I (14) 30 Centímetros

Ya os he hablado de I mucho en este sitio, fue mi tercera esposa.

Hoy quiero contar sobre una anécdota que ocurrió pocas semanas tras nuestra separación.

Antes debo explicar sobre la “recurrente obsesión” a la que se refiere el escrito.

Durante mi relación con I no fueron pocas las veces en que la morbosa fantasía de follar con un “negro” y, que tuviera un gran pollón además, tuvieron cabida en nuestras conversaciones. También, recuerdo, de cómo hacía gala de la misma fantasía con alguna de sus compañeras de trabajo. Con una en concreto, creo que fue la que la cautivó en el deseo de probar, entabló, en más de una ocasión, el tema de conversación a propósito.

Esta compañera suya, había mantenido una relación con un haitiano, del que no guardaba demasiado buen recuerdo, pues en una ocasión -le había confesado a I y ésta a su vez a mi- le había fisurado el ano, en un intento a toda prisa por mantener un coito en el lavabo de un bar, mientras su marido la esperaba en la barra. Dicho esto, el interrogante sobre cómo sería mantener esa relación nunca debió desaparecer de su cabecita.

No os negaré que a mi siempre me pareció el capricho de una mujer burguesa. Si bien no lo era, –I siempre fue una hippie irredenta- con la edad y el estatus que produce el puesto de trabajo, los hijos, etc.. si parecía haber convertido en burguesa su vida de cara a la sociedad en la que vivía.

Como ya comenté en los primeros capítulos de I, hay que añadir el detalle de que su primer marido, Jota, le puso muchos cuernos con amigas y prostitutas a lo largo de su vida en común. Supongo que esta circunstancia también toma cierto valor en el desenlace de esta historia.

Sea como fuere, recuerdo la siguiente conversación como una de las últimas mantenidas con ella tras encontrarnos por casualidad tomando un café en un céntrico bar de nuestra localidad, tres semanas después de separarnos.

Ella: – Por cierto.. ya cumplí mi fantasía.

Yo: – Perdona? A qué te refieres?

Ella: – Ya sabes.. lo de follar con un negro.

Yo: -…?

Ella. – Le medía treinta centímetros.

Yo: – Y, te entretuviste en medirle la polla? No me lo creo.

Ella: – Que si. Te lo digo de verdad. Un polvazo!! Ya me conoces. Y pagando eh!!

Aquí, me quedé sobrecogido. Yo ya mantenía una relación con otra mujer. Por lo cuál, el tema de celos no funcionaba. Recuerdo le dije que no me lo creía. Que si su intención era hacerme daño, no tenía ningún sentido, pues ya estaba yo con otra persona, ella lo sabía y por lo tanto, ya nada podía unirnos como para dañarnos sentimentalmente. También recuerdo que me reí de ella imaginándomela ante la situación.

– Me quieres decir que te buscas un puto. Que además debía de ser negro. Le pagas!! Y en un momento dado, sacas de algún sitio una cinta métrica para medirle la tranca? Dónde queda tu dignidad? No te creo.

No pareció muy enfurecida tras mis palabras, le dije que ya le pagaba yo el café y desapareció por la puerta.

Olvidé este tema durante meses. Luego, sin más. Apareció de nuevo, en mis pensamientos. Qué lleva a una persona a rebajarse para cometer esta serie de actos? Era necesario, dado que ya estábamos separados, contarme este episodio? Era necesario (para ella) concluir el tema prostitución, tal vez para mitigar el dolor o los fantasmas de su primer marido? Era necesario recalcarme que lo había pagado? Tal era la rabia con la que pretendía cicatrizar las heridas de su corazón? Me sorprendió mucho esta confesión “fuera de tiempo”.  Durante una temporada estuve pensando que tal vez ya había calmado sus apetitos vengadores algún tiempo antes de separarse de mi. Aprovechando alguna salida. No se.. Luego desestimé la idea. Tampoco importaba ya.

La vida sigue…

Nada más verla, comprendí que tenía que comerle el coño. (y II)

La idea le pareció bien.

Por el camino me recordó su nombre. Mer. También me confesó que un año antes se había fijado en mi un día, que estando de vacaciones con sus amigas, se había cruzado conmigo delante del apartamento alquilado.

– No te recuerdo. Entonces aun no había cogido el bar. Entonces trabaj…

– No sigas. Lo se. Trabajabas en la obra de enfrente. Cuando te vi en verano, sin la camisa, moreno. Con esa bolsa para las herramientas que lleváis los encofradores..

– Vale. No cuentes más. No me gusta intimar tanto con mis lectoras de Word.

– Perdona..?? Me estás hablando que contarás nuestra historia dieciséis años después??

– Frena. Ya hemos llegado. No hagas ruido. Mi pareja.. María, duerme encima. En el segundo piso.

Al abrir la basculante puerta del garaje, un mínimo chirrido rasgó la noche, otro chirrido más y habíamos desaparecido dentro.

– Puedo liarme un porro aquí?

– Aquí, ahora, este es tu reino.

Le tendí una toalla y le indiqué como, si quería, al fondo del habitáculo, había una ducha.

– Me ayudas?

– Si te ayudo, se pierde el encanto. Sin querer ofender, ni maltratar la canción de Sabina, aquí, a mi, no me han traído tus caderas. Yo vengo con la idea fija de lamer esa herida que se me ofreció cálida y abierta y que se cuajó en húmeda y mojada.

– Creo que no tengo tanto frio ahora..

– Mejor. Lo único que siento es no haberme afeitado. Puede que lastime tus muslos.

Se recostó en el sofá para liarse un canuto. Yo me arrodillé en el suelo. Mis manos separaban sus rodillas. Lo que observé me llenó de lujuria. Parecía realmente que se hubiera meado. -Se lo dije-

– No te habrás meado encima?

Su sonrisa burlona, me ilustró en que mejor sería no pasarme si no quería ver cómo si que era capaz de hacerlo. Sonreí. Aquello pintaba bien. Acerqué mis labios a su entrepierna enfundada de aquella ruda tela empapada. Soplé sobre la tela y a través de ella. aquello causó un efecto cálido que pareció agradarle. Se dejaba hacer. Reía.. -el porro hacía su efecto- tampoco tenía yo ninguna prisa. Jugaríamos. Vaya que si.

Estirando las manos, separando mis dedos, acariciaba sus nalgas. Arriba. Abajo. Arriba otra vez. Mil veces, hasta que introduciendo los dedos en los bolsillos de atrás, bajo sus nalgas, tiraba hacia mi ejerciendo presión sin desabotonar todavía la cintura del vaquero. Ese movimiento liberaba espacio entre la cremallera y su braga.

Sin dejar de soplar mi más que cálido aliento a través de la tela, en un momento dado, recuerdo, comentó:

– Pretendes secarme?

Sus manos bajaron hasta la cinturilla para desabotonar el pantalón. Le mordí los dedos impidiéndoselo.. Con mi mano izquierda así su mano derecha. Apartándola.

– No tenías prisa, -le susurré- recuerdas?

Al tiempo que me reincorporaba, metí la mano derecha -para izarla conmigo- por entre el vaquero y la braga y tiré hacia arriba. La costura del tiro del pantalón se hundió en su -imagino- ya abierta vagina lo justo para que me agarrara del cabello con su mano libre. Nos miramos  a los ojos. Los suyos, enrojecidos  por el hachís, irradiaban un fulgor de deseo difícil de describir.

La levanté en vilo -cogida a mi cuello- hasta dejar reposar sus pequeños pies desnudos sobre el sofá. Una vez nuestras bocas quedaron a la misma altura, la besé. Un beso corto. Sin lengua. Ladeé la cabeza y le susurré al oído:

– Estate quieta. Ahora te voy a desnudar. Te tumbas y te cubres con la manta. Mi lengua quiere saborea de lo que la noche y el mar han impregnado tu coño. No se si follaré luego contigo. Estoy cansado y tal vez me duerma.

(Ya habéis leído el enlace anterior? El que se titula JANIS)

Bajo la manta, tan pequeña, me fue fácil moverla a mi antojo. Arrodillado de nuevo en el suelo alcancé -por fin- aquella vertical sonrisa que se ofrecía, galante, a mis depravadas intenciones. Circundando mi objetivo con mis dedos pulgar e índice de ambas manos, estirándolos y cubriendo con el resto de las palmas sus suaves ingles,-para no dañarlas con la barba de dos días- me dispuse a libar, cual insecto en primavera, hasta que los minutos compitieron con sus jadeos. No tardé en comprobar el sabor de sus épicas conquistas. La primera emisión tenía el predominante salado esperado. Parecía como si el esperado maremoto, hubiese recabado toda la sal de la playa antes de explotar convulso. Éste pude recogerlo casi en su totalidad sorbiendo con mi lengua haciendo un canalillo. No tuve tanta suerte después. Antes de que el perfume marino de su segundo orgasmo volviera a manar, -estaba yo distraído jugueteando con mis dedos y su ensortijado vello púbico- pude sentir -ya digo que tarde- las convulsiones de su vientre, mientras observaba -divertido- como eyaculaba un tibio líquido transparente y viscoso que en fuerte chorrito, impactó en mi sonrisa para impregnar con su recuerdo imborrable el sofá.

Su tercer orgasmo me llenó la boca con un líquido más agrio -que tragué también, faltaría más- Pareció darse cuenta y su gesto se tornó forzado. Sus mejillas parecieron crisparse. Este tercer orgasmo la había dejado seria. Muda. Durmiente.

Yo quería más. Sin contemplaciones la giré de espaldas a mi boca. Le introduje dos dedos en su muy lubricada cueva y volví a lamer y sorber jugos.  Despertamos dos horas después. Nuestro ultimo beso todavía me recordó el placer de la luna que no quiso reflejarse una noche en el mar.

Nada más verla, comprendí que tenía que comerle el coño. (I)

Nada más verla, comprendí que tenía que comerle el coño.

He comenzado a escribir con fuerza. Tan sólo el recuerdo de lo que quiero explicar.. y la erección, apremiante, ya está ahí. Impetuosa. No se si me atreveré a titular esta vivencia así, como la primera frase. Ya veremos cómo se desarrolla el relato.

En 1999 salía con María. -Ya he hablado antes de María https://montxomon61.wordpress.com/2015/02/21/janis/ Tras cerrar el bar una noche me fui a rematar la última copa al bar que Paco tenía a ras de playa. Con la noche tranquila y el rumor de las olas, salpicando apenas las cuatro atrevidas mesas allí mal dispuestas, acostumbraba a saborear un bourbon en una de aquellas sillas con las patas clavadas en la arena, con el culo algo más bajo, casi a ras de arena.

Nostálgico, si tenías la suerte de una luna reflejada en el horizonte, me daría por satisfecho de no tener sexo esa noche. María madrugaba y cansada, se había retirado a casa.

De repente, Mer apareció frente a mi, estorbando apenas el reflejo lunar. Tan menuda como era, encarando su pubis en el canto de la mesa, se permitió relajarse al impacto, apoyando ambas manos sobre la misma y abalanzando el peso sobre si, para acercar su sonrisa a la mía. El cálido buchito de bourbon bajando por mi garganta equivocó su camino -al centrar mi mirada en la esquina de la mesa- haciéndome estornudar. Antes de que pudiera decirle, amable, que el rocío de la noche formaba charcos sobre el frio lienzo, observé -con gozo- el reflejo que aquel inusual gélido liquido ofrecía en su rostro.

– Tarde -musitó sobresaltada, antes de reincorporar, apurada, el gesto de su cintura-. Demasiado tarde.

En ese preciso instante comprendí que tenía que saborear ese salado sexo. Aunque me fuera la vida en ello.

No recuerdo cómo transcurrieron los minutos siguientes. Casi no la conocía. Era amiga del chaval que pinchaba música en mi bar. Tenía dos amigas más. Las tres acostumbraban a alquilar apartamentos en vacaciones. Eran del norte. Mi amigo, recuerdo,me las había presentado una vez como Las Vascas. Le ofrecí una copa. Negó la invitación aunque apuró algún trago del mío. a los quince, tal vez veinte minutos, -sin ninguna luna a la vista-, la noche cerrada me guió a invitarla a caminar hacia su casa alquilada.

Recuerdo que en algún momento se había comentado la posibilidad de que fuera a cambiarse de ropa. En su casa dormían sus amigas. En la mía, María. Mis pensamientos taladraban la tela vaquera empapada.

– Vas a coger frio..

– Quieres que me vaya..?

– No. Tengo una idea. Ven…

En el garaje de casa tenía preparado una especie de zulo para cuando en temporada alta, también yo me sacaba unas perras alquilando mi vivienda. Un viejo sofá bajo un par de armarios, una ducha, agua caliente, ropa seca. Todo tras una pared de madera. Disimulado a los ojos de los vecinos para cuando sacaba la barca.

I (12) El Pirineo, el ruso y la Viagra (VI y última)

Cuando salimos del lavabo, la rusa había desaparecido.

Viktor argumentó que estaba cansada y se había marchado. -Darnos cuenta de que también habían desaparecido las llaves del 4×4 presagiaba alguna razón de tono más alto, sin embargo.. a quién le importaba?

La conversación de los tres en la barra, poco a poco, fue denostando el cariz que la marcha de la rusa había dejado en el grupo. Viktor comenzó a mostrarse más altivo y desagradable para conmigo en sus gestos airados. I permanecía sentada, expectante, entre ambos, sin conseguir poner paz. Al final, Viktor, -con visibles síntomas de su borrachera estridente-, me espetó que él no quería acostarse conmigo. Que, como mucho, si lo deseaba, podía asistir -sólo para mirar- a cómo él se follaba a I.

Ante mi sorpresa por la delirante propuesta y, -dirigiéndome a I– le inquirí sobre qué le había contado. Mientras mi futura esposa me daba un codazo al ver desvanecerse sus lúbricas esperanzas para con el ruso y se excusaba susurrándome sobre lo comentado en el wc, la versión de Viktor era relativamente distinta. Según él, había sido ella, la que le había explicado que le apetecía acostarse con dos tíos, si, pero contando con que hubiera algo de sexo entre ellos también. ÉL, durante el flirteo anterior, le había seguido la corriente, pero, de ninguna manera pretendía tener nada conmigo. -Esto, la verdad, me tranquilizó, pues en caso de que hubiera contestado de forma distinta, a I no la paraba ni dios-

Rápidamente la conversación se fue apagando. La borrachera de Viktor comenzó a sacar lo peor de su carácter, y comenzó a despreciarme. Que cómo permitía que una mujer me tratara así? Que qué poca estima tenía por permitirlo. Vamos, ese tipo de frases que, una vez perdida la baza del juego a concluir -intuyendo además no llevarse el premio- tan sólo sirven para dañar y/o provocar.

Cuando llamó al camarero para, ninguneándome, pretender pagarme las copas, estallé.

– Perdona ruso de mierda, si a esta mujer le apetece tener sexo contigo, no seré yo quien se lo prohíba. Después de todo, pienso que ninguna mujer tiene dueño. Pero que pretendas pagar mis copas!! Eso no te lo consiento.

Me giré hacia I y le dije que era ella quien tenía que decidir lo que quería hacer. Pero que yo -tras pagar- me largaba de ahí. Su respuesta, he de admitir, me gustó.

– Yo he venido contigo y me voy contigo.

Pagué. Y nos fuimos de aquel garito.

Abrazados, besándonos, gritando, riendo, discutiendo y dando traspiés, alcanzamos el apartamento siguiendo la calle principal. Nos paramos dos o tres veces para, sobre los capós de los coches aparcados, saborear la furia de la locura que nuestra lujuria destilaba.

Cuando conseguimos alcanzar la cama de la habitación, -recuerdo se situó a cuatro patas sobre ella- le rasgué, desde atrás, la tela del pantalón de malla. -Supongo que en mi fuero interno, pretendía borrar la visión de aquellos dedos dándole placer-. Separé con prisa el tanga y, tras lamer -tan sólo por gula, pues ya chorreaba-, la penetré con toda la rabia que la pasión y el morbo dominaban mis sentidos. Comenzó a gemir y a suplicar más ritmo. Con tres o cuatro embestidas llegamos hasta tocar el cabecero de la cama, sus manos se apoyaron en la pared, su vientre se arqueaba convulso. Lubriqué un pulgar metiéndoselo en la boca para con su saliva, poco después, franquear su ano. Era esta, nuestra primer vez por ahí. Su culo comenzó a moverse en círculos para ayudar en ambas penetraciones. Al poco, se giró y con un fulgor en sus ojos de loca, me invitó a que la follara analmente. A pesar de que el glande entró con facilidad, la verdad es que introducirla del todo fue otra historia. Por sus gestos comprendí que el dolor se sobreponía al placer, motivo por el que cesé en mis envites. Entonces, ella, me grito:

– No te pares. Te lo debo…

Empujé. Entró. Gimió. Lloró -pobrecita, casi me dolió más  a mi al verlo-, Volvió a gemir y así estuvimos bastante rato hasta que me derramé dentro de ella. Nos quedamos dormidos.

A la mañana siguiente, entre mimos y arrumacos, me confesó que le había dolido mucho, pero que sin duda había sido el mejor polvo de su vida. Que por primera vez se había sentido dominada y llena.

Curiosamente, cuando seis años después, nos separábamos, sus últimas palabras -no exentas de nostálgico rencor-, fueron:

– Bueno chaval, esto se ha acabado. Siempre nos quedará en el recuerdo “El Pirineo”

I (11) El Pirineo, el ruso y la Viagra (V)

Los taburetes de la barra eran unos toscos y recios “tronos” de madera formados por cuatro troncos -supongo que a juego con el tema montañero pirenaico- con barrotes a media altura para descansar los pies y rematados por arriba por un grueso almohadón cuadrado de piel vuelta. De medidas exageradas, de unos 50 x 50 cm. Sin respaldo.

I se subió a uno y se sentó separando los muslos para colocar un pie en cada barrote, de forma que los mismos formaban prácticamente un ángulo recto, mirando hacia Viktor, posición que la obligaba a darnos casi la espalda a nosotros dos. Rápidamente entabló otra fluida conversación en su ruso inventado precipitando las carcajadas de Viktor.

Yo entablé una precaria conversación con la rusa. Dado que ambos teníamos claro que no parecía cuajar nada entre nosotros, les ofrecí reanudar otra partida.

La pareja “de más edad” se quedó en la barra. Algo comentaron sobre lo cansados que estaban o alguna excusa similar. Tras cruzarnos las miradas I y yo, comprendí que cansada no estaba, pero que prefería quedarse un rato para seguir tensando la cuerda.

-En los años que más tarde conviví con ella, me confesaría que estaba “probándome” para saber hasta que punto podría tragar con una relación abierta como tuvimos el primer año. Durante el primer año de relación nos separaron mil doscientos kms y nos vimos apenas en media docena de veces. Pero de esto ya hablaré más adelante-

Volvamos al bar..

Durante la media hora larga que estuvimos jugando al billar, gran parte nos la pasamos toqueteándonos en mil ocasiones al cruzar los tacos de billar jugada tras jugada, -por lo menos podía sobarla un rato sin miradas airadas-. Dado que el billar se encontraba retirado a unos seis metros de la barra a la derecha de ésta. Viktor, de pie frente a I, que sentada a horcajadas en el taburete le tapaba la visión, apenas tenía movimiento y yo, desde mi posición, controlaba cuando si, o cuando no, podía ser más descarado con su mujer.

No tardé en comprobar -fue el camarero el que hizo un gesto que yo interpreté a la primera- como tanto I como Viktor intercambiaban un beso en los labios. La rusa, delante de mi, de espaldas a ellos, no se enteró del movimiento. Los de la barra volvieron a las risas cómplices, las carcajadas a intervalos, a los susurros..

Así andaban las cosas cuando vi un gesto que me calentó sobremanera. Las últimas falanges de los dedos de una mano de él asomaron por debajo del leguin de I y sobre el gran cojín de cuero donde ella estaba sentada. Para ello, mi querida futura esposa, había apoyado su mano izquierda en la parte de atrás del taburete y se afianzaba con ambos pies en los estribos para permitirse levantar apenas un par de centímetros sobre el mismo.

Aquellos dedos exploradores, tres en concreto, permitían a su dueño, masajearle el clítoris por encima de la elástica y fina tela con el pulgar. -Esta visión, lo confieso, permaneció recurrente durante años para cuando precisé un estimulo y follarla con saña cuando estuvimos “de morros”-. A veces el morbo es el mejor aliado.

Andaba la rusa muy aburrida -y cabreada de sentirse anulada, pues aunque no vio lo que yo, si vio suficiente-, iba, hablaba con Viktor, -estos veían con fastidio tanta interrupción- volvía conmigo, volvía a irse.. cuando I me hizo un inequívoco gesto llevándose el índice a la nariz. Yo le contesté con una mirada que decía: “espera cinco minutos y vienes al lavabo que ya te habré preparado para empolvarte la nariz”.

A los cinco minutos justos entró en el lavabo de caballeros, se metió en el wc cerrado donde la esperaba y me soltó un:

– Gracias. Eres un sol. -al tiempo que me besaba con pasión-

Cuando se recostó en dirección hacia la cisterna para esnifar, adoptó una postura en la que me brindaba en aquel breve espacio la contemplación de su hermoso culo.

– Con tu permiso. -musité, flojito, en su oído. Al tiempo que con la mano derecha le aprisionaba un pecho por encima del jersey y con la izquierda franqueaba los elásticos del leguin y el tanga a la vez y comprobaba cuán húmeda estaba-. Quiero comprobar tu sabor. He visto los dedos de él y se que debes estar chorreando.

– Cómo me conoces.. déjame chupar mi excitación. -Me dijo, metiéndose mis dedos en la boca-. Que tal con la rusa? -añadió-

– No hay nada que hacer. Solo está por su marido.

– Lástima, si nos libramos de ella hacemos un trio..? ¿Qué te parece..?

– No se yo. No te creas que me hace mucha gracia. No sabes lo cachondo que me he puesto cuando le he visto tocarte el coño..

– Toma. Por si acaso. Hoy quiero que tu o el otro me folléis bien follada. -Y me metió en la boca una de las pastillas azules de su marido-.

I (10) El Pirineo, el ruso y la Viagra (IV)

El viaje en el 4×4 resultó corto. Del restaurante a la zona de copas apenas había un par de kms. Fue el frío y el barro lo que nos decidió a ir en auto en lugar de callejear.

En el primer bar tan sólo ofrecían tapas y sidra -nos escanciaron un par de botellas- luego nos trasladamos a otro con más música y menos luz. También con un billar. Como estábamos fuera de temporada, apenas había otros clientes, motivo por el cual, la entrada de cuatro personas significaba que el único camarero se desviviera por nuestra compañía -más aun cuando se percató del percal con que las extrañas parejas se movían-.

La primera opción, tras pedir las copas, -ellos vodka, ella con lima, él con hielo, Nosotros bourbon. I con cerveza, yo sólo sin hielo- fue apoderarnos del billar.

El billar es un juego donde no es necesario destacar para conseguir objetivos secundarios. Permite una serie de roces e insinuaciones en los mismos, con la excusa de “yo te enseño” donde los acercamientos están permitidos sin levantar excesivos recelos.

Por supuesto las parejas en el juego fueron las mismas que en el coche. La rusa accedió de mala gana y yo transigí… el morbo de lo que todavía no era ninguna relación le podía al sentimiento ¿celoso? de lo que pudiera ocurrir. Y en el peor de los casos.. las sofocantes curvas de la camarera del restaurante me movían a pensar que no terminarían las vacaciones en saco roto.

Perdimos tres partidas seguidas. Motivo por el cual I se mostraba pletórica en sus vehementes movimientos y Viktor se dejaba hacer. Además, me observaba con menosprecio a medida que se sucedían las tacadas de bolas partida a partida. Para nivelar el cariz que tomaban sus gestos me propuse herirle de la misma manera. Me concentré en la cuarta partida y en el culo de la rusa. Cada bola que metía en una tronera lo celebraba con una cada vez más atrevida palmada en el trasero de su compañera, hasta permitirme, mantener la misma, en su cintura baja mientras él jugaba su turno.

La rusa, permitía mis cada vez más descaradas caricias,-de alguna manera, se vengaba del vacío con que su marido la había tratado hasta ahora. Sin embargo, desde el principio comprendí que no tenía nada que hacer. Sólo me permitiría cabrear a su esposo. Esas cosas se saben. Con esa certeza, seguí provocando hasta que los momentos se volvían rudos para él, luego, bajaba velas. Me acercaba a la barra, pedía otra ronda, le reía las gracias a Viktor cuando era I quien metía bola, volvía al juego en serio, pedía un cambio de música al camarero -algo bailable que permitiera roce sin bronca- me largaba al wc (a empolvarme la nariz, cosa que me hacía revivir mientras él permanecía cada vez más borracho), volvía a tocarle el culo, en fin.. ya sabéis cómo se remontan partidas..

Tras ganar -nosotros- la cuarta y la quinta partida, decidimos un descanso de juego y nos trasladamos -los cuatro- a la barra.

De izquierda a derecha nos situamos Viktor, I, la rusa y yo. Un metro más a la derecha, -por el otro lado de la barra- el camarero, tras su equipo de música, me lanzó una mirada reprobadora.

– No quiero malos rollos aquí. -Siseó-

– Tranquilo. Soy del gremio.

I (9) El Pirineo, el ruso y la Viagra (III)

Aceptaron la invitación.

Por suerte, al comprender que ya era tarde, decidimos sería en el restaurante cercano a los apartamentos de alquiler. En realidad era el mismo que daba el servicio de habitaciones al complejo.

Habíamos comido y cenado la noche anterior, tras nuestra llegada. Nos atendió una camarera muy amable -y a la que tras la confidencia de lo del trio, adjudicaba yo el papel, en mis pensamientos, como alternativa a lo de ” los dos tíos”- y a la que ya pretendía camelar por si algo fallaba.. de la manera más obscena. Suculentas propinas que llamaran su atención.

La cena transcurrió tranquila. I estuvo dándole cancha al ruso reclamando insistente su atención, por lo que servidor tuvo que entretener a la pareja de él por mero interés coloquial.

La muchacha en cuestión, agraciada sin excesivas curvas que remarcar, era una eslava tipo. Delgada, rubia, callada y prudente. Arrancarle algo más que monosílabos fue una hazaña -motivo por el cual, pretender arrancarle las bragas, me temía iba a ser una gesta-. En el córner contrario de la mesa, el ruso -a partir de ahora le llamaré.. Viktor, que me suena bastante ruso- reía a carcajadas las ocurrencias que mi loca, aun sólo amiga, entre grandes ademanes, parecía provocarle con su fluida cháchara en un idioma inventado..

Como la noche prometía, decidimos ir a tomar una copa por ahí. A ver qué pasaba.

Me levanté, dejando a los tres con los cafés, con la excusa de ir al servicio. Mi intención, además de meterme un par de rayas, no era otra que la de pagar, evitando los tiras y aflojas del pago yo, no.. yo, etc.. Al pasar por la barra, le dediqué mi sonrisa de lobo a la camarera con un guiño y un gesto de -la cuenta a mi, por favor-. A la vuelta del lavabo, con los ojos como platos, ya tenía preparada la nota de la cena. Mientras pagaba, me entretuve en observar de arriba abajo a la chica, ésta, de espaldas a mi, frente a su caja registradora y tras agradecer de nuevo la nueva y suculenta propina, aun se atrevió -siempre de espaldas- a comentar:

– Que pareja más abierta hacen ustedes.. no?

Saboreando el placer que da el tener razón cuando se juegan unos dados al azar y comprender que uno lleva juego, le contesté:

– Todavía no somos pareja. Ella está casada. Nos hemos conocido hace un par de meses. Estamos probando a ver que tal..

De momento no necesitas más información -pensé para mi-. Si te has atrevido a “entrarme” es seguro que la mucama te ha comentado más de la cuenta.. nunca fuimos discretos.

Al devolverme la tarjeta de crédito, me permití retener unos instantes -de más- sus dedos entre los míos y acariciar con mi pulgar el suyo durante la entrega de la misma. El espasmo me recorrió hasta centrarse en mi entrepierna, donde me produjo una intensa erección. Con un guiño de nuevo, me despedí de ella, había pasado el momento. Me dirigí hacia la mesa mientras, con un gesto rápido -que no pasó inadvertido para I– acomodé mi atrevida masculinidad.

– Ya está todo pagado. Podemos irnos a por esas copas. -dije yo-

– Muchas gracias. -Dijo Viktor-

– Ya has quedado con esa zorra? -dijo I, bajando el tono de voz-.

La rusa no abrió la boca.

I permitió que Viktor le ayudara con el abrigo y yo, cortés, seguí el gesto con la rusa, que ni tan siquiera lo agradeció.

En la calle, I volvió al ataque con un:

– Cómo te ha ido con la camarera?

– Mejor que con la rusa y a ti?

– A este nos lo follamos hoy.

– … nos? Me estás saliendo un poco zorrón.

Y metiendo mi lengua en su boca -para compartir media rula de éxtasis- conseguí mantenerla callada, no sin advertir como salía corriendo hacia el 4×4 para subirse en el asiento del copiloto.