Sobre mis canes. Libertad?

A veces veo a mis perros con ojos distintos.
Es entonces cuando lo asocio a la mala vida que les doy.
Quién soy yo para permitirles vivir recostados la mayor parte del día en su sofá?
No serían más felices -seguramente con vida más corta- si la vivieran al trote libre por los campos?
Que puta manía, la del hombre, de amaestrar en su beneficio

Páginas dobladas

Hoy he comenzado un libro nuevo -a leerlo-, no me halaguen.
Una novela policíaca de serie negra. Lo he cogido de la biblioteca, no estoy para compras sin fin.

Aunque a veces, tras leerlos, los compro. Es como pretender poseer a una amante ajena.

Al hilo de esto último, de nuevo he descubierto cuánto me gusta encontrar rastros de otros lectores.
Las frecuentes páginas con los bordes doblados, lejos de molestarme, -también yo lo hago con los propios-  me permiten interrumpir la lectura e imaginar a mi antecesor.
Cuál sería el motivo por el que se permitió descansar en tal o cual página.. Qué causó que un doblez se encuentre cada seis o setenta hojas?
A veces, mis elucubraciones se pierden tanto, que mi historia supera la que estoy leyendo.
No sería el primer libro que aparco durante meses por haber perdido la ilusión.

Lo dicho, un placer encontrar páginas dobladas.

Cosas que hacemos que demuestran cuán inútiles somos

Esta mañana , he cogido un bombón de licor -de esos envueltos en papel de plata- y mientras le quitaba el precinto, me he alarmado sobre cuán largas tenía las uñas de mi mano izquierda.

(ojo, no soy un desaliñado, pero me ocurre que hace años tuve un accidente en dicha extremidad y me reconstruyeron parte de los dedos índice, anular y meñique, motivo por el cual, por la falta de sensibilidad, las llevo desparejadas para que sigan operativas)

Raudo, he procedido a recortarlas.
A modo de recompensa, me he regalado otro bombón.
-Que ya no he podido abrir tan bien- momento en que he decidido escribir sobre las cosas inútiles que hacemos.

He estado haciendo memoria y son tantas las actuaciones que rayan en la estupidez que lo he comentado al medio día en casa. Hemos llegado a la conclusión que no son inutilidades propias si no que las compartimos un gran número de personas. Lo cual me produce aun más desatino. A continuación dejo algunas de las que me parecen más destacadas.

– Llamamos por teléfono, preguntando por alguien, nos contestan que no se puede poner porque duerme y, automáticamente, seguimos la conversación con susurros. Pensamos tal vez que le vamos a despertar aun cuando no lo hizo con el timbre del teléfono?
– Metemos algo a calentar en el microondas y nos quedamos, igual, un minuto observando como la taza da vueltas, incluso moviendo el cuello en círculos.
– Se acaban las pilas del mando a distancia de la tv. Acto seguido apretamos con más fuerza las teclas del mismo, incluso haciendo movimientos circulares con el mismo hacia el aparato, lo de las pilas admite un sin fin de posibilidades, desde cambiar sólo una -de las dos- para, tal vez ahorrar? Guardarlas, con la esperanza de que se recarguen solas, etc..
– Abrimos la nevera repetidas veces a lo largo de la semana -aun sabiendo que no hemos ido a re-aprovisionarnos de alimentos- esperando que como por arte de magia, encontremos algo apetecible.
– Vamos por la carretera con el coche, vemos un accidente y lo primero que hacemos es bajar el volumen de la radio.
– En carretera, se nos para el coche, -y a pesar de no tener puta idea de mecánica- todos hacemos igual. Bajamos, abrimos el capó y miramos. Qué miramos por Dios? Curiosamente, si hemos pinchado una rueda, todos pasan de largo a gran velocidad.
– También en carretera, el accidente lo ha sufrido otro, los policías ya están allí peritando los hechos.. Automáticamente, aminoramos la velocidad y miramos como pidiendo explicaciones. No nos damos cuenta de que entorpecemos el tráfico? Yo he visto a policías tener que golpear en el lateral de algún coche para que siga su camino.

En fin.. podría estar toda la tarde escribiendo actitudes absurdas. Os invito, si os apetece, a compartir las vuestras.

Los orgasmos de mi vecina (1)

Escribir sobre momentos íntimos ajenos, siempre debería ser tratado con tacto y sobriedad, al tiempo que evitar no resultar vulgar, sin embargo, es inevitable no hacerlo sin un mínimo de entusiasta imaginación.

La verdad es que me atrevo a abordar este episodio, porque lo haré con autocritica,  ya lo veréis!

A ver qué sale.. De los muchos vecinos que tengo, hay unos, en mi rellano, con los que nunca hemos tenido demasiado feeling. Esto es debido al carácter fuerte aunque introvertido de ella. A partir de ahora la llamaré Eva. Cuando hace ya una década nos mudamos a este edificio, Eva ya vivía aquí,  justo pared con pared a nuestro piso. Compartimos paredes de comedor, trastero, baño pequeño y el baño grande de la habitación de matrimonio. Cuando digo compartimos paredes, me refiero a que con el paso de los años lo que realmente compartimos es una suerte de gritos, que cuando está enfurecida, parecen hacer temblar los objetos del mueble del comedor. Los primeros dos años fueron duros de locura. Eva había tenido un crio y el padre de éste se dedicaba al transporte de mercancías por toda Europa, motivo por el cual tan sólo aparecía una o dos veces cada fin de semana. Entre semana el silencio era total, el viernes noche ya se mascaba la tragedia, los sábados los muebles temblaban y los domingos los llantos se hacían interminables. Cuando ya comenzabamos a preocuparnos por la criatura, la pareja se disolvió. Los meses de vacío conyugal los gozamos de infinito silencio. Todo parecía ir bien. Por fin. Eva nunca mostró mucho entusiasmo por la convivencia vecinal. Lejos de compartir banales conversaciones de rellano, cuando te cruzabas con ella, siempre se metía rápida en su casa y el sonido de la llave accionando todos los anclajes de la puerta blindada desde dentro, denotaba cierta desconfianza que, dada la no lejana separación,  nos hacía sospechar la mala manera en que se había separado del padre de su hijo.

Qué equivocados estabamos entonces. El primer episodio me tocó sufrirlo un día saliendo del ascensor en el parking. En el mínimo espacio donde abocan los dos ascensores se encontraba ella con su niño recostado en un cochecito de bebes. Nada más abrirse la puerta se retiró de un salto, fue tanto el gesto, que mis perros, alarmados, soltaron un ladrido, el niño rompió a llorar…

Luego me explicó, más calmada, que era alérgica a los perros. Lo que en realidad ocurría es que le daban pánico,  pero ese sentimiento es difícil de asumir de buen grado. Con los años, el miedo a mis chuchos -más buenos que el pan, dicho sea de paso- se ha convertido en fijación, traspasándoselo a su hijo además, motivo por el cual nuestra mínima convivencia es cero. Si escuchamos descorrer los cerrojos cuando coincide vamos a salir, ralentizo mi salida de casa para no coincidir. Todo sea por la buena convivencia. Hace un par de años, una nueva pareja ha entrado a vivir en la casa. Alguna vez coincidimos en el ascensor y cautamente me explicó que también a él le amedrentanban los perros. Vaya por Dios! Os podéis imaginar que cualquier pequeño incidente se magnífica. Por ejemplo, yo que trabajo de noche y al llegar pasadas las seis de la mañana, mis perros “me saludan” y ya la tenemos liada. Con los años se han convertido en -esos gilis que viven al lado- Quiero decir, sin extenderme ya mucho más, que no nos caemos muy bien mutuamente. Hace un par de meses, sin rayar en lo escatológico, me encontraba sentado en el wc, tablet en mano, recomponiendo uno de estos escritos, creo que era el de “el armario de la Alpujarra”…

https://montxomon61.wordpress.com/2014/11/14/la-ley-del-pendulo-o-el-armario-de-la-alpujarra/

…porque me costó escribirlo sin perder la compostura de tanto reírme recordando la situación y la cara de Eduardo, cuando de repente escuché unos inequívocos gemidos que provenían del otro lado de la pared de la bañera. En rítmicas sucesiones se escuchaban ahogados gemidos sin llegar a vehementes grititos. No os negaré que dejé de escribir (creo que fue cuando casi el armario estuvo a punto de caerseme sobre la cabeza), y me paré,  silencioso, a esperar la siguiente retahíla de fugaces murmullos. En su lugar, escuché el inequívoco estertor del vaciado de él. Unos rápidos pasos y el correr del chorro de agua. No le di más importancia, en realidad no la tiene. Sin embargo, si que es verdad que comencé a mirarla, en las escasas ocasiones en que nos hemos cruzado (sin canes), con ojos más amables. Otras dos semanas después,  y en similares circunstancias,  volví a escucharles. Mi imaginación me obligó a hacer una reseña para cuando pudiera reflejar en un escrito amable este episodio. Se lo comenté a mi esposa, la cual, divertida, me contestó: – Déjala,  que recupere el tiempo perdido. También yo la escucho a veces cuando estoy en  el baño. Y.. Aquí estoy. Escribiendo sobre los orgasmos de mi vecina, que dicho sea de paso, ya no me cae tan mal.