El zapato perdido.

El zapato perdido.

Esta es una de las múltiples peripecias cómicas que según me explicó Javier, le había ocurrido una vez en un viaje con su esposa Sarah.

Para empezar, debo explicar que hace muchos años, allá a finales de los ochenta, a través de un cuñado, conocí a Sarah y a Javier. Javier era socio de un cuñado mío y Sarah, su entonces esposa. Ex-esposa ya en la actualidad.

(tanto va el cántaro a la fuente que al final …)

Sarah era una rubia delgada, sonriente, fresca y voluptuosa mujer, de aquellas acostumbrada a explayarse en los movimientos de sus muy bien puestas curvas. Javier -su marido-, un bígaro metro noventa, ancho de espaldas.. como yo, vamos 107 kg en canal. Él bastante más serio que un servidor, doy fe.

Tanto Javier, un tipo al que los negocios le iban francamente bien y acostumbrado a tocar pasta y Sarah, una princesita de familia bien, delicada en apariencia pero de gestos y trato vehementes hasta una hilarante locura, eran muy muy divertidos.

Ambos se procesaban un cariño cómplice aunque a ambos se les conocían portentosas aventuras extramatrimoniales que, aparentemente, parecían unirlos aun más. Un matrimonio no convencional. Por lo menos en aquellos años.

Muchas veces, en largas veladas, tras las cenas entre amigos, se daban caña el uno a la otra -y viceversa-, en la explicación de sus aventurillas sexuales, como si de esa manera, su amor se regenerara una vez y otra y otra más, cada vez con fuerza renovada.

Así, mientras, por ejemplo, Sarah se explayaba en explicar su experiencia cumbre, -ante la hipnótica mirada de mi hermana y el asombro por parte de mi cuñado o de un servidor, entre otros- cómo en cierta ocasión,  Javier la había pillado en el propio lecho de ambos, con un desconocido, follando como posesos, ella se las había ingeniado para, no sólo calmar la furia de Javier, si no además sacar al amante de la habitación, inducirle a que se vistiera, se fuera y volver a su habitación, dónde su marido, Javier, la esperaba con una cara de mala leche de tres pares, para, sosegada, preguntarle que qué le pasaba? Aquí, como era lógico, Javier le increpaba sobre que qué quería que le ocurriera? Que la había pillado en su propia cama con otro y que…

Aquí, Sarah negaba lo ocurrido ante la estupefacción del corneado Javier, que le volvía a rebatir -una y otra y mil veces más-, que lo acababa de ver. Ella negaba. Él se ponía de los nervios intentando convencerla de que diez minutos antes un tipo estaba allí. Follándola. Ella volvía a negar, una y mil veces y a decirle que estaba loco. Que debía de sufrir alucinaciones. Que igual se estaba pasando con la cocaína últimamente. Que qué vergüenza dudar de ella en un asunto así. Que qué poca confianza tenía en ella, etc, etc, etc… hasta con su característica vehemencia en sus explosivas declamaciones acababa por “convencerle” de que todo lo había imaginado.

Claro. Mientras contaba este episodio, Javier permanecía callado, huraño, rencoroso y dócilmente apesadumbrado por haber tragado con semejante historia. Mi hermana la miraba como a una diosa. Mi cuñado miraba a su socio como a un inútil. Yo miraba a Sarah con un deseo brutal. Lo que hubiera dado por conseguir sus favores allí mismo, sobre la mesa. Los otros comensales debían pensar muy parecido.

Cuando las carcajadas de todos remitían, era el turno de Javier.

Nos contaba -por ejemplo-, de cómo una vez le había sucedido “lo del zapato”. Esta era una historia muy manida que, parecía unirles mucho. Raros que eran.

Javier contaba sobre cómo en un viaje largo, en unas vacaciones, creo que de Barcelona a Lugo, al ir a repostar combustible en una gasolinera, se había dado cuenta de que en el lateral, justo por la parte baja de su asiento había encontrado un zapato blanco de mujer. Como su subconsciente, raudo, le había avisado de que tal vez fuera de una secretaria de su empresa con la que había estado retozando unas semanas antes, instintivamente, lo había cogido y tirado en una de las papeleras de la Estación de Servicio al ir a pagar el importe de llenar el depósito.

Luego,  una vez llegados a Lugo, al salir del automóvil, su suegra se demoraba porque no encontraba uno de los zapatos que dentro del coche se había quitado para estar más cómoda. Ante la metedura de pata, optó por negar la evidencia hasta el absurdo y dado que tanto Sarah, como su hijo y como la suegra estaban muy cansados, habían decidido entrar en el hotel y que al día siguiente, con luz y tranquilidad ya buscarían dentro del coche.

Claro. Aquí, la expectación hilarante de los comensales no se dejaba esperar…

  • Y, Qué hicisteis?

Javier, explicaba, avergonzado, mientras una Sarah exultante y capciosa se reía mientras le interrumpía para explicar sobre cómo el “imbécil” de su marido, había fingido ir a buscar tabaco o dios sabe qué antes de ir a dormir en el hotel, para tirarse con el coche otros cuatrocientos km -ida y vuelta a la gasolinera-, para hacer ver que había encontrado el zapato de su suegra.

Lo dicho, mientras nos reíamos con las aventuras de Sarah y Javier a los postres de las cenas, un servidor la desnudaba una y otra vez con la mirada.

Y, estoy seguro, ella lo sabía.

 

Lola.

Lola (Comentando a Valeria…)

A veces, los recuerdos -insanos o no- aparecen sin más.

  • Insanos?
  • Vaa… No asomes, precisamente hoy, con el calor que hace, no estabas pintando?
  • Por qué insanos?
  • Ya sabes por qué. Y a ésta gente que nos lee -ese dato- no les interesa.
  • Tu crees? Fue tu hemisferio el que se encoñó con Lola. Cuando fuimos a su casa, fue para colocar aquellos enlucidos de madera para proteger de la humedad.
  • Vivía en un bajo.
  • Ya se que vivía en un bajo. Lola estaba loca, como una cabra. Aun recuerdo aquella noche de la lluvia de estrellas que casi acaba en lluvia dorada. Se meo encima. Mientras estaba sentada en un sillón de una terraza. Que guarra!!
  • No se meo. Se c… descubrimos con ella el punto G. Tu le hablabas de arreglarle los bajos (de su casa) a su subconsciente. Yo hablaba con ella. Bajo la mesa nuestras manos jugaban. Fue algo incómodo (para que no nos vieran).
  • Que te crees tu eso. Da gracias que era de noche..
  • …!
  • Siempre nos han atraído las descerebradas, recuerdas?
  • Claro. Así nos fue durante tanto tiempo.
  • Lola fue especial. Fue la primera, la que nos sacó del tedio del matrimonio con..
  • Chist!! Los nombres chitón. O te encierro.
  • No te atreverás! La última vez ya sabes que estuvimos sin hablarnos un mes.
  • (que descanso)
  • Eh!! Que te he oído. Estoy en tu cabeza. Lo recuerdas?
  • Pues claro…No te dará una apoplejía un día, no…
  • …!!
  • Un ictus? Cortito?
  • Eres un imbécil. Me voy. Voy a seguir pintando. Me hubiese gustado ofrecer mi visión de la relación con Lola. Después de todo YO soy el artista, tu sólo eres el sieso que escribe… Qué ibas a escribir si no? De qué experiencias contarías? Ya me llamarás, ya.
  • Si. Para comer. Recuerda que un artista es un payaso. (también)
  • Imbécil…

(¡¡Portazo!!)

En fin, perdonad -una vez más- el inciso. Estaba en que tras comentar en el Blog http://loslabiosdevaleria.wordpress.com/ ha surgido un fantasma del pasado.

  • Otro. Otro fantasma!!
  • Te juro que un día….

Tras comentar -repito-, he sentido la necesidad de recordar el episodio con Lola.

Una vez, salí con una pintora, (eso decía ella) pusimos una gran sábana a modo de improvisado lienzo, sobre un sofá. Para protegerlo del polvo.

  • Qué polvo? Quién es el fantasma ahora? Eh!!
  • El de la sierra. Fuimos a lo de las maderas. Ves como no pillas?

Le gustaban los colores morados, pintar atardeceres.
Disfruté al principio, -para qué negarlo, por la novedad- perfilando con un pincel las aureolas de sus pechos. Ella hizo lo propio conmigo. La pericia de mis trazos degeneró bastante.
Las risas, los besos, los escarceos íntimos, las mezclas de óleos y acrílicos, la técnica de empastar…
Nos reímos mucho. Menos después, a la hora de lavarse.

No la volví a ver durante años.
Dos décadas después, tras una breve visita a su ciudad -fui a un entierro acompañado de mi hermana pequeña-, nos cruzamos por la calle. Ella iba con marido. Dos niños pequeños.
Saludos, efusivas muestras de cariño, ¿De nostalgia? Nos invitaron a su casa. A tomar café, charlar. Una visita cordial.

Entrando en la casa. Pasillo al fondo. Cuando crucé el comedor y vi la gran sábana extendida en una pared, el corazón me dio un vuelco.
Vi las huellas de los excesos de hace años sobre una pared.
Instintivamente bajé la mirada al suelo, saludé a los niños y cuando la volví a levantar, el tal Javier le preguntaba a mi hermana si le gustaba el cuadro.

Lola, -la amiga pintora-, me lanzó un imperceptible guiño que no pasó desapercibido por mi hermana, que después, ya en la calle, me increpó:

– Ésta tía te ha guiñado un ojo con su marido al lado? Anda.. Vamos, que estamos de entierro!!

Muñeca Beatriz (y dos)

Hace un par de años escribí una historieta, subjetiva, personal, íntima. Llevaba años con ella a cuestas. Mi madre tenía, -tiene- mucho que ver en ella.
Mi madre, que se está haciendo ya muy viejica, ha estado en casa una breve temporada. Una vez más, las enseñanzas de MUÑECA BEATRIZ han vuelto a mi cabeza.

MUÑECA BEATRIZ
(escrito febrero 2013)

Todos llevamos cientos de relés en nuestro cerebro. Pequeños resortes que inconscientemente nos hacen recordar y modifican nuestras conductas.

Muñeca Beatriz es un recuerdo que llevo en mi memoria desde hace décadas.

Beatriz era una amiga de mis hermanas, de cuando el apartamento de Bará, pongamos una década menor que yo.

Lo que quiero explicar hoy, ocurrió en breves segundos, una rápida conversación, un comentario mio fuera de tono, una veloz réplica de uno de mis progenitores y, posteriormente,  una lección aprendida de por vida que se quedó en la buhardilla de mi memoria como relé recurrente.

Mi recuerdo data de una mañana posterior al día de Reyes, no demasiado después, pongamos siete de enero, volvíamos del supermercado,  cargados de bolsas, mi padre, mi madre y yo, yo con mis catorce/quince añicos,  pletórico de esa mala baba que fue mi adolescencia, no recuerdo ninguna bronca en especial, pero si que era un nuevo día tenso.

Entre el rellano y la escalera al primer piso, nos cruzamos con Beatriz, iba acunando una muñeca repollo -una moda que sufrimos los niños hace años-..

Ante la mirada dulce de mi madre, la niña nos mostró su tesoro recién adquirido.

– Que muñeca más fea.
(el exabrupto que salió de mi boca resonó por todo el portal)

– A ella le gusta y eso la hace feliz.
(replicó rauda mi madre mientras carantoñeaba a la cría en dulce consuelo ante mis duras palabras)

Mientras pasábamos del primer piso al segundo tramo de escaleras, brazos en tensión,  paso sereno (nuestra casa estaba en el tercero), aun insistí con un:

– … Pero es que es fea.
(mi pensamiento albergaba, -en esos momentos-, esa estúpida idea de que la libertad radica en decir todo lo que pensamos sin más, junto al bullicio de los cientos de actos que seguramente habían propiciado otra jornada tensa en casa..)

Mi padre, detrás, hizo algún comentario hosco que no recuerdo, mi madre insistió:

– Pero a ella le gusta, y eso es suficiente.

Nunca más hablamos del tema, supongo que la vorágine del día a día se tragó aquella lección. Pasaron los años,  luego fui padre, ahora ya podría ser abuelo..

Durante años ha permanecido este relé en mi cerebro.
Cada vez que tomo una decisión en la cual intervenga un posible daño a un tercero por unas hirientes palabras mías, el relé de la Muñeca Beatriz aparece haciendo gala de las palabras de mi madre.

EL SUSTO

Esta historieta la escribí al poco de comenzar en WordPress, entonces no me enteraba mucho de cómo subir fotos y no lo hice, el relato creo que mejora con su foto correspondiente. Ahí lo dejo..

Os voy a contar una cosa que me ocurrió un sábado del invierno de 2014. -Es una situación que a toro pasado da mucha risa-, pero que en aquel momento casi me cago del susto!!

Os cuento..
Los sábados, con el horario nuevo, entro a las cinco de la mañana, como me llevo los perros, voy andando, tengo unos cinco km, salgo entre una hora, hora y media antes..no siempre tardo lo mismo. Depende de las ganas que tengan de caminar, los árboles que huelan, lo que meen, esas cosas que hacen los canes..

Total, que generalmente salgo a las tres y poco de la mañana.
El camino hacia la fabrica, justo hasta mitad del mismo, es todo cuesta arriba. Hasta que salgo del pueblo más o menos. Luego, conforme voy atravesando campos, es cuesta abajo.
Ojo, no es una ascensión,  pero..es ese punto, en el que se va forzando un poco el paso todo el rato. A mi, con la artrosis de rodilla, me cuesta más caminar hacia arriba, que en plano o cuesta abajo.
Yo siempre voy con los cascos de la radio puestos. No de esos que van dentro del oido que me hacen daño, no. Yo llevo unos cacofónicos bien grandes. De propaganda de la Heineken. -Mientras re-escribo este post, los recuerdo con nostalgia, que bien sonaban-. Todos ellos de color verde y rojas las estrellas de la marca. Como un disc-jockey urbano.
(y a quien no le gusten, que no mire)

Pues imaginaos la situación:
La noche cerrada.
Sin luna.
El arf, arf, arf, arf…de ir tironeando de los perros..
Los cascos sonando a todo guiñapo para concentrarme en mi mundo..
Cabizbajo, mirando todo el rato al suelo..
No vaya a ser que pise alguna hierba mojada, me resbale y me esmorroñe por ahi..

No se si os pasa a vosotros..pero cuando vas solo, a oscuras, con la mente perdida y concentrado, a veces oigo algo parecido a voces..o creo que alguien saluda..o alguien me mira. -Puede también que sea la psicosis perceptiva que nos acompaña a los vigilantes de noche-.

Como a esas horas, rara vez me topo con nadie, y además llevo los perros, que dan seguridad y avisan, voy concentrado en mirar lo que piso, y a tajo, para que los chuchos no se paren.
Lo demás no existe.

Y de repente, sabeis esa sensación de que hay alguien alrededor…  levanto la cabeza..

Y me encuentro con esto..

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Una furgoneta, aparcada al final de la cuesta. Donde se acaban las casas..

El gracioso del dueño le ha puesto al sillón del copiloto una chaqueta tipo militar, chaleco reflectante y esa máscara al reposa cabezas..

Mira… al levantar los ojos del suelo, di un respingo, que los cacofónicos salieron volando..sólo sujetos por el cable… dando vueltas alrededor mio..
Hasta las gafas, generalmente sujetas con una goma de esas al cogote.. se me movieron.

Los perros se pusieron a ladrar.. nerviosos, porque miraban alrededor y tras no percibir ningún peligro, me miraban con esa cara de tontos que ponen los perros cuando no entienden nada..
Me entró la risa.. una risa floja y nerviosa, una vez pasado el susto inicial. Los perros percibieron el cambio de ánimo y se pusieron a jugar, correr, morderse.., esas cosas que hacen los chuchos, vamos.
(todo sobre las cuatro de la mañana. .)

En fin, que susto el hijo puta.

En la edad del pavo

Conversación Whatssap a dos bandas.

En dos grupos -el familiar y el de “sólo primos”-.

En el familiar:

Una prima mía cuelga un vídeo donde, imitando a un director de orquesta, hace el payaso. Su marido, nos indica el qué y cómo, y le hace burla sobre su actuación. Su hija, mi sobrina, -de ella que no de él-, comenta: Cuánto “disfruta” -haciendo el payaso- y.. se permite -en un alarde de ¿genialidad?- añadir que ella salió de ella. (pretendiendo decir que ella sale a su madre -en lo payaso-)

Mientras todos los familiares reímos la ocurrencia de la adolescente, paralelamente, se crea otra conversación, subida de tono, en el grupo de “sólo primos” -éste lo tenemos para cuando no queremos hacer partícipes a los menores de edad, y de paso a las parejas políticas-

La broma, tampoco nada del otro mundo, va dirigida a que seguro, “disfrutó” más cuando la metió -a la hija- el padre de la criatura, -curiosamente, otro de esos “desaparecido en combate” que no asoma para pagar pensiones, etc, etc..

La puya, dirigida hacia mi prima, en chat paralelo. Evita que el marido actual se entere de lo que estamos hablando. Al final, las hileras de Emoticonos soltando lágrimas de risas, se van colando en las dos conversaciones hasta conseguir que nadie sepa realmente de qué se están riendo los demás.

Frases célebres? (Rosi, como no te cabe por delante te la meto por detrás!!)

Corría el verano de 1990. Entonces trabajaba en un supermercado de costa. En Miami-playa, Tarragona. (España)

Rosi, mujer menuda, era una treintañera, soltera, muy fiestera, y con mucho carácter. Su hacer y su peso -en el trabajo- le confería cierta autoridad, que le permitía ejercer como jefa de cajas sin que nadie le hubiera otorgado dicho cargo. Por aquel entonces tenía bajo control cuatro cajas con la suya. Allí trabajábamos, contando todas las secciones una veintena de personas que se ampliaba a treinta en el ecuador de la temporada de verano. -se abría desde marzo hasta octubre-

Asumía responsabilidades ajenas, sin que Andrés, el propietario, la contrariara, -para qué, debía pensar él, bastante tenía con discutir con Roberto cada día-

https://montxomon61.wordpress.com/2014/12/03/una-pareja-de-idiotas/

Carmen, mucho más amable y educada, más joven e instruida, con novio formal a la antigua.. estaba a cargo de Recepción. En Recepción, además de gestionar y anunciar por megafonía a vendedores y repartidores, se vendía tabaco, postales y sellos, libros y revistas, etc..

El supermercado, era una tienda grande. Unos mil metros cuadrados de sala, más trescientos de almacén en el sótano. -yo trabajaba entonces como encargado de compras y almacén- aquel sótano era mi reino.. para acceder a él, además de una pequeña e incomoda escalera, se utilizaba un monta-cargas. En pleno verano, prácticamente colapsado todo el día.

Juan, era el repartidor de Cervezas Damm de aquella localidad. Era un buen tipo. Joven, no tendría los ventiocho aun cumplidos. Alto. Recio. No mal parecido. Y.. debido a su trabajo de carga y descarga, muy fibrado, con buenos bíceps y poderosas piernas. Vamos, que se lo rifaban.. todas aquellas gatas, cada vez que asomaba por ahí.

Juan, a pesar de ser Autónomo con sus repartos, era un tipo tosco. Parco en palabras y, desde luego, con pocas luces dada su falta de estudios primarios.

La Sección de bebidas, cercana a la zona de cajas, ocupaba una tercera parte de la tienda, -en aquellos años, los turistas (alemanes en particular), no le hacían ascos a deleitarse en vacaciones con grandes ingestas de alcohol-, de ésta, casi la mitad estaba nutrida por decenas de tipos, clases, marcas y formatos de cervezas. Lager, tostada, pilsen, negra, de trigo, de importación, por países, con y sin alcohol.. de todo.

Por supuesto, las cervezas españolas tiraban más, -por precio, básicamente- motivo por el cual, Juan acostumbraba a venir un par de veces por semana. Nos hacía el favor de recargar de cajas de sus cervezas, el espacio adjudicado a su marca, prácticamente a su libre albedrío. Luego contábamos y hacíamos números.

En julio y agosto, debido principalmente a la aglomeración de clientes, no se permitía la entrada de mercancías por la puerta principal, en temporada baja, las normas eran mucho más laxas. Sin embargo, dada la ayuda que Juan nos proporcionaba, con él hacíamos excepción, siempre y cuando lo comunicara previamente en recepción o a la jefa de cajas y, tuviera el buen tino de no atropellar a nadie con su carro..

El día de autos, -poneos en situación- Un lunes de resaca, se encontraba Rosi contando monedas de cambio, absorta de cualquier comentario ajeno para no descontarse. Un servidor, hablando con un proveedor por fuera del mostrador de Recepción. Carmen, colocando cajetillas de tabaco en sus mínimos departamentos, de espaldas al público.

De repente, raudo y con prisa, tirando de un carro vacío, recién descargado, aparece Juan. Con la mano libre acciona el micrófono de Recepción y dice:

– ROSI, COMO NO TE CABE POR DELANTE, TE LA METO POR DETRÁS!!

Y, continúa su camino, desapareciendo por la puerta principal en dirección a su camión.

Os juro que el momento de silencio que se formó en la tienda se podía cortar con un cuchillo.

Mi proveedor calló, abrió mucho los ojos y murmuró:

– Qué ha dicho este tío?

Carmen, se arrugó tras el mostrador, muerta de risa. Mientras las cajetillas de tabaco se deslizaban desde sus manos al suelo.

Loli, -una de las eventuales de temporada alta y, la cajera más cercana a la salida- comenzó a atragantarse y a toser tras sus joviales carcajadas.

Yo, desviando la mirada de mi contertulio, en dirección a Rosi, pude comprobar cómo un rubor perlado, cálido y fulgurante subía por sus mejillas, mientras una lúbrica y muy breve sonrisa surcaba sus labios. Se puso seria un momento. Dejó de contar, cerró de un golpe el cajón de su registradora y, veloz, desapareció en dirección al office.

Cuando volvió a salir Juan con su carro vacío, repitiendo la operación de descarga, Carmen ya había escondido el micrófono bajo el mostrador, Loli seguía hipando de risa, con sus húmedos ojos brillantes..