Unos pechos jóvenes.

​UNOS PECHOS JÓVENES (placeres voyeur)

Inclinada hacia adelante con la vista pérdida en la pantalla del Mac, unos juveniles pechos, -sueltos bajo la holgada camiseta sin mangas-. se mecían al ritmo de su respiración. 
Casi sin querer, los livianos tirantes que sujetaban la frágil prenda a sus hombros, me permitieron observar, no sin cierto disimulo, unos erguidos pezones. 
Sin duda, es el aliado aire acondicionado el que consigue este efecto, -nada disimulado por la propietaria-, por cierto.

No puedo dejar de sentirme culpable… La visión, -robada, aunque agradable-, me recuerda que tanto ella como su compañera, podrían ser perfectamente mis hijas.
Portan idénticas sandalias de gruesos tacones rematados ambos en tobilleras de cáñamo con idénticos jamaicanos colores. Banal detalle, que me distrae y me permite volver a sentirme menos rapaz.
La amiga se ha recostado en su silla, permitiéndome una mejor perspectiva sobre mi botín. Toda la aureola rematada de vivo carmín, está ahora a la vista, mientras -absorta a mi escritura-, me sonríe cada vez que levantó la vista en su dirección.
A cada bandazo que da el tren, un breve y sin embargo abrasador roce de nuestros codos nos permite un acomodado nuevo gesto de compenetración.
Cómo le voy a transmitir mentalmente que sin ser un sátiro espero volver a rozar su piel?
Ha estirado un pie en dirección al mío (o será que dado mi gran volumen soy yo el que invadió su espacio hace ya rato?), por lo que me permito esperar un último gesto asertivo.
La amiga se levanta, estira su cuerpo para alcanzar su maleta del altillo y aparece un ombligo rematando un vientre plano. La sigo con la mirada y le ofrezco un gesto de falsa ayuda. 
(Para ayudas estoy ahora que siento la erección pugnando en la tela gruesa de los vaqueros)
De nuevo la conversación entre ellas me recuerda que no comprendo su idioma.
Importa eso para el placer de observar?

Hace unos días me fui a cortar el pelo.

Para escribir sobre lo que quiero escribir hoy, necesitaría -para que se entendiera- que previamente hubieseis leído los tres capítulos que en su día escribí sobre “MI PELUQUERA”.
Por lo tanto, me voy a permitir recogerlos (todos) aquí para luego explicar lo que sería la cuarta y última parte.

Comprendo que como algunos ya habéis leído los capítulos anteriores igual se hace extenso. Intentaré no aburrir.

  • Hablar de mi peluquera es complicado.
    Ella, no diré como se llama -faltaría mas- regenta una peluquería de señoras de toda la vida. Tintes, rulos y ese insoportable olor de mechas -tostándose bajo un secador de astronauta- flota en un ambiente distinto al imaginado.
    Excepcionalmente, algunas cabezas masculinas somos tratadas ahí. Supongo que somos un atajo de inútiles de esos que prefieren no escuchar opiniones de fútbol mientras se nos corta  el pelo. En mi caso, además, me pilla más cerca de casa.
    Los precios son similares a los de las masculinas, o… Eso creo, la verdad es que hace años que no he vuelto a una de tíos.

    Como con mis perros cada día paso por su puerta, viéndonos a través de su escaparate…
    (la tiene decorada muy divertida., como es madre de dos niñas gemelas, tiene una mesita pequeña,  dos sillas a juego en tamaño y un  pastel de porcelana sobre la primera, que confiere un aire distinto de lo que ella aparenta).
    … los saludos a través del cristal se han convertido en imperceptibles guiños, tal vez.. muecas.

    Yo no entiendo mucho de esto, no lo juzgaré. Dice que es estilista. La verdad es que el sitio es muy acogedor sin perder la compatibilidad de lo que tiene que ser el negocio.

    Lo mejor de la peluquería es el sillón del lavacabezas. Es un sillón de masaje de esos que va ejerciendo una suave vibración sobre determinados puntos de la espalda, riñones, piernas, confiriendo al ya relajante lavado de cabeza (a quien no le gusta que le acaricien el cuero cabelludo con un suave y oloroso champú?), un placer añadido.

    Yo no voy más de tres veces al año a la peluquería. No le presto demasiada atención a mi imagen… Tan sólo cuando calculo, casi siempre mirándome en el espejo del ascensor, que mis pelos dan vergüenza ajena, es cuando comienzo a pensar que he ir a cortarme el pelo o peinarme. Como lo segundo no entra en mis cálculos, la solución es ir a la peluquería.

    Lo que quiero contaros, -al fin y al cabo, es lo que hago aquí,  contar cosas-, son algunas de las curiosas situaciones que se dan mientras me corta el pelo.

    La insistencia de su mirada no pasa desapercibida. Sus ojos tienen un brillo propio que permiten soñar argumentos que seguro andan muy lejos de lo que el resto de sus facciones expresan.
    Su conversación es rápida,  te das cuenta enseguida cuando tiene ganas de explicarte da igual qué. Es ella quien lleva el peso de la conversación,  permitiéndote apenas asentir a lo que sea te esté explicando.
    Mientras sus manos,  tijeras, maquinilla, peine,  etc, se mueven como con vida propia, la conversación fluye en torno a temas más o menos atrevidos dado que en realidad no nos conocemos de nada.
    Hoy ha surgido en una conversación sobre cómo utiliza Facebook para hacerse propaganda gratuita de su peluquería, -lógico-, agregando como amistades a todos los clientes de su negocio. Hasta aquí bien, me ha pedido mi nombre para agregarme. Cuando me he querido dar cuenta, ya me había comentado,  -como de pasada-, que también tiene una cuenta en Instagram donde posa de forma erótica.
    Nunca hasta hoy había sentido interés por Instagram, ni siquiera sabia para qué servía? Ahora tengo una cuenta que me permite deleitarme en un pezón ajeno a la mirada curiosa.

    Hace unos meses, pude sentir el rubor en mis mejillas y preferí desviar la mirada al sentir la suya reflejada en el espejo. En las ultimas falanges de mis dedos anular y meñique, percibía el calor húmedo de su pubis, que a través de la tela de la bata se transmitía,  cada vez que, digamos, ocasionalmente, se apoyaba mientras giraba alrededor mio trabajando su corte de pelo. La situación,  tan halagadora como excitante, hizo que me aferrase con fuerza al reposabrazos,  no permitiéndome el menor movimiento en dichos dedos. Tampoco osé retirar la mano de debajo de la capa protectora, permitiendome ralentizar el placentero juego.

    Nunca me he permitido un  paso más allá de lo correcto. Prefiero disfrutar de estos pequeños gestos que inadvertidamente parece que nunca han llegado a suceder.

  • Buenos días.
    Hoy desperté a las seis. Sin duda los estragos de sueño debían estar recuperados tras dos días de perrear sin rumbo.

    A las nueve tenia la casa lista de marujeos varios, el sol lucia a pesar del frío por lo que aparejé a mis canes y nos hemos ido a desayunar.
    Bueno, he de decir que los tengo tan mal acostumbrados como si de nietos se tratara. Nos sentamos en una tetería, donde sé que permiten la entrada de perros al local, y raro es el día en que no les doy un cuerno a cada uno de los dos cruasans que me zampo.

    Al volver hacia casa, siempre por rutas distintas, -enseñanza de mi abuelo que en homenaje siempre he convertido en mía-, hemos pasado por delante de la peluquería donde ayer me cortaron el pelo, recuerdo haber explicado algo ayer noche..
    Al paso frente al escaparate, tironeando de mis canes vuelta a casa, no he dejado de observar como la peluquera se movía en sus quehaceres diarios, entreteniéndose en la cabeza de una anciana de pelo color violín. Cuando ya pensaba que hoy no disfrutaría del guiño que a modo de saludo me dispensa cada vez que nos saludamos en mi diaria ruta, unos labios rojo intenso, ahuecados en forma de O, me han lanzado un imperceptible beso desde el reflejo del espejo. He asentido mientras con la mano libre de correas, me permitía un extraño gesto.

    Una manzana más abajo, todavía recordaba el intenso color rojo. Un rojo que hacía juego con el de unas uñas perfectamente pintadas.
    Las uñas de unos dedos estirados de una mano abierta.
    Una mano abierta, estratégicamente colocada para cubrir parcialmente un tatuaje.
    El tatuaje, un hermoso ramillete de flores que nacía en el monte de Venus extendiéndose por el bajo vientre de su propietaria.
    Un monte, que desde la perspectiva de los huecos que los dedos abiertos permiten a la vista, se aprecia completamente desprovisto de la maleza propia que allí debiera crecer.
    Confiriendo a la escena un toque de pálida blancura inusual.
    Sin duda, por lo menos un estremecimiento, sería un grato pago para cuando vuelva a sentir su mirada en mis ojos.

    Maldito Instagram.

 

  • Jueves 29, media tarde.

    Ayer fue un día espantoso. Todas mis esperanzas cayeron como castillo de naipes.
    No recuerdo si os conté,  además,  que cruzando, diagonalmente la calle de la peluquería, se encuentra en la esquina contraria un establecimiento Sex Shop?

    En fin, ayer caminaba acera arriba con mis perros en pos del paseo de tarde. Yo siempre camino por las aceras izquierdas, dejando las paredes de los edificios a mi izquierda,  creo que ya lo he explicado alguna vez. Sufro de una mínima cojera que con el leve desnivel de las aceras se corrige por si sola permitiéndome facilitarme el paso. Mis canes,  obedientes, lo saben y caminan siempre a mi derecha.

    Ayer, el husky parecía algo más agitado de lo normal. Los días fríos y ventosos parecen sacar al lobo que en origen lleva dentro y, parece dominarle en instinto.

    Poco antes de llegar a la peluquería y, por qué no decirlo, recordando mi escrito del día anterior. Donde os contaba cómo había disfrutado observando los límites desnudos del origen del tatuaje, comencé a repasar mentalmente la suave piel depilada,  las rojas uñas haciendo juego con los labios en O y tal vez alguna que otra indiscreción que me permitireis no desvele.. cuándo vi a un par de cientos de metros bajar por mi misma acera, pero en sentido contrario, a un chaval, jovenzuelo,  ya nos hemos cruzado con él y con su mastín en más de una ocasión. El mastín no se lleva bien con los míos. Cada vez que los tres se cruzan, el mío grande, el husky, se enfada territorialmente hablando.
    Para evitar conflictos, aminoré un poco el paso y casi sin apenas mirar hacia atrás,  crucé la calzada hacia la otra acera en diagonal en el cruce. Un par de metros antes de llegar a la acera contraria, el instinto me advirtió sobre el coche que por mi derecha amenazaba cruzar antes de conseguir llegar a mi rectilíneo destino.
    Sea como fuera, apreté el paso, más pendiente de los chuchos, que de mirar por donde caminaba, para por fin, cruzando entre dos vehículos aparcados, conseguimos nuestro propósito.
    Mi sorpresa fue mayúscula cuando, sin querer, casi atropellamos a una señora que por su acera bajaba.
    Al mirarle a la cara para disculparme por el acoso fortuito, no pude dejar de reconocer a mi peluquera, que con el susto en el rostro, volvía a poner esos rojos labios en O.
    De mi boca, un torpe -Perdone, perdona- acerté a musitar…

    (mientras, mi subconsciente me jugaba una mala pasada, al comprobar cuán parecido tan grande tenían los rojos labios en O, los ojos saltones del susto, con los de la propietaria de una muñeca hinchable que desde el escaparate me miraba)

    .. ni me atreví a hablar. No fuera que la cagara.

    Apreté el paso, sin apenas volver la cabeza y nos retiramos raudos calle arriba.

    Cuando recapacité, comprendí que tal vez mi peluquera, tras haberme facilitado una velada información sobre sus desnudos en Instagram, pudiera llegar a pensar que igual un sátiro tenia por cliente. Tal vez, ahora pensara, que mi tosca actuación invasiva, pudiera ser una mal interpretada invitación hacia ella.
    Pobre de mi. Si además se enterase de que llevo contándonos sobre su íntimo tatuaje!
    Que vergüenza! Qué va a pensar? Cómo le explico que mi fascinación por sentir, tal vez de nuevo, el calor de su sexo en mis dedos tan sólo fue producto de mi imaginación?

    Lo primero que hice al llegar a casa fue desinstalar Instagram.
    (no sin antes echarle un nuevo vistazo póstumo)

    Y, con este breve resumen, doy por terminada la trilogía de este micro cuento que siempre pensé titular: La Peluquera.

    (obvio deciros qué partes tal vez fueran ficción o cuales no), tal vez dentro de tres o cuatro meses, cuando vuelva a necesitar un corte de pelo, os explique más sobre “mi peluquera”.

    Bueno, ahora que ya he resumido mis tres capítulos y sin querer extenderme mucho. Me he de levantar a las cuatro.

    No quiero dejar de escribir hoy sobre esa placentera sensación de cómo he percibido que me tiraban los tejos..

    Hoy me he ido a cortar el pelo. Ya os lo decía antes. Lo que quiero contar es porque se ha dado una conversación chocante.

    Ella, sigue mi página de Facebook, me tiene amigado, porque hace propaganda de su peluquería, etc..

    Y, de repente, me dice:

    • El otro día leí “esa” historia sobre tu… vecina?

    Yo se positivamente que lo único que tengo escrito sobre “vecinas” es lo de:

    https://montxomon61.wordpress.com/2015/01/30/los-orgasmos-de-mi-vecina/ (parte 1 y 2)

    Con lo que tirándola de la lengua… pude comprobar cómo se había entretenido en leer sobre el tema orgasmos, aunque no quisiera abordarlo con las palabras correctas.

    En eso, he de confesar que me he sentido halagado, no he podido confesarle que también sobre ella (en otro sitio, aquí en Word) había escrito alguna cosa.

    Lo que si me he permitido cuchichear es que la vecina de los orgasmos, también es clienta suya. -Lo sé porque la he visto alguna vez sentada en el mismo sillón en que me corta el pelo a mi-. Para que le de vueltas a la cabeza.

    Lo que no he querido decirle (para que no cerrara el círculo), es que además, también “ella” tiene un comercio muy cerca del suyo.

    Lo dicho… una gran tarde de risas veladas.

La dureza de una conversación íntima.

Recuerdo una conversación entre… “mi ego” y “su ego”, durante el tiempo justo en que transcurrió el ACTO.

La pareja de egos parecían decirse:

Ella decía:

  • Qué duro estás.

Él contestaba:

  • Qué blanda eres.

Diez minutos después, la conversación cambiaba de rumbo.

Ella decía:

  • Qué blando estás…
  • Que dura eres!!

Cuernos de oro.

Cuando curraba en un almacén de hierro de Tarragona allá por los 90´s, tenía un compañero de curre… que decía:

 – Yo no soy celoso. El que la toque se la lleva!!

Y, si. Se la llevaban más a menudo de lo que él hubiera deseado.
Y, si. (también) Siempre se la devolvían (a la mañana siguiente)

Con los años la historia fue mutando… Al final, (ella) que era más “avispada” que él y con unos apetitos tipo:

– Tengo tanta hambre que el coño me muerde el delantal!!

… acabó dedicándose a sacar partido.
Dicho esto, él dejó de currar y todos los días se bajaba al bar de debajo de su casa para, haciendo “ostentación” de poderío y ¿firmeza? zamparse dos docenas de gambas a la plancha. Con su vinito blanco también, oye!!

El camarero, (ante los jocosos comentarios vertidos por los feligreses asiduos a su establecimiento), que, cada día escuchaba, sobre: En qué andaría haciendo su esposa mientras él atacaba, -cada día, con más saña-, el marisco), un día, -con la confianza-, le preguntó:
– Oye Marcelo, a ti no te importa que todos tus vecinos se estén cachondeando a tu costa y llamándote cornudo?
Y el tal Marcelo, con su voz socarrona le contestaba alzando la voz:
– Mira. Ves a todos esos de ahí? Pues sus mujeres, -tarde o temprano-, también les engañarán. Seguramente con los mismos mindundis que ríen junto a ellos. Sin embargo, mis cuernos son de oro. Trae otra de gambas y ponles lo que quieran tomar a los risueños. Que entre cornudos, hay que ser solidarios.

(Os habréis dado cuenta de que conforme avanzaba la anécdota he cambiado del singular al plural, la contestación del tal Marcelo al camarero. Esto es porque en realidad, -y para acallar las voces-, el camarero, compinchado con su “extremadamente buen cliente”, repetían la conversación a menudo)

Esta foto es de un coño? No serás un pervertido?

Antecedentes:

En septiembre de 1994 me separé (la primera vez). Tras ocho años de matrimonio cuyos únicos frutos resultaron ser, una preciosa hija de ocho años y una vida atormentada por una esposa excesivamente posesiva y celosa a partes iguales.

En el 95 andaba de aquí para allá, con un cacao mental de tres pares de …

Desubicado completamente en cuestión de amistades, ligues y un largo etc de lo que podía ser la carencia de vida social. Sin trabajo estable, sin casa, sin pasta, sin vida… Un cuñado, que se estaba haciendo una casa en Almería, me ofreció trabajo para un par de meses, los del verano del 95. Se convirtieron en catorce.

Los hechos:

Cuando volví a mi provincia natal, a la casa paterna, a las amistades recuperadas y, al trasiego de resarcirme del tiempo perdido en cuestiones amatorias, me topé de casualidad con uno de los amigos conocidos los meses antes en el Cabo de Gata.

Juan, que un par de semanas me guió cual cicerone, ayudándome a contactar y conocer a las amistades que veraneando en la citada región andaluza, ahora de nuevo volvían a residir en Barcelona. Fue un éxito.

La primera fiesta a la que me llevó fue en un piso ocupado de la calle Mallorca. En una cartulina, en la pared del rellano del segundo piso se leía: FIESTA DE POLLAS Y COÑOS. Así, sin más. Aunque me pareció un slogan excesivo, no quise parecer mojigato y sin preguntar y, sacando una botella de Ballantine´s del bolsillo interior de mi cazadora vaquera a modo de “presentación”, allí que me colé.

Nada más entrar, un simpático trio de chicas más o menos andróginas de look a lo punkie, nos dio la bienvenida y tras agradecer el etílico regalo me convidaron a entrar en un lavabo. A la puerta del mismo, me explicaron, que dentro, sobre la taza del wc había una cámara de fotos Polaroid ( de esas con auto-revelado), se trataba de que, en mi intimidad, me bajara los pantalones, mi ropa interior (si la llevase) y sin manipular los genitales (para que no se apreciaran erecciones que formaran falsas expectativas) me hiciera una fotografía de, sólo “mis partes”. Luego, todas las fotos se colocarían en dos urnas. Una de chicas y otra de chicos.

No me pareció mal, total… ya llevaba yo mucho tiempo “de barbecho” y cualquier expectativa podía funcionar bien.

Alguien preguntó si alguien sabía cortar jamón? Mi querido amigo Juan, gritó:

  • Éste. -Señalándome-.

Y allí estuve cortando lonchas de jamón durante un buen rato.

Una chavalita que debía tener una quincena de años menos que yo, entrelazó sus dedos con los míos al tiempo que los metía bajo el elástico de sus mallas y me susurraba cochinadas al oído, me explicó que ya iban a hacer el sorteo de las fotos.

  • Ojalá me toque la tuya!!

En el sorteo, de dos cilindros de cartón, cada cuál sacaba una foto del bombo preferido (según preferencias sexuales) y, debíamos indagar en encontrar a nuestra pareja con tan pocas referencias ilustrativas.

Acostumbrado a la monogamia -todavía-, no dejé de susurrarle que todavía podíamos dejar el piso y buscar consuelo por ahí…

Cuando se acabó el jamón, se acabó el chollo de niña. Me dejó con el aroma salitre en los dedos y desapareció.

Ni Juan ni yo encontramos nuestros regalos aquella noche. Por lo que decidimos echar el pie a la calle antes de que la segunda denuncia por ruidos, situara a la policía local a la puerta de aquella fiesta tan inusual.

Desenlace:

Unos años más tarde, mi tercera o cuarta pareja, creo que fue María, aunque no lo recuerdo muy bien, (creo que cuando escribí  https://montxomon61.wordpress.com/2015/02/21/janis/  ya hablé de María) una tarde, guardando calcetines en una cómoda, dio con la foto de marras y me espetó:

Esta foto es de un coño? No serás un pervertido?

 

 

El zapato perdido.

El zapato perdido.

Esta es una de las múltiples peripecias cómicas que según me explicó Javier, le había ocurrido una vez en un viaje con su esposa Sarah.

Para empezar, debo explicar que hace muchos años, allá a finales de los ochenta, a través de un cuñado, conocí a Sarah y a Javier. Javier era socio de un cuñado mío y Sarah, su entonces esposa. Ex-esposa ya en la actualidad.

(tanto va el cántaro a la fuente que al final …)

Sarah era una rubia delgada, sonriente, fresca y voluptuosa mujer, de aquellas acostumbrada a explayarse en los movimientos de sus muy bien puestas curvas. Javier -su marido-, un bígaro metro noventa, ancho de espaldas.. como yo, vamos 107 kg en canal. Él bastante más serio que un servidor, doy fe.

Tanto Javier, un tipo al que los negocios le iban francamente bien y acostumbrado a tocar pasta y Sarah, una princesita de familia bien, delicada en apariencia pero de gestos y trato vehementes hasta una hilarante locura, eran muy muy divertidos.

Ambos se procesaban un cariño cómplice aunque a ambos se les conocían portentosas aventuras extramatrimoniales que, aparentemente, parecían unirlos aun más. Un matrimonio no convencional. Por lo menos en aquellos años.

Muchas veces, en largas veladas, tras las cenas entre amigos, se daban caña el uno a la otra -y viceversa-, en la explicación de sus aventurillas sexuales, como si de esa manera, su amor se regenerara una vez y otra y otra más, cada vez con fuerza renovada.

Así, mientras, por ejemplo, Sarah se explayaba en explicar su experiencia cumbre, -ante la hipnótica mirada de mi hermana y el asombro por parte de mi cuñado o de un servidor, entre otros- cómo en cierta ocasión,  Javier la había pillado en el propio lecho de ambos, con un desconocido, follando como posesos, ella se las había ingeniado para, no sólo calmar la furia de Javier, si no además sacar al amante de la habitación, inducirle a que se vistiera, se fuera y volver a su habitación, dónde su marido, Javier, la esperaba con una cara de mala leche de tres pares, para, sosegada, preguntarle que qué le pasaba? Aquí, como era lógico, Javier le increpaba sobre que qué quería que le ocurriera? Que la había pillado en su propia cama con otro y que…

Aquí, Sarah negaba lo ocurrido ante la estupefacción del corneado Javier, que le volvía a rebatir -una y otra y mil veces más-, que lo acababa de ver. Ella negaba. Él se ponía de los nervios intentando convencerla de que diez minutos antes un tipo estaba allí. Follándola. Ella volvía a negar, una y mil veces y a decirle que estaba loco. Que debía de sufrir alucinaciones. Que igual se estaba pasando con la cocaína últimamente. Que qué vergüenza dudar de ella en un asunto así. Que qué poca confianza tenía en ella, etc, etc, etc… hasta con su característica vehemencia en sus explosivas declamaciones acababa por “convencerle” de que todo lo había imaginado.

Claro. Mientras contaba este episodio, Javier permanecía callado, huraño, rencoroso y dócilmente apesadumbrado por haber tragado con semejante historia. Mi hermana la miraba como a una diosa. Mi cuñado miraba a su socio como a un inútil. Yo miraba a Sarah con un deseo brutal. Lo que hubiera dado por conseguir sus favores allí mismo, sobre la mesa. Los otros comensales debían pensar muy parecido.

Cuando las carcajadas de todos remitían, era el turno de Javier.

Nos contaba -por ejemplo-, de cómo una vez le había sucedido “lo del zapato”. Esta era una historia muy manida que, parecía unirles mucho. Raros que eran.

Javier contaba sobre cómo en un viaje largo, en unas vacaciones, creo que de Barcelona a Lugo, al ir a repostar combustible en una gasolinera, se había dado cuenta de que en el lateral, justo por la parte baja de su asiento había encontrado un zapato blanco de mujer. Como su subconsciente, raudo, le había avisado de que tal vez fuera de una secretaria de su empresa con la que había estado retozando unas semanas antes, instintivamente, lo había cogido y tirado en una de las papeleras de la Estación de Servicio al ir a pagar el importe de llenar el depósito.

Luego,  una vez llegados a Lugo, al salir del automóvil, su suegra se demoraba porque no encontraba uno de los zapatos que dentro del coche se había quitado para estar más cómoda. Ante la metedura de pata, optó por negar la evidencia hasta el absurdo y dado que tanto Sarah, como su hijo y como la suegra estaban muy cansados, habían decidido entrar en el hotel y que al día siguiente, con luz y tranquilidad ya buscarían dentro del coche.

Claro. Aquí, la expectación hilarante de los comensales no se dejaba esperar…

  • Y, Qué hicisteis?

Javier, explicaba, avergonzado, mientras una Sarah exultante y capciosa se reía mientras le interrumpía para explicar sobre cómo el “imbécil” de su marido, había fingido ir a buscar tabaco o dios sabe qué antes de ir a dormir en el hotel, para tirarse con el coche otros cuatrocientos km -ida y vuelta a la gasolinera-, para hacer ver que había encontrado el zapato de su suegra.

Lo dicho, mientras nos reíamos con las aventuras de Sarah y Javier a los postres de las cenas, un servidor la desnudaba una y otra vez con la mirada.

Y, estoy seguro, ella lo sabía.

 

Lola.

Lola (Comentando a Valeria…)

A veces, los recuerdos -insanos o no- aparecen sin más.

  • Insanos?
  • Vaa… No asomes, precisamente hoy, con el calor que hace, no estabas pintando?
  • Por qué insanos?
  • Ya sabes por qué. Y a ésta gente que nos lee -ese dato- no les interesa.
  • Tu crees? Fue tu hemisferio el que se encoñó con Lola. Cuando fuimos a su casa, fue para colocar aquellos enlucidos de madera para proteger de la humedad.
  • Vivía en un bajo.
  • Ya se que vivía en un bajo. Lola estaba loca, como una cabra. Aun recuerdo aquella noche de la lluvia de estrellas que casi acaba en lluvia dorada. Se meo encima. Mientras estaba sentada en un sillón de una terraza. Que guarra!!
  • No se meo. Se c… descubrimos con ella el punto G. Tu le hablabas de arreglarle los bajos (de su casa) a su subconsciente. Yo hablaba con ella. Bajo la mesa nuestras manos jugaban. Fue algo incómodo (para que no nos vieran).
  • Que te crees tu eso. Da gracias que era de noche..
  • …!
  • Siempre nos han atraído las descerebradas, recuerdas?
  • Claro. Así nos fue durante tanto tiempo.
  • Lola fue especial. Fue la primera, la que nos sacó del tedio del matrimonio con..
  • Chist!! Los nombres chitón. O te encierro.
  • No te atreverás! La última vez ya sabes que estuvimos sin hablarnos un mes.
  • (que descanso)
  • Eh!! Que te he oído. Estoy en tu cabeza. Lo recuerdas?
  • Pues claro…No te dará una apoplejía un día, no…
  • …!!
  • Un ictus? Cortito?
  • Eres un imbécil. Me voy. Voy a seguir pintando. Me hubiese gustado ofrecer mi visión de la relación con Lola. Después de todo YO soy el artista, tu sólo eres el sieso que escribe… Qué ibas a escribir si no? De qué experiencias contarías? Ya me llamarás, ya.
  • Si. Para comer. Recuerda que un artista es un payaso. (también)
  • Imbécil…

(¡¡Portazo!!)

En fin, perdonad -una vez más- el inciso. Estaba en que tras comentar en el Blog http://loslabiosdevaleria.wordpress.com/ ha surgido un fantasma del pasado.

  • Otro. Otro fantasma!!
  • Te juro que un día….

Tras comentar -repito-, he sentido la necesidad de recordar el episodio con Lola.

Una vez, salí con una pintora, (eso decía ella) pusimos una gran sábana a modo de improvisado lienzo, sobre un sofá. Para protegerlo del polvo.

  • Qué polvo? Quién es el fantasma ahora? Eh!!
  • El de la sierra. Fuimos a lo de las maderas. Ves como no pillas?

Le gustaban los colores morados, pintar atardeceres.
Disfruté al principio, -para qué negarlo, por la novedad- perfilando con un pincel las aureolas de sus pechos. Ella hizo lo propio conmigo. La pericia de mis trazos degeneró bastante.
Las risas, los besos, los escarceos íntimos, las mezclas de óleos y acrílicos, la técnica de empastar…
Nos reímos mucho. Menos después, a la hora de lavarse.

No la volví a ver durante años.
Dos décadas después, tras una breve visita a su ciudad -fui a un entierro acompañado de mi hermana pequeña-, nos cruzamos por la calle. Ella iba con marido. Dos niños pequeños.
Saludos, efusivas muestras de cariño, ¿De nostalgia? Nos invitaron a su casa. A tomar café, charlar. Una visita cordial.

Entrando en la casa. Pasillo al fondo. Cuando crucé el comedor y vi la gran sábana extendida en una pared, el corazón me dio un vuelco.
Vi las huellas de los excesos de hace años sobre una pared.
Instintivamente bajé la mirada al suelo, saludé a los niños y cuando la volví a levantar, el tal Javier le preguntaba a mi hermana si le gustaba el cuadro.

Lola, -la amiga pintora-, me lanzó un imperceptible guiño que no pasó desapercibido por mi hermana, que después, ya en la calle, me increpó:

– Ésta tía te ha guiñado un ojo con su marido al lado? Anda.. Vamos, que estamos de entierro!!