Luis Tosar (Frases de actores que ayudan a reflexionar)

“Sueño que estoy en pelotas y que todo el mundo me mira”
Luis Tosar.

Yo, con frecuencia, sueño lo mismo. Y además, cagando. La sensación de no saber bien qué cara poner, es terrible.
(Con los años, el sueño es el mismo… Pero he aprendido a saber explicar que sólo es un sueño y que en realidad no me ven)

Supongo que he desarrollado una extraña capacidad de autocrítica…

Nunca me funciona.

  • Mira hermano, yo soñé esa situación (sin cagar) durante algún tiempo, la sensación de vergüenza y ridículo era angustiosa. Pero desde hace un tiempo (en el sueño) comencé a pasar de la vergüenza y el ridículo, y me paseaba por el sueño completamente desnudo sin preocuparme ni avergonzarme lo mas minimo. De momento nunca mas se ha repetido el sueño.

Igual somos demasiado previsibles, no?

Enterrando el alma.

“Vaya 20 minutos a un cementerio y verá que sus preocupaciones no desaparecen, desde luego, pero casi son superadas… Es mucho mejor que ir a un médico. Un paseo por el cementerio es una lección de sabiduría casi automática”
Emil Cioran.
Gran consejo.
A veces, coincidiendo con el paseo de mis perros, me permito entrar en el camposanto del pueblo. Pasear observando nada más.
Reencontrarse con uno mismo. Fijarse en cómo y cuánto han cambiado las maneras de rendir tributo a nuestros antepasados. Desde los panteones a las flores de plástico.
Desde los bronces bruñidos a los parterres abandonados.
Desde los nichos a pie, a primera vista, a los de la quinta o sexta fila en alzada.
Los verdes del musgo apoderándose del lugar. La humedad. El crujir de la grava a cada paso, como si fuésemos a molestar a los inquilinos.
Los majestuosos cipréses, erguidos o vencidos al viento cual guardia de honor…
Un paseo por un cementerio es un gran ejercicio de introspección. De comparar qué tipo de vida llevamos o hemos ido consiguiendo.
Despues de todo tarde o temprano alguien realizará ese mismo paseo y podremos sentir, en última instancia, su energía desde detrás de las lápidas.
Sólo de lo que hagamos en vida, redundará cuan solos permanezcan nuestros restos.

GLORIA.

Hoy me he enterado de la muerte de una amiga, de una amiga de mi mujer para ser exacto.

Al margen del hecho en sí, perdóname Romà, no es mi intención banalizar tu dolor, me ha dado mucho en qué pensar.

Hace siete años, no sabía nada de Facebook. No sabía de sus posibilidades para reencontrar/acercar/compartir/crear  nuevas y/o viejas amistades.

No sabía, ni me importaba (prácticamente), las razones por las que la gente moría…

Si tenías suerte, algún amigo te comentaba por la calle… Te llamaba por teléfono en el mejor de los casos, y te jodía el día con un:

  • Sabes quién se ha muerto?

La conversación que comenzaba fría e impersonal, generalmente se tornaba frívola cuando “recordando” las aventuras del finado, éstas se mezclaban con las propias en hilarantes situaciones que acostumbraban a desterrar miedos y “yuyus” varios.

Ahora la inmediatez del día a día de cualquier Red Social, que nos mantiene atentos a las fruslerías absurdas de los copi-pegas con los que pretendemos clamar atención… Nos permite también estar al día de los males ajenos.

Yo no tengo muchas amistades virtuales (es archiconocida mi actitud castrante al respecto), sin embargo, no puedo dejar de observar como el tanto por ciento de muros fantasmas crece sin cesar.

No voy a hacer una macabra estadística de los porqués se muere la gente, pero sí creo necesario comentar que la palma se la lleva los aquejados por cánceres varios.

No soy tan mayor, 55 años tengo, quiero decir que el grueso de las amistades que conozco no excede en muchos esa edad, me parece terrible lo que esta enfermedad hace cada vez más a menudo. Generalmente son personas jóvenes, no es que merezcan morir otras mayores antes que ellas, pero se hace muy raro que esta enfermedad en concreto parezca hacer voltear sin sentido las estadísticas.

 

Donde van los ladrillos, cada uno de ellos transformado en ideas, pensamientos, dulzura, corazón… De los muros virtuales que ya nunca serán decorados por los arquitectos que los construyeron?

 

Gloria, fue un placer conocerte.

En la cola del supermercado.

En la cola del supermercado.

Mientras espero en la cola del supermercado, observo en silencio cómo un disciplinado y atento empleado, le aconseja a una señora mayor, que debería traer su propia bolsa, ya que las bolsas de plástico son malas para el medio ambiente.

La señora pide disculpas y explica:

“Es que en mis tiempos, no había esta “moda verde” que tienen ustedes, los jóvenes de ahora”.

El empleado, perdiendo parte de su cortesía, –que entiendo debería mantener,  por lo menos por tratarse de una anciana-, (Impertinente seguramente -también yo lo fui-, porque su suficiencia de pretender decir todo lo que se piensa, es lo que se llama libertad de expresión), insiste:

“Ese es ahora nuestro problema, que su generación no puso suficiente cuidado en conservar el medio ambiente.”

Tiene razón: Nuestra generación, la de mis mayores, no tenía esa “moda verde” en esos tiempos. Sin embargo, no puedo dejar de reflexionar sobre lo que aún yo conocí de los tiempos en que compartí con la generación de mis abuelos.

En aquellos tiempos, los sifones, las botellas de leche, las de vino o las de gaseosa y las de cerveza se devolvían a la tienda.

La tienda las enviaba de nuevo a la fábrica para ser lavadas y esterilizadas antes de llenarlas de nuevo, de manera que se podían usar las mismas botellas una y otra vez. Así, realmente, entiendo, se reciclaban.

Subíamos las escaleras, porque no había ni escaleras mecánicas ni ascensores en cada comercio. Íbamos andando a las tiendas en lugar de coger el 4×4 para recorrer los doscientos que dista de su casa en vacaciones para ir a comprar la barra de pan para el desayuno.

Recuerdo haber visto a mí abuela, incluso a mi madre, lavar los pañales de los bebés porque no los había de contaminante celulosa. Se secaba la ropa en tendederos al sol, en las azoteas, no en secadoras que funcionan con 220 voltios emitiendo aire caliente a la calle. Era la energía solar y la eólica las que secaban verdaderamente nuestra ropa. Los chicos usaban la ropa de sus hermanos mayores, no siempre prendas nuevas.

Entonces teníamos en casa, una radio, algunos, con suerte, una televisión, no un tele en cada habitación. Y la TV tenía una pantallita del tamaño de un cuadro, no una del tamaño de un ventanal. En la cocina, -recuerdo-, se molía y batía a mano, porque no había máquinas eléctricas que lo hiciesen por nosotros.

Describir la sensación del aroma del café, tras verlo caer en aquel pequeño cajoncillo de madera triturado irregularmente, era un privilegio no menor al hecho de que mi abuela me permitiera accionar la manivela del molinillo.

Recuerdo que para empaquetar un regalo o para hacer un envío por correo con algo frágil, usábamos periódicos arrugados para protegerlo, no cartones preformados o gusanitos de porexpán. En esos tiempos no arrancábamos un motor y quemábamos gasolina sólo para cortar el césped; usábamos una podadora que funcionaba por tracción a músculo. Hacíamos ejercicio trabajando, y no necesitábamos ir a un gimnasio para correr sobre cintas mecánicas que funcionan con electricidad.

Bebíamos del grifo cuando teníamos sed, en lugar de usar vasitos o botellas de plástico cada vez que teníamos que tomar agua. Y cambiábamos las cuchillas de afeitar en vez de tirar a la basura toda la maquina afeitadora sólo porque la hoja perdió su filo.

En aquellos tiempos, la gente tomaba el tranvía o el autobús y los chicos iban en sus bicicletas a la escuela o andando, en lugar de usar a su mamá como taxista las 24 horas. Teníamos un enchufe en cada habitación, no una regleta de enchufes para alimentar una docena de artefactos. Y no necesitábamos, aparatos electrónicos para recibir señales desde satélites situados a miles de kilómetros de distancia en el espacio, para encontrar la pizzería más cercana.

Así que me parece lógico que la actual generación se queje continuamente de lo irresponsables que eran, los ahora viejos,  por no tener esta maravillosa “moda verde” en sus tiempos.