Por qué arruinar un buen almuerzo con un café?

POR QUÉ ARRUINAR UN BUEN ALMUERZO CON UN CAFÉ?

Hace unas semanas -puede que hace un rato-, estaba sentado a la barra de un bar.
Cerveza a las dos, periódico abierto a las nueve -bajo un sobrio plato con alubias blancas con butifarra*-, con la cabeza apoyada sobre la palma de la mano izquierda, con no muy acertado disimulo, observo a una pareja atípica en la mesa colindante a la barra.
Cuando digo atípica, es porque ya no salen los papás y las mamás con sus retoños en las mañanas de sábado, ahora salen los papás (de ellas) con los nietos, mientras intentan comprender por qué -en el caso de que éstas aun conserven al padre de la criatura- prefieren ellos estar jugando a paddle, o a frontón, o a … lo que sea, que con sus hijos.
Dicho esto, mientras la susodicha no deja de interactuar con su teléfono móvil de imperante manera convulsiva, el abuelo, sesentón forzado a no trabajar en los años que corren, con una barba de tres días de las de antes -rala y cana-, con los surcos que la miseria -y el alcohol barato- ha dejado en su rostro, tropieza con mi huidiza mirada.
Parece querer saber qué estoy comiendo.
La vocecilla de su hija -la inequivoca nariz les delata el parentesco- clama:

  • Bebe un poco de agua, cariño.

El abuelo, reniega en voz queda y farfulla algo parecido a:

  • Déjale. Que luego se mea.

  • Qué se va a mear mi hijo? Cuándo le has visto tú hacer eso? Parece mentira que digas esas cosas de tu niet…

La chillona -e impertinente- vocecilla, se pierde entre el trasiego de platos, tazas y cubiertos que la camarera de pelo azul está secando sobre la encimera de la cafetera.

Por qué se teñirá siempre de azul -me escucho repetirme en el cerebro mientras alguien me golpea (suavemente) en el hombro-.

  • Ha acabado con el periódico?

Cortés, le ofrezco mi desdentada sonrisa de lobo, al tiempo que esbozo una excusa referente a “siempre dicen lo mismo” en lugar de contarle la verdad, que estoy ojo avizor, atento a la situación ajena, para tal vez… inspirarme para el escrito de mi proxima pendejada. -Ésta que lees, querido lector-.
Mientras pienso si tenderle el diario la voz insiste:

  • Pablito, bebe un poco más de agua!

  • Que no le des más al niñ…

El ladrón de periódicos se queda plantado a mi espalda, siento su aliento en mi nuca, junto al oído izquierdo. No parece muy alto, me llega justo hasta… Yo estoy sentado en el taburete.
Le escucho:

  • Creo que le copiaré.

  • Perdón? Qué dice? -Contesto sin volverme-.

  • Que creo que le copiaré el desayuno. En lugar de pedir un bocata… Están buenas las judías? No siempre son tiern…

  • Cierro el periódico de manera brusca y se lo tiendo. Sin más palabras.

(sólo me falta esto, un pendejo parlanchín que interrumpa mis diátribas)

Mientras marcha con el diário apenas escucho el “gracias, luego le invito a un café”.

  • Pablo, cariño, bebe un poc…

La lastimera mirada del abuelo parece querer decir: -Ya verás..ya-.

Mientras le pido la cuenta a la del pelo azul, no puedo reprimir una carcajada cuando “Pablito” a espaldas de su madre ha sacado su pequeña cosita y está orinando en una de las macetas junto a la pared.
El abuelo, atento al quite (y a mis gestos), le da un manotazo al móvil de su hija para llamar su atención.

  • Lo ves? Igual que en casa. No dirás que no te lo había avisado…?

Con el rabillo del ojo derecho, observo a la del pelo azul que me trae el cambio del billete de diez (mientras reprocha a la madre de Pablito por enésima vez el repetido agravio)

  • Joder Laura! Otra vez se ha meado tu hijo en la maceta? Todos los sábados igual. Ramón, dice aquel hombre que te paga un café.

  • No. Es igual. Ya sabes que no tomo café. Por que iba a arruinar un buen almuerzo con un café? -Le contesto-.

Ella, con su cansada mirada resignada por clientes pesados, niños meones y un color que no la favorece (seguro lo sabe), responde:

  • Ramón… Que es uno de esos que insiste e insiste e insiste… y, yo cobro a comisión.

  • Pon otra cerveza.

Dejo un tercio en la botella, la apuro en dos tragos y tras brindar al aire tras girarme y sin mirar, observo cómo se le caen las judías del tenedor antes de entrar en la boca del canijo de un antiguo jefe.

Vaya por dios!!

  • Otro día os cuento lo de la cubana y la butifarra…

Sobre hijos y perros (2)

Otro tema importante a reseñar en referencia a hijos y mascotas es la recogida de cacas.

Considero importantísimo hacerles comprender -y exigirles el cumplimiento-, que las mascotas que tanto ansían poseer, tienen necesidades. Las alimenticias, son de buen grado de realizar, las de sacarlas de paseo, ya cuestan un poco más -los hijos crecen y su tiempo comienza a girar en torno a ellos despreocupándose del resto-. Y, quizás, la lección más dura de aprender es la recogida de excrementos de la vía pública.

Seamos realistas: A nadie le gusta recoger mierda.

Sin embargo, es indispensable educarles en este escabroso tema. Mejor incluso, antes de acceder a que tengan sus mascotas. Comprendo que a un crio de tierna edad no se le puede exigir esa obligación (tampoco les permitimos salir solos o con mascotas, de casa hasta determinada edad o madurez), pero si es importante que desde pequeños vean como algo normal que nosotros lo hacemos. Ellos, poco a poco, asumirán por mimetismo -o con un pequeño empujón- la realización del gesto.

Desde aquí quiero ¿denunciar? a todas esas personas, muy dignas ellas por lo general, que se “olvidan” de recoger los excrementos de sus perros. Tampoco me sirve esa extensa creencia de que en los jardines y/o céspedes no hace falta recogerlas “porque ya se degradan solas“. Esto, que en teoría es cierto, conlleva un periodo de tiempo demasiado largo en días que convierte nuestros jardines públicos en auténticos focos de infecciones. Por no hablar del aspecto visual.

Si no educamos a nuestros hijos desde pequeños en recoger las cacas, es probable que luego, cuando crezcan, se conviertan en esos individuos que las abandonan sin más.

En alguna ocasión, lejos de pretender el enfrentamiento (algunas veces quedándome con las ganas), cuando observo a algún incívico, fuerzo un poco la situación ofreciendo -a la vez que una sonrisa mordaz- una bolsita de plástico para recogida de excrementos perrunos. Ante el gesto, es más difícil negarse.

Señor! Sabe vd. de cuentas?

Publicado hace un año. Traigo ésta entrada, porque hoy volví a soñar con la cara de aquel niño. Ya era adulto, aparecía tras una esquina, por la noche, llovía (esto me alegró, -dado el calor que hacía-, no tanto por el chaval/hombre, que se mojaba…

Os dejo:

Señor! Sabe vd. de cuentas?

Llevaba tiempo sin soñar.

Ya os dije ayer que quería destapar la caja de la locura de las drogas. La pasada noche, tras publicar sobre el éxtasis y la valenciana, dormí bien. Profundo. De un tirón. Incluso me sorprendí de no levantarme a orinar más de una vez como casi cada día.

En la última fase REM del reparador sueño, algo se torció y volví a las andadas de las pesadillas negras. Al oscuro submundo de los recuerdos tibios, donde estímulos sexuales suplicaban por formar parte de sueños protagonizados por drogas.

El de ayer se caracterizó de la siguiente manera: Me encontré en un callejón oscuro, cetrino, el olor a orines convertía el estremecimiento del temor que sentía en algo secundario. Sin parpadear en exceso, me encontré persiguiendo unas caderas anónimas. El vaivén del culo que las conducía por callejones estrechos, por rellanos y escaleras sinuosas me guiaba hipnotizado sin fijarme por donde iba. Sin poder evitar pisar o empujar a transeúntes anodinos y anónimos en el frenético viaje.. Al llegar a un cuarto piso, abrirse una puerta y cruzarla la zagala perseguida, una imperceptible y amarillenta luz impregnó el rellano. Rauda, semi-cerró tras de si interponiendo un pie tras la puerta y a través de la gatera del visor me preguntó:

  • Qué quieres?

Iba a zozobrar en el intento de ímpetus ociosos en busca de sexo ajeno cuando de mis labios salieron las temibles palabras..

  • Dos gramos.

  • Espera. Espera aquí. -siseó gandula al comprender que estaba a salvo-

Mientras observaba a mi alrededor.. viejas acuarelas en pálidos colores. Una silla trona de bebé, un peluche oso sin un ojo en un rincón, el sofá, de terciopelo verde, había conocido años mejores. Al fondo del pasillo la luz de neón de un fluorescente parpadeaba al unísono que se oía el cebador que lo prendía. Un olor a puchero con caldo, humeante, provenía de aquel cuartucho. Deduje que era la cocina, donde algún plato de cuchara hervía sin pausa.

Mientras rebuscaba en la billetera los arrugados billetes recién cosechados, un crio salió de detrás de una cortina.

  • Señor! Sabe vd de cuentas?

El crio, no más alto que el respaldo de una silla, portaba entre sus manitas un lápiz y un cuaderno de cálculo. La editorial de la portada me catapultó cuatro décadas atrás, convirtiendo su gesto solícito en mi cara tras mi madre.

En el sueño, vi como poniéndome en cuclillas allí mismo en el zaguán de la vivienda, permitía al pequeño sentarse en una de mis rodillas mientras entre los dos nos aplicábamos en resolver unas cuentas de quebrados. Una de aquellas tipo si tu hermano se come tres partes de un pastel cortado en ocho partes iguales, cuántas te quedan?

Cuando apareció la madre con el veneno en sendas bolsitas, no pudimos dejar de intercambiar una sonrisa cómplice. Guardo la droga en un bolsillo, acarició los cabellos del niño con ternura y me besó en una mejilla.

Guardé mi dinero de nuevo. Ya no necesitaba nada para mi ración de felicidad diaria. Mal negocio has hecho hoy -pensé para mis adentros- mientras al ver su sonrisa transformarse en mueca, me despedía de ambos.

Luego, perezosamente, desperté. Con una sonrisa en los labios.

Aquel niño fue un rayo de sol entre la basura..

Añoranza de los gritos de casa

– Mamá! No hay papel en el water pequeño!

He querido empezar con esta frase en primer lugar, porque a todos, por norma general,  nos retrotrae a la infancia. Bien sea a la nuestra, bien a la de nuestros hijos.
A mi en concreto, que la escuché el otro día en casa de unos vecinos, mientras les dábamos el pésame por el reciente fallecimiento de un familiar, además de sacarnos una sonrisa que rompió el frágil momento, me hizo pensar en cómo estos asuntos de intendencia familiar apenas habían cambiado nada en décadas. Igual lo único diferente, radicaba en que cuando hace cincuenta años era yo quien gritaba, la mayoría de las casas sólo poseían un lavabo y un water incorporado, por lo demás, todo parece seguir igual.

Por mi edad, hace ya tiempo que perdí el contacto con niños pequeños,  si que es cierto que aún deambula por casa de forma itinerante una hija. Ella dice que vive con su novio. Pero, qué queréis que os diga? Uno vive donde duerme. Y si la mayoría de los días,  (de las noches en este caso), duermes en otra casa, en el cómputo anual, se podría decir que vive más tiempo todavía con nosotros.
En fin, que ya no tengo trato con niños pequeños.

Hace un par de semanas, je, je, je.. (me río ahora de lo torpe que estuve), llamó a la puerta el hijo pequeño de Tony,  el vecino de enfrente. Al chaval, que apenas debe contar diez años, le faltaban las medias de hockey, y precisaba de un móvil para llamar a su madre. Sus padres están separados. El niño, apremiante en su demanda aunque ojeroso por llorar, transmitía un halo de fragilidad que no recordaba. Su madre no contestó,  su padre tampoco. Estaba a punto de invitarle a merendar como única ayuda, cuando apareció nuestra hija por la puerta que, rápida, le prestó unos calcetines suyos de futbol, al tiempo que a través de Google, se enteraba del número de teléfono de donde la madre trabajaba. Llamó y lo vino a buscar. Todo arreglado.
Todo? Miedo me da pensar en la bronca que le debió pegar, tal vez, a su ex, más tarde, por dejar al crio solo en casa.
O no? A su edad, yo ya corría por el barrio de mi Barcelona natal.
Lo dicho, que he perdido el trato con niños.

Además,  a veces me observó a mi mismo, reflejado en los escaparates, hablando con mis perros, sobre qué dirección tomar o hacia que sitio les apetece ir tal o cual día.
La imagen de viejo chiflado que debo dar a los transeúntes con que me cruzo debe de ser de pena.

Sábanas limpias

Invierno.
El rasgar con rapidez los pies al estrenar sábanas,
Ese era un momento serio.

La frialdad del Tergal combinada con el derroche de regalo.
Quien necesitaba sábanas bien planchadas cuando es niño?

Zas.!
Y el lienzo almidonado perdía la prestancia que tu madre chacha le otorgaba.
Cuantos lienzos habrás planchado madre?
Y yo me creo un artista.

Soy un viejo gruñón..

Jueves (6:02h.)
Madrugón. Ardores. No falla, comer pizza de noche (que rica..), me da ardores. Bueno, me llevaré a estos a dar una vuelta y echar un pis..

Os cuento.. Ayer, a media tarde, paseando a los canes calle arriba.

Yo siempre camino por las aceras izquierdas, la cojera se nivela con la mínima inclinación de las aceras hacia la calzada.

De repente Kas eriza pelos y las orejas vuelven en ese giro característico. Alerta.
Lua, ajena a nuestras cosas, olisquea a su rollo (comer, comer, comer…)

Setenta metros más arriba, bajando por la otra acera, cuatro críos de etnia marroquí, en edades comprendidas entre los diez y los doce (aproximación que me permito basándome en el bulto que hacen), bajan corriendo y gritando, sin demasiada vehemencia, jugando a lo que parece ser.. putear al más pequeño.

Entre nosotros, en la acera derecha, está el Lavadero del carrer Ample (Lavadero de la calle Ample), una construcción en forma de balsa, donde antaño las lavanderas del pueblo se juntaban para currar y supongo, charlar. (ojo.. mis respetos hacia todas las mujeres que se deslomaron con esta práctica)

Justo a la altura del Lavadero, los dos grupos convergemos, los que subimos y los que bajan.
Con mi mano derecha ya me he cuidado de acortar la correa.
A Kas, le tengo pillado el punto, no parece que le gusten los niños, esos cachorros que alborotan con pelotas y patines..

(algo le habrán hecho en alguna otra vida, no tengo dudas. Tampoco le culpo)
Justo al cruzarnos, el más alto de los cuatro, hace un gesto que interpreto como, vamos a tirar al pequeño al agua. Lo agarra, le estira, los otros dos se suman a la tropelía, la correa de Kas se tensa, aprieto el puño y ciño hacia el interior, el crío pequeño se zafa, su rostro muy colorado contrasta con la oscura piel, los ojos irradian un furor compungido..
Cuando aminoro mi paso y me planto, los tres disimulan.

A Kas, en sus episodios con niños acostumbro a reñirle.
Ahora me mira, incrédulo, parece estar diciéndome en reproche:
– Lo ves? Ves como tengo razón?
Mientras sopeso si llamarles la atención (hay que cuidar y medir bien siempre las palabras y/o sus consecuencias, pues la defensa de gritarle xenófobo, siempre parece sobrevolar en el ambiente), me escucho ladrar..
– POR QUÉ NO TE METES CON UNO DE TU TAMAÑO.?
Ya está (pienso), ya se soltó la bestia que no el perro.

El más alto se defiende con un lacónico y casi sin voz:
– Tiene la misma edad que yo.
– PERO ES MÁS PEQUEÑO.
– … somos amigos.

Aquí uno de los otros dos asiente, como para darle fuerza a la frase de su compañero.

Vuelvo a escuchar tronar mi voz melodiosa cubriendo los apenas cuatro metros entre las dos aceras..

  • PUES VAYA MIERDA DE AMIGOS. POR QUÉ NO DEFENDEIS AL MÁS PEQUEÑO EN LUGAR DE AYUDAR AL GRANDE?

Mientras el chico recompone sus ropas, el cuarto en discordia comenta:

  • Oh. Un lobo. Puedo tocarlo? Muerde?

  • No, no muerde. Quieres que le diga que te coma?

Ante el avergonzado y agradecido saludo del bajito, los otros tres salen corriendo calle abajo.

Kas vuelve a mirarme con su cara de peluche de husky, con los ojos como diciéndome:

  • Vamos hombre, no me jodas, si sólo tienen huesos..

(escrito en Facebook, septiembre 2014)