En la mesa de al lado…

Estoy con mi madre en un bar. Un café con leche, camino del médico mensual.

En la mesa de al lado, la algarabía que producen siete mujeres de edades comprendidas entre los cuarenta y más y los sesenta bien cumplidos, interrumpen con sus carcajadas el tedio de una tarde cualquiera.

  • De qué se ríen, Montxo?

  • De verdad quieres saberlo? No tienes suficiente con permanecer atenta a lo de las viejas de la tarde de Tele5?

  • No sé por qué ese desprecio, siempre, en tus palabras. A mi me entretiene.

  • Lee más… Vivirás más.

  • No te entiendo hijo.

  • Porque no lees. Da igual mamá, no sé explicarlo mejor…

(Se vuelve a quedar abstraída con las voces del Vazquez, el Javier o el Matamoros de turno hasta que en gesto cómplice, vuelve a remitir sobre la conversación de la mesa de al lado).

  • La de cuarenta, mamá, cuenta sobre la mamada que le ha hecho al amante que tiene. La del pelo blanco violín habla sobre los panetones que comprará para sus nietos en Navidad. Las del coro de la primera ríen por la confidencia aunque no creo que ninguna de ellas hayan practicado nunca una felación (ni mucho menos que se lo hayan comido a ellas, -pienso para mi-, por no entrar en jardines movedizos), las del coro del bizcocho ríen por cumplir. Se les van los ojos al otro lado de la mesa.

  • Qué le ha dicho el Jesús Vazquez a la Mila?

  • No sé mamá. No presto atención a esos programas, ya lo sabes..

No sé por qué ese desprecio, siempre, en tus palabras.

-El domingo fui a ver Gernika. Es dura, pero está muy bien hecha.

Estilos de Vida.

ESTILOS DE VIDA.
(breve reflexión mientras empujaba la silla de ruedas de mi madre)

Una tarde cualquiera.
Creo aprovechábamos para ir al cine, o al médico, o a… importa el destino?

En un cruce nos tropezamos con gente bien vestida.
Ellas sus vestidos (bien planchados, almidonados incluso), ellos de traje.

Mi madre -desde su asiento itinerante-, como sin venir a cuento, apunta:

– A mi me gusta.

Sé de qué habla. La pugna lleva años fraguándose entre nuestras dispares personalidades.

– Pues a mi no. -Contesto- lacónico, sin girar la vista ni pretender desairar el comentario materno.

Por mi cabeza discurren -como munición en ametralladora- las disculpas que siempre contemplé (y que rara vez conseguí que entendiera)

Planchar obliga a una serie de segregación de clases, mamá.
Mayordomos.
Planchadoras.
… Gente a la que -aunque se les pagase en condiciones-, siempre permanecerían sometidos a…

Mientras valoro si conseguiría hacerle entender la idea embrión de mis pensamientos, una nueva sugerencia me llega desde su parloteo continuo:

– Podemos tomar un helado en la plaza…

Y aquí, es cuando me doy cuenta de que el momento ha pasado. Ya nunca nos reconciliaremos con respecto de lo perdido a través de los años.
Ya no habrá trajes-chaqueta, ni cortes de pelo, ni camisas planchadas… Tal vez entre chupada y chupada al cucurucho de turno, alargue su artrítica mano para quitarme pelos de gato de la camiseta sin planchar.

El recuerdo de aquellas putas monjas que maltrataron su infancia de posguerra, concediendo bandas a las niñas peor vestidas, lacera mi corazón -aunque siga sin hacer nada-.

Muñeca Beatriz (y dos)

Hace un par de años escribí una historieta, subjetiva, personal, íntima. Llevaba años con ella a cuestas. Mi madre tenía, -tiene- mucho que ver en ella.
Mi madre, que se está haciendo ya muy viejica, ha estado en casa una breve temporada. Una vez más, las enseñanzas de MUÑECA BEATRIZ han vuelto a mi cabeza.

MUÑECA BEATRIZ
(escrito febrero 2013)

Todos llevamos cientos de relés en nuestro cerebro. Pequeños resortes que inconscientemente nos hacen recordar y modifican nuestras conductas.

Muñeca Beatriz es un recuerdo que llevo en mi memoria desde hace décadas.

Beatriz era una amiga de mis hermanas, de cuando el apartamento de Bará, pongamos una década menor que yo.

Lo que quiero explicar hoy, ocurrió en breves segundos, una rápida conversación, un comentario mio fuera de tono, una veloz réplica de uno de mis progenitores y, posteriormente,  una lección aprendida de por vida que se quedó en la buhardilla de mi memoria como relé recurrente.

Mi recuerdo data de una mañana posterior al día de Reyes, no demasiado después, pongamos siete de enero, volvíamos del supermercado,  cargados de bolsas, mi padre, mi madre y yo, yo con mis catorce/quince añicos,  pletórico de esa mala baba que fue mi adolescencia, no recuerdo ninguna bronca en especial, pero si que era un nuevo día tenso.

Entre el rellano y la escalera al primer piso, nos cruzamos con Beatriz, iba acunando una muñeca repollo -una moda que sufrimos los niños hace años-..

Ante la mirada dulce de mi madre, la niña nos mostró su tesoro recién adquirido.

– Que muñeca más fea.
(el exabrupto que salió de mi boca resonó por todo el portal)

– A ella le gusta y eso la hace feliz.
(replicó rauda mi madre mientras carantoñeaba a la cría en dulce consuelo ante mis duras palabras)

Mientras pasábamos del primer piso al segundo tramo de escaleras, brazos en tensión,  paso sereno (nuestra casa estaba en el tercero), aun insistí con un:

– … Pero es que es fea.
(mi pensamiento albergaba, -en esos momentos-, esa estúpida idea de que la libertad radica en decir todo lo que pensamos sin más, junto al bullicio de los cientos de actos que seguramente habían propiciado otra jornada tensa en casa..)

Mi padre, detrás, hizo algún comentario hosco que no recuerdo, mi madre insistió:

– Pero a ella le gusta, y eso es suficiente.

Nunca más hablamos del tema, supongo que la vorágine del día a día se tragó aquella lección. Pasaron los años,  luego fui padre, ahora ya podría ser abuelo..

Durante años ha permanecido este relé en mi cerebro.
Cada vez que tomo una decisión en la cual intervenga un posible daño a un tercero por unas hirientes palabras mías, el relé de la Muñeca Beatriz aparece haciendo gala de las palabras de mi madre.

Todos somos perros putos?

Madrugada de un viernes al sábado.
(preparándome para irme a currar)

Es curioso como estos perros putos míos se comportan.
Cada día, cuando me levanto por la noche para hacer pis, ladran marcando en la noche..
Sin embargo, siempre, en la noche del viernes al sábado, no dicen ni mu (a pesar del sonido de la alarma incluso), se quedan callados como putos en su sofá. Como esperando a ver si me olvido de ellos y los dejo, en lugar de arrancarlos de la placidez de su vida, para la semanal caminata hacia la fabrica.

En realidad, no puedo dejar de pensar en mi mismo.
Cuando crío, mi madre se levantaba para despertarme para ir al colegio.
Muchas veces, recuerdo haber esperado su visita, agazapado bajo las sábanas, remordiéndome entre reproches la monótona conversación.

– Moncho, Moncho..

(y me tocaba un pie a través de la sábana..)

– Ya voy mamá.

En fin perros. Nos vamos..

Madre (2 o tres…)

Esta mañana, de camino al curre,
escuchaba por radio un programa de música.
“Al filo de lo imposible”, de RNE.
(se emite los sábados de cuatro a cinco de la mañana)
Sobre las cuatro y media sonaba Chopin,
cruzar los campos, con mis perrícos alrededor,
revoloteando cada cual con su punto de luz..
(ella en blanco parpadeante, él igual en rojo vivo)

El incipiente amanecer clareando las tierras del este,
el crujir sincopado de la hierba paso a paso,
el latigazo mínimo y húmedo de los anises en mis piernas desnudas..

me retrotrajo a las mañanas de hace cinco décadas.
Mañanas de sábado.
Mamá ponía discos de música clásica en nuestro toca-discos de maleta.
No siempre nos parecía bien..
aquellas melodías, a veces tediosas, otras veces no.

Tampoco teníamos muchos discos. cinco, tal vez ocho, no se.
Las cuatro estaciones, predominaba.
Aportaban luz al invierno barcelonés, alegría en sus primaveras.

Wagner, potente, parecía dejarte sin respiración.
Tchaikovsky (mi preferido), me llevó hacia el heavy metal.
No se explicar por qué.
La abrumadora potencia de sus notas, supongo, me permitía no pensar.
Sentir sin pensar. Bálsamo para las voces de mi cerebro.

En cualquier caso, el paseo de ésta mañana me llevó a pensar en mi madre.
Gracias mamá.
Te quiero.

Obras, jubilados y actos de amor.

El otro día subí -tironeando los perros de mi- hasta la parte más alta del pueblo. Allá en dónde está el Depósito Municipal de Aguas. Generalmente, por estas zonas costeras de pueblos llanos, estos depósitos se encuentran en las cimas de los montes aledaños al municipio. Como el pueblo en dónde vivo está construido en diagonal con respecto al terreno en pendientes de hasta el dieciocho por ciento, tenemos, en lo alto del pueblo un depósito de agua.

(tenemos otro, de estilo modernista, en mitad de la plaza, un antiguo depósito que suministraba agua para -por gravedad- activar los juegos de poleas que hacían funcionar la maquinaria de la industria corchera de principios del siglo pasado. Ahora sólo sirve como atalaya de interés turístico, para ver -y chafardear- los tejados del pueblo hasta el mar. Otro día os pongo una foto)

En fin.. tras mucho resoplar, llegué a la cima del pueblo, me senté en el primer banco -desfallecido- sin atender siquiera a buscar el que tuviera mejor sombra. Así andaba de derrengado.

Andaba yo en mis tareas de sacar la botella y el bebedero plegable para mis chuchos, cuando se me acercó un viejito. Ya sabéis.. uno de esos que, con bastón en mano y paso corto, van colonizando todas las obras en construcción de cada pueblo o ciudad, para comprender los entresijos de su embrionaria cimentación hasta felicitarse por llegar a ver -una vez más- como se consigue tejar y “poner la bandera”.

Amable, se me plantó delante. Corrigió su gesto ante los ladridos territoriales de mi perro -no consigo quitarle la manía de pretender el terreno conquistado cada vez que me siento a leer en un banco- y tras permitirse avanzar una mano para que el chucho le huela y se tranquilice, comenzó su perorata hablando de mil cosas al tiempo. Que subía allí todos los días .. Que había cumplido ya los ochenta y dos años. Que cuánto calor. Que qué bien se estaba en ese lugar. Que qué me parecía la vista sobre el pueblo. Que si tal.. cuál o Pascual..

Generalmente les permito hablar, igual sin prestarles atención infinita, pero les escucho -conversando pero sin pretender interrumpir mucho-. Hace ya años que comprendo que permitirles hablar les hace bien. Vivimos en un mundo de prisas y el frenesí diario a que nos obligamos no siempre nos permite ser amables con las personas mayores. Como ya mi padre falleció hace diez años y nunca nos comunicamos mucho, y a mi madre la veo poco.. hago una especie de terapia. Si yo me permito escuchar a estos ancianos, seguro que otras personas como yo, igual escuchan lo que digan mis familiares mayores por ahí repartidos.. es como lo de La Cadena de Favores. Para mis ojos es nivelar el karma. Y me siento bien.

La conversación con el viejito se tornó más interesante. Primero me explicó que había trabajado en la construcción. Luego que había sido taxista un par de décadas. En algún momento sufrió una hernia discal que le operaron con éxito. Luego se lió con las fechas, si bien me contó lo que había sufrido al poner baldosas de suelo tras salir del hospital.. se dio cuenta de que la hernia la padeció con el taxi. lo recordaba porque el médico -muy amable- le metió un chute para que pudiera volver para aparcar el taxi en lugar de olvidarlo en la ciudad donde le iban a operar. En cualquier caso, no importaba mucho. Él, aunque contrariado, se sentía feliz de ser escuchado y yo, por ende, satisfecho de que sintiera así.

De repente, aparece una joven, que llega corriendo, chándal, treintañera, de buen ver, enseñando… y el viejito me mira con gesto inquisitivo y me pregunta:

– Qué te parece?

Antes de que yo llegue a articular palabras me suelta:

– Es hermosa, verdad? A mi ya no se me endereza. Pero sigo disfrutando de la vista de una mujer hermosa.

Mientras, le dejo seguir explayándose sobre que todo llega con la edad.. que unas cosas funcionan y otras no. Que es una lotería -la lotería de la vida, me dice-, sobre que órganos se marchitan antes que otros. A unos nos falla el corazón, a otros las articulaciones, a otros el cerebro, alzheimer, la próstata… una lotería.

Mientras barrunta sobre que a todos nos llega el día de.. seas pobre o rico, la muchacha se larga tan rápida como llegó y yo me que hipnotizado con las palabras de un hombre que casi me dobla la edad, al que acabo de conocer y que con toda soltura es capaz de confiarme que ya no se le “endereza”.

Recuerdos madre.

– Ay, maña. Que no sabes hacer nada!!

Esta frase, que yo utilizo con mis mascotas, para cuando les pido actos imposibles para ellos…

– Tráeme el mando de la tv, .. una cerveza de la nevera, coge el teléfono que tengo las manos mojadas, ve a buscar pan a la tienda de abajo..

… en fin, una suerte de acciones totalmente absurdas para su entendimiento, pero que en el día a día -como hablo más con mis perros y mi gata, casi, que con mi esposa- al final acabo “riñéndoles” por su ineptitud con la frase de marras.

– Ay maño, que tonto eres.

– Ay maña, que no sabes hacer nada..

Esta frase, insisto, me recuerda a la forma de hablar de mi madre -nacida en Zaragoza- cuando nos apartaba, al vernos torpes ante alguna acción.