Hipocresía, costumbres y perros.

– Que pesados son mis canes! (tienen que oler todos los árboles?)

Es imposible permanecer impávido ante estas situaciones diarias. Tres, cuatro veces al día, llevo a mis perros a pasear. Tengo un macho y una hembra. Ambos -como todos los chuchos- se ensimisman en oler árboles y micciones varias, en cada uno de sus paseos. A lo largo de los mismos con ellos y a fuerza de observarlos, he llegado a delimitar una suerte de lugares donde parece, están más dispuestos a orinar. (esto, lejos de ser baladí, acostumbra a ser útil para los momentos en que necesito que orinen por premura, prisas, días lluviosos, etc).

Los porqués de éstas -a nuestros ojos- asquerosas actividades, son harto conocidas por todos. Motivo por el que no incidiré en ello. Aun así..siempre que, -paciente-, espero a que hagan sus cosas, no puedo por menos que pensar en la siguiente conversación sobre la situación:

– Tienes que oler todos los árboles? No estás muy mayor ya para seguir olisqueando allá dónde meó la Golden?

(mi perro, concentrado en sus olisqueos, permanece completamente ausente a mis diatribas)

Tras estas absurdas preguntas que le repito sin parar, en voz baja aunque audible, incluso a veces, delante de alguna dueña de otros canes, que solícita se apremia a entrar en la conversación con un:

– Déjalos. Es su instinto. “Ellos” se conocen así.

No puedo dejar de sonreir, asintiendo de manera bobalicona ante la parrafada de turno que la sugerente tetuda acaba de proclamar en amistosa disculpa, cuando mi can -tras dejar de oler el árbol- se gira hacia mi y parece estar contestándonos a ambos con un:

– Te digo yo a cuantas “olfaterías” tu si no estuviese mal visto entre los humanos?

Obviamente, no dejo de reflexionar sobre el tema y, mentalmente, comparar las situaciones.

Imaginarme “olisqueando” en acoso a más de una hembra en sus zonas más íntimas me produce desazón. No podemos comparar los instintos animales con los civilizados, sin embargo… Si no estuviera mal visto socialmente? dejaríamos de hacerlo?

I (15) La rumana

Recuerdo otra anécdota acaecida con I.

Cuando vivía en mi apartamento de soltero, al trabajar en el bar, no paraba mucho en casa. Además, como vivía de noche y dormía de día -como cualquier vampiro que se precie-, tenía una chica rumana que venía un par de horas un par de días a la semana a arreglar, limpiar, etc en casa. Tampoco había mucho que hacer.. pero dado el ritmo de vida que entonces yo llevaba, ya me parecía bien tener a alguien que pusiera freno al desastre..

Cuando conocí a I, era ella una hippie exponencial de “marcados” criterios. Y por consiguiente actuaba como tal en los mínimos detalles hasta exagerar. Recuerdo que cuando periódicamente venía a casa en vacaciones,-el primer año mantuvimos la relación con mil doscientos kms por medio durante un año-, le fastidiaba que yo emplease a la rumana (y me lo hacía sentir cada vez que surgía la ocasión), en algo parecido a un servicio de hogar.

Siempre que pudo, intentó que la chica se sintiera incómoda para intentar conseguir que no viniera. Era una actitud absurda. A ella le venía bien hacer esas pocas horas, a mi no me importaba pagárselas, aunque a menudo fuera limpiar sobre limpio haciendo inútil su trabajo.

Recuerdo una vez que ella estaba aun atareada por casa, I me cogió de la mano y me llevó desde el sofá donde mirábamos televisión, a la habitación, para follar. Si bien no me negué de plano, si que me pareció hacerle un feo a la rumana. Más que nada porque parecía una provocación ya que podíamos esperar unos pocos minutos más hasta que se fuera.

I montó en cólera cuando intenté explicarle que aquello parecía una chiquillada. Abrió la puerta -desnuda- y salió con alguna absurda excusa a buscar Dios sabe qué y exhibirse en el paseo por el pequeño apartamento. La escuche intercambiar algún saludo con la chica y volvió a la habitación. A los pocos minutos, a través de la puerta cerrada, se escuchó la voz de la rumana, me decía que ya había terminado y que se iba, que no me preocupara, que ya le pagaría el próximo día.

Aquella familiaridad también le molestó a I, volvió a recriminarme sobre lo de mantener a una trabajadora que no necesitaba. Me increpó sobre la afinidad que mantenía con ella. Le hice ver que andaba equivocada. Que sólo mantenía una actitud cordial entre trabajadores, -al fin y al cabo, yo hacía lo mismo en el bar-. Al final volvimos en silencio al sofá, desnudos como estábamos, cada cual en un rincón, con la mirada extraviada sin atender al televisor. Poco a poco la cordialidad volvió a unirnos y nos dispusimos a continuar el polvo en el sofá.

De la incomodidad del sofá pasamos al suelo y cuando ya estaba a punto de correrme, se las ingenió para arrastrarme hasta la alfombra. Allí se separó de mi en el último momento y abrazándome y clavando sus uñas en mi espalda con saña, me dijo al oído:

– Quiero que te corras sobre la alfombra. Seguro que la zorra de tu criada se pone cachonda el próximo día que te venga a limpiar.

Por supuesto me corrí en la alfombra. Me las ingenié para que la rumana no viniera durante el resto de las vacaciones en que I permaneció conmigo -gesto que pareció aplacar a la fiera- y no volvimos a hablar del asunto. Una vez que mi futura mujer concluyó sus vacaciones y se volvió a su ciudad, cogí la alfombra y la llevé a la tintorería. Tampoco era lo que se notaba.. pero como no se limpió durante los días que tardó en marcharse, -parecía evitar la limpieza como si de una marca de loba se tratara..- luego ya era tarde.

I (14) 30 Centímetros

Ya os he hablado de I mucho en este sitio, fue mi tercera esposa.

Hoy quiero contar sobre una anécdota que ocurrió pocas semanas tras nuestra separación.

Antes debo explicar sobre la “recurrente obsesión” a la que se refiere el escrito.

Durante mi relación con I no fueron pocas las veces en que la morbosa fantasía de follar con un “negro” y, que tuviera un gran pollón además, tuvieron cabida en nuestras conversaciones. También, recuerdo, de cómo hacía gala de la misma fantasía con alguna de sus compañeras de trabajo. Con una en concreto, creo que fue la que la cautivó en el deseo de probar, entabló, en más de una ocasión, el tema de conversación a propósito.

Esta compañera suya, había mantenido una relación con un haitiano, del que no guardaba demasiado buen recuerdo, pues en una ocasión -le había confesado a I y ésta a su vez a mi- le había fisurado el ano, en un intento a toda prisa por mantener un coito en el lavabo de un bar, mientras su marido la esperaba en la barra. Dicho esto, el interrogante sobre cómo sería mantener esa relación nunca debió desaparecer de su cabecita.

No os negaré que a mi siempre me pareció el capricho de una mujer burguesa. Si bien no lo era, –I siempre fue una hippie irredenta- con la edad y el estatus que produce el puesto de trabajo, los hijos, etc.. si parecía haber convertido en burguesa su vida de cara a la sociedad en la que vivía.

Como ya comenté en los primeros capítulos de I, hay que añadir el detalle de que su primer marido, Jota, le puso muchos cuernos con amigas y prostitutas a lo largo de su vida en común. Supongo que esta circunstancia también toma cierto valor en el desenlace de esta historia.

Sea como fuere, recuerdo la siguiente conversación como una de las últimas mantenidas con ella tras encontrarnos por casualidad tomando un café en un céntrico bar de nuestra localidad, tres semanas después de separarnos.

Ella: – Por cierto.. ya cumplí mi fantasía.

Yo: – Perdona? A qué te refieres?

Ella: – Ya sabes.. lo de follar con un negro.

Yo: -…?

Ella. – Le medía treinta centímetros.

Yo: – Y, te entretuviste en medirle la polla? No me lo creo.

Ella: – Que si. Te lo digo de verdad. Un polvazo!! Ya me conoces. Y pagando eh!!

Aquí, me quedé sobrecogido. Yo ya mantenía una relación con otra mujer. Por lo cuál, el tema de celos no funcionaba. Recuerdo le dije que no me lo creía. Que si su intención era hacerme daño, no tenía ningún sentido, pues ya estaba yo con otra persona, ella lo sabía y por lo tanto, ya nada podía unirnos como para dañarnos sentimentalmente. También recuerdo que me reí de ella imaginándomela ante la situación.

– Me quieres decir que te buscas un puto. Que además debía de ser negro. Le pagas!! Y en un momento dado, sacas de algún sitio una cinta métrica para medirle la tranca? Dónde queda tu dignidad? No te creo.

No pareció muy enfurecida tras mis palabras, le dije que ya le pagaba yo el café y desapareció por la puerta.

Olvidé este tema durante meses. Luego, sin más. Apareció de nuevo, en mis pensamientos. Qué lleva a una persona a rebajarse para cometer esta serie de actos? Era necesario, dado que ya estábamos separados, contarme este episodio? Era necesario (para ella) concluir el tema prostitución, tal vez para mitigar el dolor o los fantasmas de su primer marido? Era necesario recalcarme que lo había pagado? Tal era la rabia con la que pretendía cicatrizar las heridas de su corazón? Me sorprendió mucho esta confesión “fuera de tiempo”.  Durante una temporada estuve pensando que tal vez ya había calmado sus apetitos vengadores algún tiempo antes de separarse de mi. Aprovechando alguna salida. No se.. Luego desestimé la idea. Tampoco importaba ya.

La vida sigue…

Una vecina chismosa..??

La mayoría de las Comunidades de Vecinos siempre parecen tener varios especímenes en común. Vecinos ruidosos, malos hábitos, envidias, mete-patas, rencores, chismosas/os y un largo etc..

De éstas últimas quiero contar una anécdota.

En mi Comunidad, seis puertas por rellano, cinco pisos por bloque, siete bloques… familias de trabajadores, niños pequeños.. vamos, contando a bulto, puedo juntar setecientas personas. Una fiesta continua. Tenemos de todo..

Juan, extrovertido, andaluz, treintañero, del Real Madrid, albañil -en paro-, mujer, tres hijos y un perra…

Entramos en tropel en el rellano de la escalera. Él con su troupe, yo con mis perros. Tres adultos, tres críos chillones y tres cuadrúpedos. Algarabía total. Llamamos a los dos ascensores, mi perro le huele el culo a la suya. Su mujer reparte capones a los gemelos..

Juan me dice:

– Vecino!! -Juan me llama siempre “vecino”- Enfrente tuyo vive un tipo muy majete él, verdad? El que ha comprado la casa de Marcelino..

– Si. Se llama Toni, separado. Con dos niños pequeños. De la edad de la tuya..

– Le conocemos, tiene fama de ligón. Antes vivía en el mismo edificio que nosotros. Antes de trasladarnos a éste.

Y se gira hacia su mujer en ademán de pretender que su esposa le de la razón.

Su mujer, que no puede negar que los gritones de sus retoños sean suyos, asiente con la cabeza.

Juan, continuando su perorata, insiste:

– Decían de él entonces, que se tiraba a todas las vecinas menos a una.

Y antes de que yo diga nada su mujer apostilla:

– Pues sería con aquella estrecha que vivía encima nuestro.

Se hace un silencio. Las palabras resuenan en mi cabeza mientras se abren, al unísono, las dos puertas de los ascensores. Me meto en el pequeño seguido de mis canes. Juan, absorto en sus pensamientos, se despide con un:

– Pues ya lo sabes “Vecino”. Vigila a tu mujer. Que lo tienes enfrente..

Mi perro me mira. Parece estar preguntándome:

– Este tío es tan tonto como parece? No le acaba de decir su mujer que también a ella se la pasó por la piedra?

– Déjalo. Los humanos somos muy raros algunos.

I (13) El Pirineo, el ruso y la Viagra (EPILOGO)

Tan sólo concluir el relato con un pequeño detalle.

Las réplicas, que la ingesta de la dichosa pastillita azul, habían provocado, parecían no haber concluido todavía. -Igual era porque en realidad no la necesitaba-, el caso es que andaba yo con un calentón poco disimulable para salir del apartamento.

I seguía tan cachonda como pocas horas antes, con los recuerdos que le habían producido tanta lujuria, todavía frescos en su imaginación, y tras disculparse toda la noche por el lío que había montado, tan sólo me pidió que respetara su negativa a practicar, de  momento, sexo anal. Todavía se sentía dolorida.

Por supuesto que  respeté su proposición. Después de todo, el regalo que la noche anterior me había ofrecido, no tenía por qué convertirse en una práctica indispensable en nuestra relación. Si ella quería seguir practicándola, yo, por supuesto, estaría encantado. (en cualquier caso, comprendo que en la intimidad de pareja es aconsejable nivelar y/o compartir los placeres. Y no estaba yo muy convencido, entonces, de permitir tomar yo para compartir placeres). En caso contrario, pues tan amigos… -en cualquier caso, me di cuenta de que para la realización de determinadas actuaciones, se debían de dar las mínimas garantías de excitación, morbo, lubricación y buen método para jugar sin peligro.

Nos tiramos toda la mañana follando.

A la hora de comer, acudimos -cómo no- al restaurante de la noche anterior.

La misma camarera, solícita, atendió nuestra comanda.

Las miradas, que los tres nos dirigimos, a lo largo del servicio en los continuos movimientos de platos, copas, servir un vino, etc.. hablaban por si solas. Como comprenderéis, ahora que ya parecía que habíamos “sellado” un compromiso, la figura de la camarera estorbaba en nuestras expectativas. Sin embargo, ella, no pareció estar por la labor. Todo lo contrario. -Imagino que los rusos, más puntuales, también habrían pasado a comer previamente-. Tras mi derroche de simpatía y provocación para con ella, la noche anterior, se mostraba más que dispuesta a seguir con el juego -amén de perderse alguna obscena propina más-. Cuando las coquetas miradas parecían haber llegado a un incontrolable punto indecente, acaparó el protagonismo permitiéndose un gesto de inequívoca maldad. Teniendo a la camarera a su derecha, sirviéndole vino en su copa, se permitió acariciar con su mano derecha, la parte interna del muslo desnudo que bajo la falda de uniforme, la camarera llevaba. Sin mostrar ningún miramiento -y ante mi perpleja mirada- siguió su ascendente recorrido hasta alcanzar la entrepierna.

La camarera, rígida y sorprendida, aguantó el envite intimidatorio mientras seguía llenando la copa de I. No pudiendo replicar ante el rápido y audaz movimiento, tuvo que permitir, como mi chica franqueaba el elástico de la braga, palpaba con sus dedos y los sacaba de nuevo,

para, -mientras en inequívoco movimiento de frotar el pulgar contra el índice y el corazón, y llevándoselo hasta su labio superior y percibir sutilmente el aroma-. comentar:

– Nene. Ésta no está a la altura de nuestros juegos.

Y, dirigiéndose a ella le espetó:

– Cariño, si esto es todo lo que puedes lubricar, es mejor que sigas sirviendo el vino. Éste es mío. Me lo he ganado por méritos propios. Casi no puedo andar. A ti te destrozaría.

Por supuesto, muy digna, la chica replicó con alguna contestación más recia, aunque una vez vencido el orgullo, incluso se permitió, a los postres, sentarse a nuestra mesa. Como I no consintió que yo participara de la conversación y la chica sólo obtuvo un soez y despreciable magreo por su parte mientras permaneció sentada a su lado, la cosa concluyó pagando la cuenta y no volviendo más por allí. Aun me permití hacer el gesto de dejar propina, pero la mirada incendiaria de mi futura esposa me lo impidió.

Volvimos a follar con saña por la tarde.

A lo largo de nuestras futuras discusiones, el episodio de la camarera, cobró más importancia, para cuando tenía algo con que concluir las peleas.

Nada más verla, comprendí que tenía que comerle el coño. (y II)

La idea le pareció bien.

Por el camino me recordó su nombre. Mer. También me confesó que un año antes se había fijado en mi un día, que estando de vacaciones con sus amigas, se había cruzado conmigo delante del apartamento alquilado.

– No te recuerdo. Entonces aun no había cogido el bar. Entonces trabaj…

– No sigas. Lo se. Trabajabas en la obra de enfrente. Cuando te vi en verano, sin la camisa, moreno. Con esa bolsa para las herramientas que lleváis los encofradores..

– Vale. No cuentes más. No me gusta intimar tanto con mis lectoras de Word.

– Perdona..?? Me estás hablando que contarás nuestra historia dieciséis años después??

– Frena. Ya hemos llegado. No hagas ruido. Mi pareja.. María, duerme encima. En el segundo piso.

Al abrir la basculante puerta del garaje, un mínimo chirrido rasgó la noche, otro chirrido más y habíamos desaparecido dentro.

– Puedo liarme un porro aquí?

– Aquí, ahora, este es tu reino.

Le tendí una toalla y le indiqué como, si quería, al fondo del habitáculo, había una ducha.

– Me ayudas?

– Si te ayudo, se pierde el encanto. Sin querer ofender, ni maltratar la canción de Sabina, aquí, a mi, no me han traído tus caderas. Yo vengo con la idea fija de lamer esa herida que se me ofreció cálida y abierta y que se cuajó en húmeda y mojada.

– Creo que no tengo tanto frio ahora..

– Mejor. Lo único que siento es no haberme afeitado. Puede que lastime tus muslos.

Se recostó en el sofá para liarse un canuto. Yo me arrodillé en el suelo. Mis manos separaban sus rodillas. Lo que observé me llenó de lujuria. Parecía realmente que se hubiera meado. -Se lo dije-

– No te habrás meado encima?

Su sonrisa burlona, me ilustró en que mejor sería no pasarme si no quería ver cómo si que era capaz de hacerlo. Sonreí. Aquello pintaba bien. Acerqué mis labios a su entrepierna enfundada de aquella ruda tela empapada. Soplé sobre la tela y a través de ella. aquello causó un efecto cálido que pareció agradarle. Se dejaba hacer. Reía.. -el porro hacía su efecto- tampoco tenía yo ninguna prisa. Jugaríamos. Vaya que si.

Estirando las manos, separando mis dedos, acariciaba sus nalgas. Arriba. Abajo. Arriba otra vez. Mil veces, hasta que introduciendo los dedos en los bolsillos de atrás, bajo sus nalgas, tiraba hacia mi ejerciendo presión sin desabotonar todavía la cintura del vaquero. Ese movimiento liberaba espacio entre la cremallera y su braga.

Sin dejar de soplar mi más que cálido aliento a través de la tela, en un momento dado, recuerdo, comentó:

– Pretendes secarme?

Sus manos bajaron hasta la cinturilla para desabotonar el pantalón. Le mordí los dedos impidiéndoselo.. Con mi mano izquierda así su mano derecha. Apartándola.

– No tenías prisa, -le susurré- recuerdas?

Al tiempo que me reincorporaba, metí la mano derecha -para izarla conmigo- por entre el vaquero y la braga y tiré hacia arriba. La costura del tiro del pantalón se hundió en su -imagino- ya abierta vagina lo justo para que me agarrara del cabello con su mano libre. Nos miramos  a los ojos. Los suyos, enrojecidos  por el hachís, irradiaban un fulgor de deseo difícil de describir.

La levanté en vilo -cogida a mi cuello- hasta dejar reposar sus pequeños pies desnudos sobre el sofá. Una vez nuestras bocas quedaron a la misma altura, la besé. Un beso corto. Sin lengua. Ladeé la cabeza y le susurré al oído:

– Estate quieta. Ahora te voy a desnudar. Te tumbas y te cubres con la manta. Mi lengua quiere saborea de lo que la noche y el mar han impregnado tu coño. No se si follaré luego contigo. Estoy cansado y tal vez me duerma.

(Ya habéis leído el enlace anterior? El que se titula JANIS)

Bajo la manta, tan pequeña, me fue fácil moverla a mi antojo. Arrodillado de nuevo en el suelo alcancé -por fin- aquella vertical sonrisa que se ofrecía, galante, a mis depravadas intenciones. Circundando mi objetivo con mis dedos pulgar e índice de ambas manos, estirándolos y cubriendo con el resto de las palmas sus suaves ingles,-para no dañarlas con la barba de dos días- me dispuse a libar, cual insecto en primavera, hasta que los minutos compitieron con sus jadeos. No tardé en comprobar el sabor de sus épicas conquistas. La primera emisión tenía el predominante salado esperado. Parecía como si el esperado maremoto, hubiese recabado toda la sal de la playa antes de explotar convulso. Éste pude recogerlo casi en su totalidad sorbiendo con mi lengua haciendo un canalillo. No tuve tanta suerte después. Antes de que el perfume marino de su segundo orgasmo volviera a manar, -estaba yo distraído jugueteando con mis dedos y su ensortijado vello púbico- pude sentir -ya digo que tarde- las convulsiones de su vientre, mientras observaba -divertido- como eyaculaba un tibio líquido transparente y viscoso que en fuerte chorrito, impactó en mi sonrisa para impregnar con su recuerdo imborrable el sofá.

Su tercer orgasmo me llenó la boca con un líquido más agrio -que tragué también, faltaría más- Pareció darse cuenta y su gesto se tornó forzado. Sus mejillas parecieron crisparse. Este tercer orgasmo la había dejado seria. Muda. Durmiente.

Yo quería más. Sin contemplaciones la giré de espaldas a mi boca. Le introduje dos dedos en su muy lubricada cueva y volví a lamer y sorber jugos.  Despertamos dos horas después. Nuestro ultimo beso todavía me recordó el placer de la luna que no quiso reflejarse una noche en el mar.

Nada más verla, comprendí que tenía que comerle el coño. (I)

Nada más verla, comprendí que tenía que comerle el coño.

He comenzado a escribir con fuerza. Tan sólo el recuerdo de lo que quiero explicar.. y la erección, apremiante, ya está ahí. Impetuosa. No se si me atreveré a titular esta vivencia así, como la primera frase. Ya veremos cómo se desarrolla el relato.

En 1999 salía con María. -Ya he hablado antes de María https://montxomon61.wordpress.com/2015/02/21/janis/ Tras cerrar el bar una noche me fui a rematar la última copa al bar que Paco tenía a ras de playa. Con la noche tranquila y el rumor de las olas, salpicando apenas las cuatro atrevidas mesas allí mal dispuestas, acostumbraba a saborear un bourbon en una de aquellas sillas con las patas clavadas en la arena, con el culo algo más bajo, casi a ras de arena.

Nostálgico, si tenías la suerte de una luna reflejada en el horizonte, me daría por satisfecho de no tener sexo esa noche. María madrugaba y cansada, se había retirado a casa.

De repente, Mer apareció frente a mi, estorbando apenas el reflejo lunar. Tan menuda como era, encarando su pubis en el canto de la mesa, se permitió relajarse al impacto, apoyando ambas manos sobre la misma y abalanzando el peso sobre si, para acercar su sonrisa a la mía. El cálido buchito de bourbon bajando por mi garganta equivocó su camino -al centrar mi mirada en la esquina de la mesa- haciéndome estornudar. Antes de que pudiera decirle, amable, que el rocío de la noche formaba charcos sobre el frio lienzo, observé -con gozo- el reflejo que aquel inusual gélido liquido ofrecía en su rostro.

– Tarde -musitó sobresaltada, antes de reincorporar, apurada, el gesto de su cintura-. Demasiado tarde.

En ese preciso instante comprendí que tenía que saborear ese salado sexo. Aunque me fuera la vida en ello.

No recuerdo cómo transcurrieron los minutos siguientes. Casi no la conocía. Era amiga del chaval que pinchaba música en mi bar. Tenía dos amigas más. Las tres acostumbraban a alquilar apartamentos en vacaciones. Eran del norte. Mi amigo, recuerdo,me las había presentado una vez como Las Vascas. Le ofrecí una copa. Negó la invitación aunque apuró algún trago del mío. a los quince, tal vez veinte minutos, -sin ninguna luna a la vista-, la noche cerrada me guió a invitarla a caminar hacia su casa alquilada.

Recuerdo que en algún momento se había comentado la posibilidad de que fuera a cambiarse de ropa. En su casa dormían sus amigas. En la mía, María. Mis pensamientos taladraban la tela vaquera empapada.

– Vas a coger frio..

– Quieres que me vaya..?

– No. Tengo una idea. Ven…

En el garaje de casa tenía preparado una especie de zulo para cuando en temporada alta, también yo me sacaba unas perras alquilando mi vivienda. Un viejo sofá bajo un par de armarios, una ducha, agua caliente, ropa seca. Todo tras una pared de madera. Disimulado a los ojos de los vecinos para cuando sacaba la barca.