Round de cariño.

El otro día tuve un round de cariño.

Para explicar esto me debería remontar un poco en el tiempo y hasta quizá permitirme algún prólogo. Intentaré ser conciso para no aburrir..

Mi esposa y yo tenemos la misma edad (54) Estamos juntos desde hace algo más de una década y casados desde hace cuatro años. Ambos hemos tenido matrimonios fallidos y diversas parejas anteriormente, lo cual nos permite ver con cierta perspectiva y anticipación los posibles problemas que cualquier matrimonio enfrenta en el día a día de la vida en común. Ambos somos “hippies irredentos” que hemos llegado a nuestra madurez tras un consumo de “sustancias” más o menos permitidas. Hemos vivido la emancipación de los hijos. Afrontado mil vicisitudes y en líneas generales vivimos todo lo felices que hoy en día se puede uno sentir.

Como es lógico en todas las parejas, -a pesar de las fanfarronadas de las que todos presumimos- también nosotros hemos pasado de follar todos los días a hacerlo más bien poco. A lo largo de los años de relación, la edad acumulada, el inevitable descenso de la lívido durante los años que le duró la menopausia, cansancio por el trabajo, deterioro físico y un largo etc de factores típicos, nuestros encuentros sexuales han ido disminuyendo en cantidad, no así en calidad -de esto hablo otro día- trocando nuestros escarceos en otro tipo de relación, igual menos física pero si más comprometida.

Hablar con sinceridad y determinación sobre estos aspectos no siempre resulta cómodo. Así y todo debo reconocer que nuestra compenetración me llena tanto o más que un acto sexual estándar. Vamos.. es, salvando las distancias, como cuando percibes una experiencia tántrica que te deja satisfecho.

Dado el carácter de nuestros trabajos, ella trabaja de día y yo de noche, y que los perros, fieles hasta el aburrimiento, “nos dan la bienvenida” cada vez que a cualquier hora se abren puertas.. -también influye ya la comodidad, los hábitos…-hace un año largo que dormimos en habitaciones separadas-.

Ahora, ya sin más, os cuento:

El otro día llegó algo más pronto de su trabajo. Yo todavía permanecía en la cama. La escuché entrar, como en sueños, -previamente había escuchado el ladrido del lobo-, entró, se sentó en mi cama y, retirando el embozo se escurrió dentro de ella, vestida.

  • Mira que bien! -pensé para mi- Hoy toca fiesta!

Lejos de mis expectativas, se me abrazó, cruzando bajo mi cuello su brazo derecho y pegando su cuerpo al mío. El mero roce de sus pechos contra el mío, me reveló una incipiente erección a la que tras darse cuenta rió en mi oído con un:

  • Joder! No se te puede tocar.. -y me besó el lóbulo de la oreja.

Nos quedamos un rato abrazados, yo, -perezoso- aun dormitaba y ella, tampoco se permitió muchos movimientos alentadores. El conocimiento mutuo -lo que os explicaba antes-, permitió no forzar ningún resorte. Al cuarto de hora, quizá veinte minutos, cuando nuestros dos pares de ojos se acomodaron a la penumbra mortecina con que las tenues rendijas de la persiana permitían iluminar la habitación, me preguntó, solícita.

  • Ese bote del altillo, ese que era de galletas.. está vacío, verdad? Por qué no lo tiras? Para qué guardas todos esos botes? Tantas cosas, crees  todavía, que vas a guardar?

Sonriendo, con mi mano derecha sobre uno de sus pechos, jugueteando con el pezón a través de la ropa y sin dejar de mirar al techo, contesté:

  • Te digo yo cuantos botes -de esos herméticos- guardas tu para la yerba o las setas? De verdad crees que vamos a tener tanta cosecha este año? Tantas conservas piensas hacer el invierno que viene? Tant…

Me besó en los labios no permitiéndome continuar. Pocos minutos después -no tantos como hace años- se separaba de mi cuerpo, volviendo a ser de nuevo dos en el mismo lecho, me besaba de nuevo un “te quiero” en el mismo lóbulo y levantándose rauda fue a preparar algo de comer mientras yo permanecía perreando un rato más mirando al techo.

Cuando conseguí levantarme -un delicioso aroma me atraía desde la cocina, a mi y a los chuchos- me subí a un taburete, cogí el bote de galletas y, con mucho pesar de mi corazón lo tiré en la bolsa del reciclaje ante la mirada burlona de mi esposa…

I (14) 30 Centímetros

Ya os he hablado de I mucho en este sitio, fue mi tercera esposa.

Hoy quiero contar sobre una anécdota que ocurrió pocas semanas tras nuestra separación.

Antes debo explicar sobre la “recurrente obsesión” a la que se refiere el escrito.

Durante mi relación con I no fueron pocas las veces en que la morbosa fantasía de follar con un “negro” y, que tuviera un gran pollón además, tuvieron cabida en nuestras conversaciones. También, recuerdo, de cómo hacía gala de la misma fantasía con alguna de sus compañeras de trabajo. Con una en concreto, creo que fue la que la cautivó en el deseo de probar, entabló, en más de una ocasión, el tema de conversación a propósito.

Esta compañera suya, había mantenido una relación con un haitiano, del que no guardaba demasiado buen recuerdo, pues en una ocasión -le había confesado a I y ésta a su vez a mi- le había fisurado el ano, en un intento a toda prisa por mantener un coito en el lavabo de un bar, mientras su marido la esperaba en la barra. Dicho esto, el interrogante sobre cómo sería mantener esa relación nunca debió desaparecer de su cabecita.

No os negaré que a mi siempre me pareció el capricho de una mujer burguesa. Si bien no lo era, –I siempre fue una hippie irredenta- con la edad y el estatus que produce el puesto de trabajo, los hijos, etc.. si parecía haber convertido en burguesa su vida de cara a la sociedad en la que vivía.

Como ya comenté en los primeros capítulos de I, hay que añadir el detalle de que su primer marido, Jota, le puso muchos cuernos con amigas y prostitutas a lo largo de su vida en común. Supongo que esta circunstancia también toma cierto valor en el desenlace de esta historia.

Sea como fuere, recuerdo la siguiente conversación como una de las últimas mantenidas con ella tras encontrarnos por casualidad tomando un café en un céntrico bar de nuestra localidad, tres semanas después de separarnos.

Ella: – Por cierto.. ya cumplí mi fantasía.

Yo: – Perdona? A qué te refieres?

Ella: – Ya sabes.. lo de follar con un negro.

Yo: -…?

Ella. – Le medía treinta centímetros.

Yo: – Y, te entretuviste en medirle la polla? No me lo creo.

Ella: – Que si. Te lo digo de verdad. Un polvazo!! Ya me conoces. Y pagando eh!!

Aquí, me quedé sobrecogido. Yo ya mantenía una relación con otra mujer. Por lo cuál, el tema de celos no funcionaba. Recuerdo le dije que no me lo creía. Que si su intención era hacerme daño, no tenía ningún sentido, pues ya estaba yo con otra persona, ella lo sabía y por lo tanto, ya nada podía unirnos como para dañarnos sentimentalmente. También recuerdo que me reí de ella imaginándomela ante la situación.

– Me quieres decir que te buscas un puto. Que además debía de ser negro. Le pagas!! Y en un momento dado, sacas de algún sitio una cinta métrica para medirle la tranca? Dónde queda tu dignidad? No te creo.

No pareció muy enfurecida tras mis palabras, le dije que ya le pagaba yo el café y desapareció por la puerta.

Olvidé este tema durante meses. Luego, sin más. Apareció de nuevo, en mis pensamientos. Qué lleva a una persona a rebajarse para cometer esta serie de actos? Era necesario, dado que ya estábamos separados, contarme este episodio? Era necesario (para ella) concluir el tema prostitución, tal vez para mitigar el dolor o los fantasmas de su primer marido? Era necesario recalcarme que lo había pagado? Tal era la rabia con la que pretendía cicatrizar las heridas de su corazón? Me sorprendió mucho esta confesión “fuera de tiempo”.  Durante una temporada estuve pensando que tal vez ya había calmado sus apetitos vengadores algún tiempo antes de separarse de mi. Aprovechando alguna salida. No se.. Luego desestimé la idea. Tampoco importaba ya.

La vida sigue…

I (11) El Pirineo, el ruso y la Viagra (V)

Los taburetes de la barra eran unos toscos y recios “tronos” de madera formados por cuatro troncos -supongo que a juego con el tema montañero pirenaico- con barrotes a media altura para descansar los pies y rematados por arriba por un grueso almohadón cuadrado de piel vuelta. De medidas exageradas, de unos 50 x 50 cm. Sin respaldo.

I se subió a uno y se sentó separando los muslos para colocar un pie en cada barrote, de forma que los mismos formaban prácticamente un ángulo recto, mirando hacia Viktor, posición que la obligaba a darnos casi la espalda a nosotros dos. Rápidamente entabló otra fluida conversación en su ruso inventado precipitando las carcajadas de Viktor.

Yo entablé una precaria conversación con la rusa. Dado que ambos teníamos claro que no parecía cuajar nada entre nosotros, les ofrecí reanudar otra partida.

La pareja “de más edad” se quedó en la barra. Algo comentaron sobre lo cansados que estaban o alguna excusa similar. Tras cruzarnos las miradas I y yo, comprendí que cansada no estaba, pero que prefería quedarse un rato para seguir tensando la cuerda.

-En los años que más tarde conviví con ella, me confesaría que estaba “probándome” para saber hasta que punto podría tragar con una relación abierta como tuvimos el primer año. Durante el primer año de relación nos separaron mil doscientos kms y nos vimos apenas en media docena de veces. Pero de esto ya hablaré más adelante-

Volvamos al bar..

Durante la media hora larga que estuvimos jugando al billar, gran parte nos la pasamos toqueteándonos en mil ocasiones al cruzar los tacos de billar jugada tras jugada, -por lo menos podía sobarla un rato sin miradas airadas-. Dado que el billar se encontraba retirado a unos seis metros de la barra a la derecha de ésta. Viktor, de pie frente a I, que sentada a horcajadas en el taburete le tapaba la visión, apenas tenía movimiento y yo, desde mi posición, controlaba cuando si, o cuando no, podía ser más descarado con su mujer.

No tardé en comprobar -fue el camarero el que hizo un gesto que yo interpreté a la primera- como tanto I como Viktor intercambiaban un beso en los labios. La rusa, delante de mi, de espaldas a ellos, no se enteró del movimiento. Los de la barra volvieron a las risas cómplices, las carcajadas a intervalos, a los susurros..

Así andaban las cosas cuando vi un gesto que me calentó sobremanera. Las últimas falanges de los dedos de una mano de él asomaron por debajo del leguin de I y sobre el gran cojín de cuero donde ella estaba sentada. Para ello, mi querida futura esposa, había apoyado su mano izquierda en la parte de atrás del taburete y se afianzaba con ambos pies en los estribos para permitirse levantar apenas un par de centímetros sobre el mismo.

Aquellos dedos exploradores, tres en concreto, permitían a su dueño, masajearle el clítoris por encima de la elástica y fina tela con el pulgar. -Esta visión, lo confieso, permaneció recurrente durante años para cuando precisé un estimulo y follarla con saña cuando estuvimos “de morros”-. A veces el morbo es el mejor aliado.

Andaba la rusa muy aburrida -y cabreada de sentirse anulada, pues aunque no vio lo que yo, si vio suficiente-, iba, hablaba con Viktor, -estos veían con fastidio tanta interrupción- volvía conmigo, volvía a irse.. cuando I me hizo un inequívoco gesto llevándose el índice a la nariz. Yo le contesté con una mirada que decía: “espera cinco minutos y vienes al lavabo que ya te habré preparado para empolvarte la nariz”.

A los cinco minutos justos entró en el lavabo de caballeros, se metió en el wc cerrado donde la esperaba y me soltó un:

– Gracias. Eres un sol. -al tiempo que me besaba con pasión-

Cuando se recostó en dirección hacia la cisterna para esnifar, adoptó una postura en la que me brindaba en aquel breve espacio la contemplación de su hermoso culo.

– Con tu permiso. -musité, flojito, en su oído. Al tiempo que con la mano derecha le aprisionaba un pecho por encima del jersey y con la izquierda franqueaba los elásticos del leguin y el tanga a la vez y comprobaba cuán húmeda estaba-. Quiero comprobar tu sabor. He visto los dedos de él y se que debes estar chorreando.

– Cómo me conoces.. déjame chupar mi excitación. -Me dijo, metiéndose mis dedos en la boca-. Que tal con la rusa? -añadió-

– No hay nada que hacer. Solo está por su marido.

– Lástima, si nos libramos de ella hacemos un trio..? ¿Qué te parece..?

– No se yo. No te creas que me hace mucha gracia. No sabes lo cachondo que me he puesto cuando le he visto tocarte el coño..

– Toma. Por si acaso. Hoy quiero que tu o el otro me folléis bien follada. -Y me metió en la boca una de las pastillas azules de su marido-.

I (10) El Pirineo, el ruso y la Viagra (IV)

El viaje en el 4×4 resultó corto. Del restaurante a la zona de copas apenas había un par de kms. Fue el frío y el barro lo que nos decidió a ir en auto en lugar de callejear.

En el primer bar tan sólo ofrecían tapas y sidra -nos escanciaron un par de botellas- luego nos trasladamos a otro con más música y menos luz. También con un billar. Como estábamos fuera de temporada, apenas había otros clientes, motivo por el cual, la entrada de cuatro personas significaba que el único camarero se desviviera por nuestra compañía -más aun cuando se percató del percal con que las extrañas parejas se movían-.

La primera opción, tras pedir las copas, -ellos vodka, ella con lima, él con hielo, Nosotros bourbon. I con cerveza, yo sólo sin hielo- fue apoderarnos del billar.

El billar es un juego donde no es necesario destacar para conseguir objetivos secundarios. Permite una serie de roces e insinuaciones en los mismos, con la excusa de “yo te enseño” donde los acercamientos están permitidos sin levantar excesivos recelos.

Por supuesto las parejas en el juego fueron las mismas que en el coche. La rusa accedió de mala gana y yo transigí… el morbo de lo que todavía no era ninguna relación le podía al sentimiento ¿celoso? de lo que pudiera ocurrir. Y en el peor de los casos.. las sofocantes curvas de la camarera del restaurante me movían a pensar que no terminarían las vacaciones en saco roto.

Perdimos tres partidas seguidas. Motivo por el cual I se mostraba pletórica en sus vehementes movimientos y Viktor se dejaba hacer. Además, me observaba con menosprecio a medida que se sucedían las tacadas de bolas partida a partida. Para nivelar el cariz que tomaban sus gestos me propuse herirle de la misma manera. Me concentré en la cuarta partida y en el culo de la rusa. Cada bola que metía en una tronera lo celebraba con una cada vez más atrevida palmada en el trasero de su compañera, hasta permitirme, mantener la misma, en su cintura baja mientras él jugaba su turno.

La rusa, permitía mis cada vez más descaradas caricias,-de alguna manera, se vengaba del vacío con que su marido la había tratado hasta ahora. Sin embargo, desde el principio comprendí que no tenía nada que hacer. Sólo me permitiría cabrear a su esposo. Esas cosas se saben. Con esa certeza, seguí provocando hasta que los momentos se volvían rudos para él, luego, bajaba velas. Me acercaba a la barra, pedía otra ronda, le reía las gracias a Viktor cuando era I quien metía bola, volvía al juego en serio, pedía un cambio de música al camarero -algo bailable que permitiera roce sin bronca- me largaba al wc (a empolvarme la nariz, cosa que me hacía revivir mientras él permanecía cada vez más borracho), volvía a tocarle el culo, en fin.. ya sabéis cómo se remontan partidas..

Tras ganar -nosotros- la cuarta y la quinta partida, decidimos un descanso de juego y nos trasladamos -los cuatro- a la barra.

De izquierda a derecha nos situamos Viktor, I, la rusa y yo. Un metro más a la derecha, -por el otro lado de la barra- el camarero, tras su equipo de música, me lanzó una mirada reprobadora.

– No quiero malos rollos aquí. -Siseó-

– Tranquilo. Soy del gremio.

I (3)

Ahora quiero contar lo de la primera entrega.

Recordáis que dije que había comenzado a escribir sobre I dado que de repente había entendido una cosa? Pues eso voy a explicar ahora.

A lo largo de los casi cinco años que conviví con I, como comprenderéis el tema María salió periódicamente. Siempre con mucha mierda de por medio. Si bien al principio se mostraba muy por la labor de conplacerme -también sexualmente- con todo lo que María le había contado con la intención de que sólo tuviera ojos para ella, conforme la relación fue asentándose, este tema quedó olvidado en una nube recurrente para cuando, en alguna bronca de reproches, convenía volcar la balanza en contra mía. Yo, por supuesto, acataba y callaba en esos episodios -no fuera que I decidiera devolverme la bofetada fuera de tiempo-

Al final, ella consiguió hacerme comprender que sus celos eran debidos a que yo repetía.

Siempre mantuvo que no le importaba que a lo largo de una noche de bar, de drogas, de fiesta.. me hubiera liado con alguna que hubiera conocido puntualmente. Ella comprendía que dado el plan de vida que llevaba, de cuando en cuando, me relajara. Lo que no soportaba -menos aun que María la humillara- explicándole -incluso con público alrededor- cuándo, cuánto o por dónde la follaba cuando I no estaba.

No soportaba que yo siempre volviera -muchas veces, sólo por comodidad- con María. Repitiendo una y otra vez.

Hacia el final de mi relación con I, tras los cinco años que viví con ella, -ya me había ido yo a vivir a otro sitio, recordáis a la loca del pintor?

https://montxomon61.wordpress.com/2015/04/03/un-pintor-en-calzoncillos-2/

Ya os confesé que el pintor era yo. Recordáis?

Le iba a pintar la casa.. Si? lo recordáis ahora?

Pues la citada loca, (a partir de ahora la llamaré A) fue un rollete que comencé tras salir de la casa – y de la vida, que no de la cama- de I.

A A la conocí… (ya os hablaré de A también cuando toque), y comencé a repetir patrones. Sexo, mucho sexo.. y, si habéis leído “Un pintor en calzoncillos”, sabréis que no tenía dónde caerme muerto.. total: Ya que me metí en su cama.. me quedé también en su casa.

Cuando I se enteró, se montó una buena!! Yo no entendí -en ese momento- por qué a I le dio por enfadarse? Después de todo ya no vivía en su casa..

Y, poco a poco, ya no nos vimos más.

El otro día, de repente, comprendí, que pese a todas mis infidelidades I me seguía queriendo. Como había amado a Jota, quien pese a todas sus infidelidades, siempre supo demostrarle que ella era la única, pues con las otras nunca repitió.

Y yo… bueno, yo había vuelto a repetir de nuevo con una misma mujer.

Lo dejo aquí. (pero de I escribiré mucho más)

I (2)

Mi relación con I comenzó rara.

Yo regentaba un garito de costa, ella apareció una noche -a primera vista la confundí con Lola, una amante anterior en el tiempo de una vida anterior- (ya hablaré de Lola cuando toque). Lo dicho, me recordaba a Lola. Y en primera instancia, cuándo me preguntó si tenía cerveza negra? Me paré unos segundos de más -intentando reconocerla- antes de servírsela.

Acto seguido, me preguntó si podía llevarse la botella? Mi contestación, -Por supuesto, mientras no la abandones en la arena de la playa-.  me confesaría, meses más tarde, fue lo que hizo que se enamorase de mi. Había venido de vacaciones con una amiga. Ambas venían en plan Thelma&Loisse. I, llevaba el papel de Susan Sarandon. No contaré ahora sus muchos problemas, pero su difícil vida la obligaba a unas vacaciones desesperadas. Si se podía permitir disfrutar, gozar, reír -por fin- morir en el intento no le importaba mucho.

Enseguida conectamos. Yo estaba estancado en aquella localidad. Ella necesitaba hablar. Yo escuchar. Por entonces, salía de manera itinerante con María. Ya os hablé de María hace días, cuando publiqué JANIS.

https://montxomon61.wordpress.com/2015/02/21/janis/

I se convirtió en mi musa. Mi bar se hizo suyo. Las dos semanas que duraron sus vacaciones yo fui su cicerón en aquellas tierras. María se volvió loca de celos. En aquella época, yo ya tonteaba con demasiada frecuencia con demasiadas sustancias (coca, spit, hachís, MDMA, menos caballo..de todo). Las sesiones de sexo eran apoteósicas. Los bajones también, -pero si durante quince días empalmabas unos días con otros.. ésta no aparecía-. Luego, cuando ella y su amiga se fueron de vuelta a su ciudad, mil doscientos kms nos separaron.

Tras su marcha, yo volví a mis rutinas. Sexo -principalmente con María-, drogas y rock&roll.

Al par de meses, en mi periodo vacacional, visité a I en su localidad. Poco a poco, entablamos una relación a distancia -ya iré contando..- A mil doscientos kms de distancia durante un largo año.

Ella, con Jota y con sus hijos, yo -soltero entre comillas-

Como los dos éramos adultos, nos prometimos amor y el bonito comienzo de un proyecto de relación, dejándonos la “libertad” de tal y como vivíamos.. echarnos alguna cana al aire mientras durase el alejamiento forzoso. Yo no iba a cerrar el bar de repente ni ella se iba a divorciar, etc.. de la noche a la mañana.

Mucho más tarde me confesaría que ella no se había acostado con nadie -incluyendo su marido del que ya se estaba separando prácticamente antes de conocerme, pero que seguía viviendo (él) en la misma casa por tratarse de un enfermo terminal- Me confesó, que lo de echar una cana de cuando en cuando, lo había dicho porque dadas la circunstancias no me podía pedir lo contrario a pesar de que ella hubiera preferido que yo hubiese estado más por la labor.

La realidad fue que durante aquel año de no vernos -nos vimos en cuatro ocasiones, puentes festivos largos, etc- yo le pagué con la misma moneda con que anteriormente había hecho su marido cuando estuvo en el servicio militar. Acostándome con todas las que se pusieron a tiro -dicho sea de paso, una larga colección, dadas las características de mi trabajo-

Ni que decir que la despechada María, -que continuamente vivía junto a mi bar, incluso dentro- cada vez que I vino de fin de semana, hizo por explicarle con pelos y señales, lo que hacía conmigo cada vez que I se volvía a su tierra.

Esto, con la cabeza embotada por combinaciones de alcohol y drogas, fue un infierno.

Al cabo de un año largo, cerré el bar y me fui a vivir con I.