¡Batallitas! Y no tanto…

Ayer -para mi todavía es hoy, ya sabéis lo de mis díscolos horarios…-
En una conversación ajena de bar (cómo no?), con las orejas puestas hacia donde no debería importarme..
Un abuelo desdentado, chepudo y enjuto, huesudo y con un pie cerca del más allá, vociferaba su “réplica” sobre cómo, -en sus años mozos y como miliciano-, en la guerra patria, había engañado en repetidas ocasiones a los “Nacionales”.
A los vencedores de nuestra cruenta Guerra Civil.
En realidad se refería a ellos como “aquellos bastardos”, pero como uno de sus contertulios era un tatuado Caballero Legionario, -o al menos eso atestiguaban sus ajados tatuajes-, y ambos parecían haber enterrado hacía ya años sus cuitas, tampoco dichas palabras parecían sonar demasiado mal…
A lo que iba… confesaba que “aquellos bastardos” le habían hecho prisionero en cierto enfrentamiento de tierras oscenses. Tras varias semanas de golpes y hambre había dado con sus huesos en una cocina donde “los Nacionales” andaban bien provistos de manduca.
Contaba -y es esto lo que quería contar hoy- de cómo a pesar de que los triunfadores no les permitían prácticamente alimentarse, ellos mondaban las patatas “Nacionales” pelándolas con un grosor de hasta un centímetro. De esta manera, podían -después-, volver a pelar las mondas y alimentar a sus familias.
A lo largo de mi vida he escuchado -boquiabierto y con ojos dulces- cómo nuestros mayores (en mi caso preferentemente los rojillos), explicaban sus “batallitas”. Ésta no la conocía.
Una señora marroquina, habitual del local también, ha confesado que su madre seguía haciéndolo en la casa en la que servía cando llegó -ilegal- no tantos años atrás.
Cuánto nos quejamos algunos, verdad??

Un golpe a la inteligencia?

El pasado lunes bajé a mi provincia natal, Barcelona. Además del desasosiego que me produce cada vez que he de volver al bullicio de la gran ciudad, -yo hace años que resido en un municipio de apenas veinte mil habitantes, y se nota-, en esta ocasión debía realizar un maratón de médicos con mi madre. Lo cual no es ni cómodo, ni alentador.

El miércoles, cansado de arrastrar la silla de ruedas por las distintas calles de la ciudad y, a modo de descanso, me permití dejarla en casa de una amiga y hacer lo mismo yo, visitar a una antigua amistad de infancia. Lo redescubrí hace poco a través de Facebook y ya conocéis el cuento:

  • Qué es de tu vida? Qué tal andas? Trabajas? Hijos? A ver si nos vemos un día..

Dicho y hecho, a la primera ocasión que he tenido, he sentido la necesidad de darle un abrazo.

Que decepción!! Me he encontrado con un tipo aburrido, amargado por una enfermedad que le dejó una pequeña pensión, un tipo que despotrica continuamente de su pareja y su hija. No se parece en nada al chaval inseparable con el crecí.

A la media hora ya sentí el regusto de la ansiedad por largarme de su casa. Tal vez mi madre hubiera tenido mejor suerte y podría saludar también yo a alguna de sus amistades y quedar como un señor.

Al poco de planificar mis cábalas -siempre dentro de mi sesera-, Jorge, que así se llama el referido compañero, me cuenta -exultante-, sobre cómo ha escrito un cartel y lo ha puesto en el ascensor de su casa para quejarse a los vecinos (desde el anonimato plural que representa ser uno de los vocales que se cuida de los asuntos de la comunidad de vecinos.

Hasta me acompañó, solícito, hasta el ascensor, para enseñarme, -orgulloso-, su obra .

  • Qué? Qué te parece?

cartel-escalera-vecinos

Asentí sin convicción. Me despedí de él, -mintiendo-, asegurándole que mantendríamos el contacto y que a ver si para la próxima vez… Hacíamos coincidir a nuestras esposas.

Cuando estaba a punto de salir del ascensor, -dolido por cómo la vida a veces nos juega malas pasadas, convirtiendo los recuerdos en mierda-, le hice una foto al mencionado cartel.

No sé que me ha dolido más: Si las faltas de ortografía de un escrito realizado por alguien que cursó Universidad (yo no estudié prácticamente nada), o el crudo mensaje del cartel o el regusto agrio de la bilis dando vueltas en mi estómago por la mala experiencia Facebookera.

 

Miseria en las calles.

Ahora que ya parece que la economía se mueve (un poco al menos), recuerdo una conversación que mantuve con mi esposa, ahora hace ya tres o cuatro años, cuando el principio de La Crisis.

La Crisis. Terribles palabras que ya denotan por si solas toda una etapa. Por eso las escribo -ambas palabras-, con mayúsculas.

  • MISERIA EN LAS CALLES.

(un breve, aunque agrio, ejemplo sobre una conversación con mi esposa)

 

La mujer volvía a quejarse,  su jefe le había vuelto a ponerle inventario de noche -ella tenía turno de mañanas-.
– Cómo es posible, que si el sábado salgo de trabajar a las 14h. hasta el lunes, tenga que ir el mismo sábado a las 21:30h. para hacer inventario? -Se lamentaba al marido!!-.
El marido, la contempla.. “distraído”.
– Todos los finales de mes son iguales, siempre te toca a ti ir a inventariar? Tu jefa no se da cuenta..? No es posible que el inventario lo haga la que salga del turno de tarde? -añade-.
La mujer renegaba un mes tras otro.
– He de ir a hablar con el encargado.. Estoy harta. Me faltan horas.. He de hablar con Recursos Humanos..
El marido, -divertido-, continuaba observándola.
– Si quieres voy yo.. le invito a un café y le pregunto: ¿Cómo “organizas” un fin de semana si cada fin de mes me haces la misma historia?
La mujer reía (sin ganas), la ocurrencia, mientras le decía:
– Calla, calla. Hoy he ido a hablar con él. Me lo encontré en el pasillo de perfumería. Sostenía entre las manos un cartón vacío. Le hablaba a un señor mayor -un viejito, que hubiéramos dicho en otras circunstancias-. El encargado, con su traje bien planchado, la corbata con el logotipo de la empresa bordado, los ojos serios, la mirada baja.. le decía:
– Por favor, entrégueme la colonia y váyase. No comprende que si no me la da, tengo que llamar a la policía. ?
La mujer, avergonzada, giraba por otro pasillo.
– (Mañana le reclamaré mis horas), total, yo si tengo trabajo.
El viejito serio, mudo, cabizbajo.. -seguro recordaba mejores tiempos, plenitud, energía, guerra civil, nietos..- En silencio lloraba.
El marido ya no ríe las injusticias para con su mujer..

(el marido sólo deja constancia escrita de estos tiempos de miseria en las calles)
– Y más que vendrían, (pienso en voz alta)

Señor! Sabe vd. de cuentas?

Publicado hace un año. Traigo de nuevo ésta entrada, porque hoy volví a soñar con la cara de aquel niño. Ya era adulto, aparecía tras una esquina, por la noche, llovía (esto me alegró, -dado el calor que ha hecho la pasada noche-, no tanto por el chaval/hombre, que se mojaba…

Os dejo:

Señor! Sabe vd. de cuentas?

Llevaba tiempo sin soñar.

Ya os dije ayer que quería destapar la caja de la locura de las drogas. La pasada noche, tras publicar sobre https://montxomon61.wordpress.com/2016/06/04/el-extasis-y-la-valenciana, dormí bien. Profundo. De un tirón. Incluso me sorprendí de no levantarme a orinar más de una vez como casi cada día.

En la última fase REM del reparador sueño, algo se torció y volví a las andadas de las pesadillas negras. Al oscuro submundo de los recuerdos tibios, donde estímulos sexuales suplicaban por formar parte de sueños protagonizados por drogas.

El de ayer se caracterizó de la siguiente manera: Me encontré en un callejón oscuro, cetrino, el olor a orines convertía el estremecimiento del temor que sentía en algo secundario. Sin parpadear en exceso, me encontré persiguiendo unas caderas anónimas. El vaivén del culo que las conducía por callejones estrechos, por rellanos y escaleras sinuosas me guiaba hipnotizado sin fijarme por donde iba. Sin poder evitar pisar o empujar a transeúntes anodinos y anónimos en el frenético viaje.. Al llegar a un cuarto piso, abrirse una puerta y cruzarla la zagala perseguida, una imperceptible y amarillenta luz impregnó el rellano. Rauda, semi-cerró tras de si interponiendo un pie tras la puerta y a través de la gatera del visor me preguntó:

  • Qué quieres?

Iba a zozobrar en el intento de ímpetus ociosos en busca de sexo ajeno cuando de mis labios salieron las temibles palabras..

  • Dos gramos.

  • Espera. Espera aquí. -siseó gandula al comprender que estaba a salvo-

Mientras observaba a mi alrededor.. viejas acuarelas en pálidos colores. Una silla trona de bebé, un peluche oso sin un ojo en un rincón, el sofá, de terciopelo verde, había conocido años mejores. Al fondo del pasillo la luz de neón de un fluorescente parpadeaba al unísono que se oía el cebador que lo prendía. Un olor a puchero con caldo, humeante, provenía de aquel cuartucho. Deduje que era la cocina, donde algún plato de cuchara hervía sin pausa.

Mientras rebuscaba en la billetera los arrugados billetes recién cosechados, un crio salió de detrás de una cortina.

  • Señor! Sabe vd de cuentas?

El crio, no más alto que el respaldo de una silla, portaba entre sus manitas un lápiz y un cuaderno de cálculo. La editorial de la portada me catapultó cuatro décadas atrás, convirtiendo su gesto solícito en mi cara tras mi madre.

En el sueño, vi como poniéndome en cuclillas allí mismo en el zaguán de la vivienda, permitía al pequeño sentarse en una de mis rodillas mientras entre los dos nos aplicábamos en resolver unas cuentas de quebrados. Una de aquellas tipo si tu hermano se come tres partes de un pastel cortado en ocho partes iguales, cuántas te quedan?

Cuando apareció la madre con el veneno en sendas bolsitas, no pudimos dejar de intercambiar una sonrisa cómplice. Guardo la droga en un bolsillo, acarició los cabellos del niño con ternura y me besó en una mejilla.

Guardé mi dinero de nuevo. Ya no necesitaba nada para mi ración de felicidad diaria. Mal negocio has hecho hoy -pensé para mis adentros- mientras al ver su sonrisa transformarse en mueca, me despedía de ambos.

Luego, perezosamente, desperté. Con una sonrisa en los labios.

Aquel niño fue un rayo de sol entre la basura..

Medias sábanas.

Hace años, un episodio me hizo pensar en cuánto de hipócritas teníamos los seres humanos en general.

Repasando los ajuares heredados de una bisabuela, recuerdo haber tenido entre las manos unas medias-sábanas. Consistían en unos lienzos de algodón ralo y amarillento como de unos setenta centímetros de largo por un ancho convencional del tipo de cama para el que se utilizasen.

Cuándo las tuve entre manos -en mi juventud- nunca comprendí el significado de su utilización. Esto era porque se veían unos embozos perfectamente bordados a mano, con sus cenefas, dibujos, orlas y un largo etc de detalles. Sin embargo la longitud de las mismas no se correspondía con la longitud de una cama normal. En algún momento, supongo me quedé con la idea de que tal vez fueran ropajes de cuna, aunque -repito-, las medidas (a lo ancho en este otro caso), tampoco coincidían.

Con los años me olvidé del tema, y la “herencia”, (en nuestros días, supongo habrían acabado en Wallapop), desapareció.

Hace algo más de una década, la pareja que entonces tenía, recibió -de nuevo en herencia-, el legado de su miserable* progenitora. De entre los mínimos enseres, aparecieron también unas medias-sábanas. El relé escondido tantos años en mi cerebro se volvió a activar. Me sorprendió mucho volver a comprobar cómo, -de nuevo-, unos objetos que yo creía fruto del azar, aparecían de nuevo con una despreciable historia detrás.

Aquella persona que recibió la herencia (además de malos tratos en su infancia, por eso el {*} asterisco anterior), me explicó que esas “sábanas” se utilizaban en su casa  desde los tiempos de la posguerra. Era costumbre, -de cara a las visitas-, tener unas camas visiblemente bien hechas, con los embozos perfectamente limpios, planchados y bordados… rematadas con una liviana colcha hacia los pies. Para aparentar.

Como no tenían medios económicos para adquirir juegos de cama para todos, se utilizaban éstas (de cada una, sacaban dos). Eso si, en detrimento de que el niño/a que durmiera en ellas, se jodiera de frío.

En fin, una anecdota más para reflexionar.

Esas borracheras tristes..

Pides una cerveza con los ojos fijos en el culo de la camarera.

La vocecita aquella te dice:

– Podría ser tu hija..

Y te quedas embobado en cómo harán para caminar sobre esos tacones?

El momento ha pasado.

– Zapatos horribles. Murmuras y repites, intentando despistar la mirada sin conseguirlo, Mientras, al agacharse para buscar café, te muestra y babeas ante la tira elástica del tanga colorido bajo la cinturilla baja..

La dueña te mira, te habla y amable, te pregunta:

– Todo ok?

Cabizbajo, sin ganas, asientes sin contestar. Pensando tan sólo.. -esquivando la mirada sobre su tripa-   … si no tienes yá, una edad, para estar preñada de nuevo?

La máquina tragaperras es la única que trabaja al ciento por ciento.

Cambio de turno, la rusa se va. Vuelve tras el servicio la culona de nuevo..

Podría ser.. (resuena de nuevo la voz intetior volviendo al ataque),
Sin embargo te plantas. Ambas conciencias coinciden ahora en que han errado.

Wow. La máquina ha soltado ochenta pavos… lástima.