al impacto, apoyando ambas manos sobre la misma y abalanzando el peso sobre si, para acercar su sonrisa a la mía. El cálido buchito de bourbon bajando por mi garganta equivocó su camino -al centrar mi mirada en la esquina de la mesa- haciéndome estornudar. Antes de que pudiera decirle, amable, que el rocío de la noche formaba charcos sobre el frio lienzo, observé -con gozo- el reflejo que aquel inusual gélido liquido ofrecía en su rostro.

– Tarde -musitó sobresaltada, antes de reincorporar, apurada, el gesto de su cintura-. Demasiado tarde.

En ese preciso instante comprendí que tenía que saborear ese salado sexo. Aunque me fuera la vida en ello.

No recuerdo cómo transcurrieron los minutos siguientes. Casi no la conocía. Era amiga del chaval que pinchaba música en mi bar. Tenía dos amigas más. Las tres acostumbraban a alquilar apartamentos en vacaciones. Eran del norte. Mi amigo, recuerdo,me las había presentado una vez como Las Vascas. Le ofrecí una copa. Negó la invitación aunque apuró algún trago del mío. a los quince, tal vez veinte minutos, -sin ninguna luna a la vista-, la noche cerrada me guió a invitarla a caminar hacia su casa alquilada.

Recuerdo que en algún momento se había comentado la posibilidad de que fuera a cambiarse de ropa. En su casa dormían sus amigas. En la mía, María. Mis pensamientos taladraban la tela vaquera empapada.

– Vas a coger frio..

– Quieres que me vaya..?

– No. Tengo una idea. Ven…

En el garaje de casa tenía preparado una especie de zulo para cuando en temporada alta, también yo me sacaba unas perras alquilando mi vivienda. Un viejo sofá bajo un par de armarios, una ducha, agua caliente, ropa seca. Todo tras una pared de madera. Disimulado a los ojos de los vecinos para cuando sacaba la barca.