La edad nos pone en nuestro sitio. 

Hoy he vuelto a ver El señor de la guerra. Con Nicolas Cage.

Hay una frase (cuando su mujer lo pilla en lo que hace), que dice:

“No es por el dinero. Se me da bien”.

Buff. Palabras mayores (dentro del contexto)

Yo, que aunque alguna vez me he deslizado por el lado oscuro…

No.. No vendi armas.

… Estuve recapacitando.

Mi manera de conducirme por la vida me hizo repensar sobre qué era lo valioso de la vida.
Tengo una hija.
Para nada tiene que ver mi relación con ella con la que yo tuve para con los míos.
Mi hija es… Se ha convertido en…
El orgullo me supera. No hay palabras que definan un sentimiento.

Hace años, mi amoralidad me hubiera hecho babear al ver esta película.
Ahora, mientras la vuelvo a ver, una mezcla de asco y repugnancia, me sube al gaznate.

Supongo que un buen epitafio para mi lápida podría ser:

Se me dio bien, no fue por el dinero.

Tres amigos se encuentran…

El otro día me contaron un cuento.
Eran tres amigos que filosofaban acerca de su supuesta desaparición, y de cómo harían para volver a juntarse pasados los años.
El primer amigo era “el agua”, que argumentaba:
– No tenéis por qué preocuparos. Dentro de muchos años, de una forma u otra, allá donde encontréis grandes mares, o enormes icebergs o simples riachuelos.. Allá me encontraréis..
El segundo amigo apoyó las palabras del anterior argumentando:
– Pues claro. Allá donde encontréis fuentes de calor, cuando miréis en dirección al sol, etc. allí me encontraré yo.
Afirmaba “el fuego”.
Sin embargo, el tercer amigo permanecía cabizbajo y meditabundo ante la exposición de las palabras de sus amigos.
Ante el pesimismo mostrado, sus compañeros le preguntaron el por qué de su actitud, a lo que éste contestó:
– Es sabido por todo ser vivo, que cada vez que yo desaparezco, nunca más mis amigos vuelven a querer saber de mi.
Repuso “la confianza”.

Asumiendo…

Asumiendo qué poco importa lo que carece de importancia.

Hace un par de días, cogí ese puñado de calcetines desparejados (hacia semanas que los veía tumbados, displicentes, en provocadora actitud de enseñorearse altivos por la zona conquistada, sobre la cómoda), y, harto, decidí “casarlos” por cojones.

Calcetines sublevados a mi!!

Ya no pensé más en ello. 

Esta tarde, al ir a vestirme, al coger un par al azar, salgo por el pasillo y mi esposa me dice:

– Pero has visto cómo vas? Llevas un calcetín de cada…

Bajo la mirada (tras meter tripa) y pienso: Los pantalones y las botas los cubren.

Mi esposa, que sin duda me conoce, me dedica una sonrisa reprobadora y ella sola se contesta:

  • Luego te faltará un par de cada.

La miro, me miro en el espejo del zaguán y contesto:

  • Pues los emparejaré igual. Otra manía menos.