Cuatro años sin Chávez.

Recuerdo, ahora hace cuatro años, el revuelo que se formó tras el fallecimiento de Hugo Chávez.

Parecía que el mundo latinoamericano iba a acabar con él. No postularé yo ahora sobre el sujeto, pero hay que admitirlo, poseía un carisma que para nada su sucesor heredaría.

Recuerdo mi particular responso que le dediqué hace cuatro años. Acababa de ver, entonces, una entrevista a su ex-mujer, y no andaba yo muy empatico para con su persona.

Hoy he encontrado el borrador de aquellas palabras póstumas. Decían asi:

Oigo por radio que van a embalsamar a Chávez, y a exponerlo en el Museo de la Revolución.
Y… aquí, en el 92, con motivo de las Olimpiadas, nos estirabamos de los pelos por el Negro de Banyoles..
Luego dirán que no quieren preservar el Chavismo constitucional o institucionalmente en Venezuela.

La bandera de Venezuela a media asta en Donosti.

Yo lo flipo..!!

Y nuestro Principito vuela en representacion, hacia Venezuela, esta noche…  supongo será para decirle al oído: Ya te dijo mi viejo que te callaras.
Aunque el que lo flipó, sin duda, fue el ” negro” de Banyoles.

Páginas dobladas.

Escrito en Facebook, ahora hace justo un año. No recuerdo si lo publiqué también aquí, andaba muy liado en aquellas fechas.
Es una de las reflexiones que más me agradan.
PÁGINAS DOBLADAS.
Hoy he comenzado un libro nuevo, -a leerlo-, no me halaguen.
Una novela policíaca de serie negra.
Lo he cogido de la biblioteca, no estoy para compras sin fin.
Aunque a veces, tras leerlos, los compro.
Es como pretender la ilusión de poseer a una amante ajena.
Al hilo de esto último, de nuevo he descubierto cuánto me gusta encontrar rastros de otros lectores.
Las frecuentes páginas con los bordes doblados, lejos de molestarme, -también yo lo hago con los propios- me permiten interrumpir la lectura e imaginar a mi antecesor.
Cuál sería el motivo por el que se permitió descansar en tal o cual página…
Qué causó que un doblez se encuentre cada seis o setenta páginas?
A veces, mis elucubraciones se pierden tanto, que mi historia supera la que estoy leyendo.
No sería el primer libro que aparco durante meses por haber perdido la ilusión.
Lo dicho, un placer encontrar páginas dobladas.

La edad nos pone en nuestro sitio. 

Hoy he vuelto a ver El señor de la guerra. Con Nicolas Cage.

Hay una frase (cuando su mujer lo pilla en lo que hace), que dice:

“No es por el dinero. Se me da bien”.

Buff. Palabras mayores (dentro del contexto)

Yo, que aunque alguna vez me he deslizado por el lado oscuro…

No.. No vendi armas.

… Estuve recapacitando.

Mi manera de conducirme por la vida me hizo repensar sobre qué era lo valioso de la vida.
Tengo una hija.
Para nada tiene que ver mi relación con ella con la que yo tuve para con los míos.
Mi hija es… Se ha convertido en…
El orgullo me supera. No hay palabras que definan un sentimiento.

Hace años, mi amoralidad me hubiera hecho babear al ver esta película.
Ahora, mientras la vuelvo a ver, una mezcla de asco y repugnancia, me sube al gaznate.

Supongo que un buen epitafio para mi lápida podría ser:

Se me dio bien, no fue por el dinero.

La huerta de Ávila

LA HUERTA DE ÁVILA, (recuerdos de mi niñez)

Mi tío (el marido de una tía-bisabuela), había sido el Jefe de Ganadería de una de esas regiones del centro peninsular en tiempos del Dictador. No sé qué tipo de cargo debía ostentar, pero si sé lo que me contaron siempre de pequeño, esto es: Tras el fusilamiento del hermano de mi tía bisabuela y padre del mío por los Nacionales.
https://montxomon61.com/2016/11/09/carta-de-mi-bisabuelo-momentos-antes-por-ser-fusilado-por-rojo/
Mi abuelo enviaba a mi madre y a sus dos hermanos pequeños, todos los veranos a Ávila – a la Huerta de Ávila-, allí, durante el periodo estival, los engordaban como si fueran cerdos a cebar, antes de devolverlos a la Zaragoza de posguerra en zona conquistada.

Mi madre siempre nos contó sobre lo agradecida que estaba por aquellos veranos de sol y alberca, pinos y embutidos. Nada que ver con las lentejas con piedras que le esperaban cada invierno en casa de su madre, cuando había suerte.

A mis once o doce años, -creo-, me llevaron un mes de julio a aquella casa.

 

La huerta de Ávila,

las rodillas rasgadas.

Los codos con roña,

las uñas sucias de tierra.

Los ojos vivos..

 

Así me gusta recordar la Huerta de Ávila.

La que yo conocí.

Junto al colegio de niños huérfanos de la Guardia Civil.

Tenían un Toro de Guisando en el porche.
Ahora lo valoro más.
Antes, me lo miraba con ojos de como quien pone un enano de jardín.

 

Carta de mi bisabuelo. (momentos antes de ser fusilado por rojo)

carta-bisabuelo

A mi mujer y mis hijos recomiendo en los últimos momentos de vida, que sean como yo he sido siempre y que perdonen…

 

Este es el único recuerdo que tengo de mi bisabuelo materno. El padre del dentista, del que os hablaba el otro día en:

https://montxomon61.com/2016/11/05/la-bola-de-papel-de-plata/

 

 

La bola de papel de plata.

Hoy he recordado una tierna historia de infancia. Como hace tiempo que no escribo sobre temas amables, he pensado traerlo aquí para, de paso, recrearme con el recuerdo.

Mi abuelo era dentista. Tenía “La Consulta” en la misma vivienda. Esto que ahora, a todas luces parece traído de otra época, pues las clínicas de hoy en día, tal y cómo las conocemos, son Centros a pie de calle no sólo perfectamente acondicionados sino pensados en el cómodo acceso al mismo, no fue siempre así. Antes, muchos negocios estaban en pisos.

En cualquier caso, para nosotros, que veníamos de la capital, no nos parecía muy normal. Mi abuelo vivía en un segundo piso, con entresuelo y principal además de un medio piso donde estaba el portero, Julián. Éste fabricaba correas de badana para escopetas en el pequeño cubículo adjunto al ascensor, yo me quedaba embelesado cuando era crío (y de no tan crío al ver las tremendas posibilidades económicas que el puesto de trabajo permitía), pero eso es otra historia.

En fin, que mi abuelo tenía la consulta en un cuarto piso. El acceso, además de por los interminables tramos de escalera -edificación antigüa, techos altos… igual a tres tramos de siete, nueve y siete escalones por piso-, se hacía a través de un ascensor de madera labrada, con cabida para tan sólo tres personas (incluyendo un cartel donde aconsejaba que fueran dos) y con un banco con un mullido cojín de terciopelo que, para nosotros niños de capital, nos parecía el súmmum de la antigüedad por excelencia. Era una gran jaula de madera con ventanas de cristal tallado que permitían ver hacia los cuatro puntos cardinales de la citada escalera.

De “la consulta” y sus dependencias hablo otro día. Hoy me quiero centrar en lo que da título al texto. Mi lugar favorito de la casa de mi abuelo era El taller. El taller era una suerte de cubículo que mi abuelo había acondicionado en el segundo aseo de la vivienda (unos tres metros cuadrados mal contados) , junto a la cocina. Mi propio abuelo, había cubierto el inodoro con una tabla -forrada de chapa-, con un cortinaje tupido por delante que escondía la taza. Al fondo había una ventana que permitía luz natural al cubículo. Bajo ésta y sobre la mesa, a contra corriente de las pocas veces que la ventana se abría, un viejo torno eléctrico con múltiples fresas servía para, bien pulir dientes postizos, bien para bruñir el oro de los puentes, o lijar los paladares de resina que él mismo fabricaba. También había un soplete itinerante con una manguera dúctil (que a un niño de capital ofrecía muy poca fiabilidad), que salía de la pared adjunta, la de la cocina.

La parte derecha del habitáculo también contaba con un viejo y breve mueble cajonero de cocina que impedía la apertura total de la puerta y que hacía las veces de banco de trabajo, tenía dos pequeños cajones que no cerraban bien debido al uso, una alacena y un hueco para el cubo de desperdicios. El cajón izquierdo estaba repleto de las herramientas  -específicas o no-, para el desempeño de la actividad, el cajón derecho estaba dedicado a la escombrera que producían los descartes de escayola de los moldes que hacía a sus pacientes. La alacena contenía un saco de escayola. Sobre la mesa, recipientes de caucho, moldes, prensas y toda una suerte de artefactos.

Una escena habitual era ver a mi abuelo correr por el pasillo -mientras los nietos asistíamos absortos en la salita de la casa a las canciones de mi abuela-, desde “la consulta” al taller, con un molde del paladar de un paciente para realizar el negativo en escayola, mientras la enfermera mantenía el decoro de cara al boquiabierto (permitidme la broma), paciente.

En fin, que me pierdo…

En el taller  había, además, una variopinta colección de estantes, colocados sin rigor alguno, donde se amontonaban cajas de muestras de dientes completas. Clasificados por tonos de colores, tamaños, etc.. También estaban los temidos “esqueléticos”, temidos porque de pequeños, mi abuelo nos hacía rabiar accionando estos instrumentos en plan: “corre, corre, que te muerdo”. Éstos eran una especie de molde articulado en forma de mandíbulas donde se montaban las dentaduras postizas. Imaginaos a mi hermana y a mi, igual con tres y cinco años respectivamente, corriendo por los pasillos con mi abuelo detrás cerrando y abriendo el chisme..

Sobre la mesa, a la izquierda, mi abuelo tenía una bola de papel de plata. Era del tamaño de una pelota de tenis, puede que algo inferior. Mi abuelo se entretenía en quitarle la finisima capa de papel al papel de plata con que se envolvía antes las tabletas de chocolate. Si, ya sé que ahora también, pero el papel empleado antes era distinto, más plomado. Con mucha paciencia -de la que nosotros carecíamos-, mi abuelo se entretenía en separar las finas planchas de papel de plata y darle forma a la bola, capa a capa, ayudandose por un pequeño martillo de marquetería. De esta manera, cada vez que íbamos a verles (navidades, verano), siempre -lo primero de todo-, era ir a comprobar cuánto había crecido la bola de plata.

Muchas veces, a lo largo de mi vida, he intentado emular aquella entrañable actividad. Nunca conseguí la paciencia suficiente de conseguir algo más grande que una canica.

 

 

Déjà vu…

No os pasa que de repente decís algo, tan solo una frase y, como en un déjà vu, recuerdas que tal frase, tal comentario te lo hizo un familiar, un padre, un abuelo…
A mi me pasa a menudo cuando hablo con el gato.
– En realidad tengo una gata. Y no, no me responde.
Sólo me mira.
Me refiero a esos:

– Tira para allá.

o..

– Quita de en medio, no seas pesada.

Frases que medio musito, medio hablo, siempre con tono cariñoso.
Es entonces cuando mi memoria me juega malas pasadas recordándome:

– Esto lo decía papá.

– Ésta frase se la escuché al abuelo..

La realidad me devuelve al hecho de que me hago mayor, no mayor de viejo (que también), sino más bien a darme cuenta de cómo es la realidad de la vida cuando los hijos ya no están en casa; o de cómo cada uno (mi esposa o yo), tiene su espacio y nos volvemos más reflexivos, teniendo “conversaciones” para con uno mismo.
El gato (gata en mi caso), tan solo está ahí.
Como un perrito faldero, acompañándome a cada paso.

Inevitablemente parece que es con ella con quién más hablo al cabo del día. Y con los perros.
También me ocurre con los olores. Generalmente son los olores los que me transportan a otros tiempos.
Me llevan a tener referencias.
Visitando con mi hija un supermercado en el que trabajé en el 91 o 92, -debía ella contar siete años-,  recuerdo con nitidez sus palabras:

– Qué bien papá, huele a calentito de cruasán..

A menudo, cuando entro en panaderías, en supermercados, los aromas me devuelven los recuerdos de éstas palabras.

También es cierto que cuando “heredé” la máquina de afeitar de mi suegro, el olor del pelo acumulado en las entrañas de la máquina me llevó directamente a mi niñez, cuando como niño pequeño observaba afeitarse a mi abuelo.

Me gusta cómo dicen, algunas personas,  “esa olor”, denota de donde son y me parece divertido. Yo por ejemplo siempre utilizo “ese olor”.
Es importante. porque llegará un día en que cuando lo vuelva a oír, el recuerdo me devolverá a ésta conversación y eso es grande.
Comprendéis..??
Generalmente hablamos y hablamos sin dejar huella en los demás, solo empatizámos cuando conseguimos tener conexiones.
Eso está bien.