Comunicación padre-hijo.

A MI PADRE

También pensé que tú a tus cincuenta, habías recibido menos hostias que yo por parte de la vida. Que sé que es una afirmación muy dura. Y que también te admiro por ello. Qué difícil debió de serte detener toda la furia que mis actos hacían hervir tus ojos.

Hoy pensé… Esta mañana:

Te lo has currado padre.

Muchas gracias.

Aunque, que lentos que fuimos, joder.

Demasiado lentos. Tuviste que morirte para entendernos.

Pero aprendí una buena lección.

Es triste -sin embargo-,  que no le llegases a mi cachorro.

Tengo una amiga… -de esas metepatas-, que…

Unos con más edad, otros con menos.

Unos con los niños emancipados, otros con ellos a cuestas.

En conjunto, en el cuadro de amistades que forman la panda que somos, siempre procuramos juntarnos por lo menos un par de veces al año. Intentamos alquilar alguna casa rural donde poder pasar unos pocos días de “descanso”.

Cada vez es más complicado quedar. Los hijos, las nuevas parejas, los hijos de otras parejas. Las mascotas, l@s ex.. Los trabajos de unos u otros. En fin, la lista de peros es larga.

Este año, por junio, conseguimos juntarnos siete parejas. veintitrés entre adultos -solteros y casados- y menores. Más cinco perros.

En cuanto nos sentamos por primera vez a la mesa, mi mujer me mira, me sonríe, y al oído me dice:

  • Vigila lo que haces. Tengamos la fiesta en paz.
  • … Perdona?
  •  Te das cuenta de que menos con tu hermana, has tenido líos con todas las tías de esta mesa?

Algo ruborizado -lo admito- me vuelvo hacia ella y miento:

  • Buehh… Hace tanto de eso.. Ni me acordaba ya.

La comida se desarrolla tranquila. A los postres les siguen los cafés y, las copas. Entrada ya bien la tarde, nadie parece quererse levantar. los niños corren por los campos. La algarabía de pelotas y bicicletas promete una nueva generación de amistad. Lo comentamos entre todos. La cosa nos hace gracia y entre la segunda y tercera ronda de licores, el rule del hachís, las nostalgias, los compromisos, las confidencias, van acomodándose alrededor de la mesa.

En un momento dado, Alicia se pone a discutir con su pareja. Las voces airadas nos sumen al resto en un silencio incómodo y Javier -su nuevo marido-, sale a pasear  al calor de la tarde.

Ante la insistencia de las miradas del grupo, sobre todo de las de su género, Alicia explica que su marido no quería venir. Que se sentía incómodo porque ella le había contado que en nuestro grupo, en nuestra época hippie, la mayoría habíamos salido unos con otros.

Javier es nuevo en el grupo, se casó con Alicia hace un par de años. Tan sólo lo conocían algunos de otra quedada de grupo. A esa no asistimos nosotros. Parece buen chaval.. -hay que tenerlos bien puestos para manejar a esa mujer, recuerdo y callo-.

La confidencia vuelve a llevarnos hacia nostálgicos recuerdos de juventud. Sin querer, empezamos a hacer cábalas…

Al final, Alicia explota en carcajadas. Los ojos le estallan en lágrimas. Las burbujas del sorbo de Gin-Tonic le asoman por la nariz.. y confiesa:

  • Me parece que yo soy la única que se ha acostado con todos los tíos de esta mesa!!

Desde el office de la cocina, mi hermana y mi cuñado cruzan una mirada intensa con mi esposa. Ésta se ruboriza y comienza a reír.

Alicia me mira y con un gesto, enarcando sus cejas, parece contrastar un:

  • -Lo sabe?

Vuelta a las carcajadas. Ahora mi cuñado, mi hermana, mi esposa, Alicia y yo, al unísono.

Algunas caras nuevas se suman mientras otras se tornan de póker.

El momento ha pasado.

Un brindis copa en alto. Por la amistad!!

Javier, acompañado por varios de los críos aparece por la puerta.

  • Por qué brindáis?

Páginas dobladas

Hoy he comenzado un libro nuevo -a leerlo-, no me halaguen.
Una novela policíaca de serie negra. Lo he cogido de la biblioteca, no estoy para compras sin fin.

Aunque a veces, tras leerlos, los compro. Es como pretender poseer a una amante ajena.

Al hilo de esto último, de nuevo he descubierto cuánto me gusta encontrar rastros de otros lectores.
Las frecuentes páginas con los bordes doblados, lejos de molestarme, -también yo lo hago con los propios-  me permiten interrumpir la lectura e imaginar a mi antecesor.
Cuál sería el motivo por el que se permitió descansar en tal o cual página.. Qué causó que un doblez se encuentre cada seis o setenta hojas?
A veces, mis elucubraciones se pierden tanto, que mi historia supera la que estoy leyendo.
No sería el primer libro que aparco durante meses por haber perdido la ilusión.

Lo dicho, un placer encontrar páginas dobladas.

Lealtad

Lealtad, muchas veces confundida con Fidelidad -casi siempre por cuestiones de sexo-

Pero no, hoy quiero hablar de otra lealtad, la de mi perro.

Cuando llega mi hija a buscarnos al trabajo los sábados por la tarde, por la mañana ya hemos acudido paseando los tres. Cuando digo los tres, me refiero a su perra, mi perro y yo.

Él se queda firme, no se mueve. Tan sólo cuando por fin salgo tras poner la alarma y cerrar con llave, es entonces cuando accede a moverse y subir al coche que nos espera..

Ese mínimo gesto.. pone el vello de punta.

Os cuento. Los sábados acudo al trabajo para entrar a las cinco de la mañana. Soy el guarda -no se si lo he explicado alguna vez- No conduzco. Cuando me llevo los perros, vamos a pie. La fábrica dista a unos cinco km de casa. Para llegar a las cinco, salimos poco antes de las cuatro.

La calles desiertas.. el monótono paso cuesta arriba hasta medio camino cruzando el pueblo. El metódico viaje campo a través cruzando las huertas ajenas, muchas veces tan sólo iluminados por la luz de la luna, otros con noche cerrada. Sólo los puntos brillantes de los pares de ojos de otros canes que “cuidan” verjados concretos, con carreras y resuellos, ladridos roncos..

Mis perros van y vienen mil veces, recorriendo y avisando sobre mi esporádica y futura presencia a sus congéneres cuadrúpedos sin que pueda yo llegar a percibir un atisbo de temor. Tan sólo se paran, milimétricamente, ante el asfalto de carreteras a punto de ser cruzadas. Como un imán repeliendo la invisible barrara aprendida semana a semana..

Me fascina su conocimiento del terreno precario.

Mientras dura el servicio, el husky, el macho, va y vuelve corriendo por toda la explanada que separa el vallado de los edificios una y mil veces. Ladra incansable cualquier movimiento perimetral externo. Convirtiendo el recinto en fortaleza inexpugnable a mis sentidos alertas.

Cansado más que yo acaba nuestras jornadas.

Pues cuando llega el coche de mi hija, a la que desde lejos permito se abra la barrera, ambos permanecen en la escalinata atentos. Cuando por fin se abre la puerta y la conductora sale, la perra sale trotando a saludar a su dueña, se meten en el coche y a pesar de que llaman al otro.. éste no se mueve. A lo sumo me mira desde el exterior de la cristalera torciendo un ápice el cuello para buscar mi aprobación, momento nimio, imperceptible en el que si no cedo no se mueve.

Esa sensación de arrope, de cariño, de lealtad. De pasión por su ¿dueño? no es comparable con nada.

Ojalá yo hubiera asimilado el coraje de aprender esa sensibilidad.

Llega un día en el que…

Llega un día en el que sin darte cuenta, empiezas a tener un rinconcito por casa, donde se acumulan diversos tipos de tamaños,  formas y colores, de pastillas.

Esos mismos rincones de casa ajena, de los que uno se burlaba no hace tantos años.

Y.. no se sabe por qué enajenación mental o falta de visión de futuro,  pensábamos que nunca pasaríamos por ello.

Es como cuando abres un armario lleno de trastos y piensas:

– Horror..!! Recuerdo que mis tíos tenian uno igual.

Es entonces cuando caes en la cuenta de que aquella frase que dijo el abuelo, tan divertida que te ha parecido durante toda tu vida, comienza a coger forma.
Se sedimenta un poco más entre los estrechos márgenes que el colesterol a ido formando por dentro de las venas.

Debía de ser al final de Semana Santa de 1985. Camino de la estación de San Vicente de Calders (Tarragona), acompañábamos a los abuelos al tren que los llevaría de vuelta a Zaragoza. Mi madre, su madre y su padre detrás. Mi padre al volante y yo con mis patas largas, a su lado.

Mi padre, tan torpe como de costumbre a la hora de parir chistes, se había descolgado con un:

– Bueno abuelo, ya estamos en la estación. Las vacaciones han tocado a su fin. (como si a mi abuelo le pudiera importar un espacio de tiempo tras veinte años jubilado yá)

Y, de repente ocurrió. Mi abuelo rompió a reir como si Charly Rivel hubiera sido quien le hubiera hablado en aquella ocasión.
Sus carcajadas sueltas, sus mofletes sabios en esta virtud, temblando sin cesar.. su mujer, mi abuela, mirandoselo como antaño. Con el verbo fácil preparado por la costumbre para el calificativo despectivo cariñoso,

– De qué te ríes melón? Será posible! Este hombre cada vez está más pallá..

Y mi abuelo, mi padrino nacido en 1902 venga a reir..
– Jajajajajajajajajaja… Jajajajajajajajajaja…Jajajajajajajajajaja!!

Por fin, cuando ya las lágrimas que no de llanto apuntaban dolor de tripas, mi padre, tosco como de costumbre acertó a preguntar:

– Joder, Pepe. Se puede saber de qué te ries?

Y mi abuelo, entre hipos y mocos, lágrimas y toses.. acertó a contestar..

– Pues que estaba pensando, que ahora el abuelo soy yo, pero cuando vuelva en verano, el abuelo serás tu.

Tanto mi madre como un servidor reimos la infantil ocurrencia mientras mi abuela negaba con la cabeza sin haber llegado a comprender.

Mi padre, volante en mano, cerró el pico. De todos los sermones que me ofertó sobre mi acelerada proxima paternidad, aquel jarro de agua fría lo dejó helado.
Creo que por más partidos de tenis que continuó jugando, aquel día las rodillas comenzaron a dolerle sin más.
Un nuevo peso no planificado revoloteó con furia sobre sus hombros.
En tres meses, tal vez cuatro, el abuelo sería él.