Apolo.

Hoy quiero contar una historia tan amable en su principio como surrealista en el final. Apolo es el nombre de un dálmata que…
Mejor empiezo por el principio:

El pasado uno de enero, sobre las ocho de la mañana, desperté ante la algarabía de unos ladridos que parecían sonar dentro de mi cabeza. Medio dormido aun, pensé: -Empezamos bien el año, joder!-. Abrí un ojo y, si. Ahí, en la puerta del dormitorio, un joven dálmata me miraba con interés mientras mis otros dos perros competían con él por llamar mi atención.

Perplejo, y semi-incorporado, procedí al intento de quitarme las legañas de la alucinación mientras mi esposa terciaba:

  • Has visto que perro más majo nos hemos encontrado?

Yo, todavía incrédulo, sentándome en la cama y buscando las zapatillas, repuse algo parecido a:

  • Pero… De dónde? Cómo…? De quién… Cuándo?
  • Lo hemos encontrado perdido cuando he bajado a que los perros hicieran pis. Se le ve bien cuidado. Has visto? Se le marcan un poco las costillas, pero no creo que sea de hambre. Está limpio. No debe llev…

Perdido (realmente yo) entre mi sorpresa y mis pensamientos acerca de lo escuchado “pues claro que se le marcan las costillas, se le ve joven, es una raza acostumbrada a correr… No como los nuestros, (a los que jocosamente denominamos el ladrillo y el jabalí) que están tan hermosos como… Como yo”.

La voz de mi esposa -desapareciendo por el pasillo-, aun audible, concluía:

  • Cuida tú a los perros, que voy con éste a ver si veo a sus dueños..

A los cinco o diez minutos, vuelve a subir. Ya sin el can.

Contento por el bicho, afirmo:

  • Jo. Si que has encontrado pronto a sus dueños.
  • No. No he encontrado a nadie. Lo he dejado abajo.
  • Abajo? Dónde abajo?
  • En el rellano. Por fuera. Se ha quedado quieto, como si conociese el barrio..
  • Pero, qué dices!! Pobre perro. Vamos a organizar cómo encontrar a sus dueños vía Face.. o avisando a la Guardia…

Mientras me abrochaba los pantalones y calzaba las botas ya había bajado y subido -toda contenta ante mi entusiasmo-, con el dálmata a casa otra vez.

Avisar por teléfono a mi hija para crear una búsqueda, hacerle cuatro fotos para ilustrar los pasquines con los que ya pensaba inundar las farolas y postes del barrio y, el hijo puta del perro mearse -para “marcar”- en el árbol de Navidad fue todo uno. Mi husky que me mira, con su cara de lobo cuando cambia las orejas hacia atrás, saca a relucir los colmillos y achica los ojos.. Vamos, el tiempo justo de sacarlo a regañadientes al balcón. Para separar a los dos machos con la ficticia barrera de cristal que separa éste del comedor.

Feliz Año nuevo, me recuerdo mentalmente…

Y ahí que comenzamos el periplo de realizar una búsqueda. En media hora Facebook ya contaba con la información en nuestras tres cuentas. Más majo estaba en las fotos que la impresora escupía ya sin pausa..

Primera llamada: A la perrera municipal. Hoy es festivo -me contesta una metálica voz pre-grabada-, que a su vez me explica que si quiero, puedo llevarlo y dejarlo en unas jaulas que hay ya preparadas con pienso, agua y demás, a la entrada del recinto…

Segunda llamada: A la Guardia Urbana. Datos, teléfono de contacto, conversación pre-grabada (también), e información y números de teléfono sobre el anterior servicio citado para dejar a los canes en la perrera.

Mientras mi esposa y yo nos miramos, coincidiendo en que bajo ningún concepto la opción de abandonarlo en una jaula va a ser llevada a cabo… -Todo ello transcurre ante la mirada atenta de los ojos del lobo desde el otro lado del cristal y los bufidos de la gata cada vez que el invitado se le acerca, diez, veinte minutos a lo sumo… Suena el teléfono. La Guardia Urbana. Ahora ya con voz humana. Joder!! Qué rapidez! -Pienso para mi-.

  • Sr. Tal Tal.. Tenemos aquí a una señora mayor que pregunta por un perro perdido que coincide con la descripción que usted ha dejado en el contestador. Le pasamos.

Efectivamente, una señora mayor (por la voz compungida), reclama el chucho. Le damos la dirección, y convenimos en que en breves minutos vendrá a buscarlo.

Pasan los interminables minutos. Mi esposa acaricia y consuela al dálmata mientras mi lobito me mira en plan: Que lo toque ella tiene un pase. Pero como lo toques tú… Atravieso el ventanal.

A la media hora larga llaman a la puerta. Una mujer con apariencia de abuela franquea la puerta (porta entre las manos un paquete relativamente mal envuelto), -pobre mujer, pienso para mi-, menudo susto se habrá llevado. No le cogeré el detalle. Faltaría más..

Mientras nos explica que el perro es de su hijo que vive en Alemania, aunque justo hoy está en Barcelona, riñe amorosamente al dálmata diciéndole que ya es la segunda vez en dos días que le da el mismo susto, tiende el paquete hacia mi esposa -que lo recoge antes de que yo pueda reaccionar-. Intercambiamos los números (ahora que el perro sabe a dónde acudir y tras conocer que ha repetido escapada) no vaya a ser que se pierda de nuevo…

Despedidas. Agradecimientos. ..

Mi esposa, contenta, abre el paquete y vemos con agrado un Pannetone de marca. No uno de esos de pega.. Uno con un pintón que lo flipas. Con sus pasas, sus trocitos (generosos) de fruta confitada. Vamos, que ya tenemos postre.

Olvidando lo mal envuelto que estaba el presente (las prisas.. pobre mujer, aun recuerdo), desecho los envoltorios para reciclar en la caja para el contenedor azul.

Bueno, parece que si. Que el Año Nuevo ha comenzado bien.


Y hasta aquí, la buena acción.

A partir de ahora la historia surrealista:

Tras comer, tarde, -tuve que ir a echar un ojo a la fábrica, una alarma había saltado…-, y comenzar a degustar el bizcocho cosechado por nuestra buena acción, suena el teléfono.

La vieja de nuevo.

Antes de que le pregunte por si Apolo ha vuelto a fugarse y con voz temerosa, la mujer me explica:

  • Verá. Le llamo… Porque resulta que me ha visitado una amiga, alemana también como yo, y me ha preguntado que si me había gustado el regalo que me había hecho? Vera usted, el regalo de esta mujer, lo confieso, era el Pannetone que gustosamente les he regalado a ustedes.., lo que ocurre es que ante la insistencia de mi amiga, a la que yo le he contestado que todavía no lo había abierto y que ya le diría… Hasta que no se ha ido, comprende? No le je podido llamar. Me puede decir si debajo del bizcocho había algo? Alguna joya tal vez? Algún detalle…?

Yo, flipando por el cariz que la conversación derivaba y ante la sonrisa cómplice de mi esposa -que con los dos carrillos llenos, me inquiría sobre si tal vez quería que le devolviésemos el bollo…-, le he contestado:

  • No. Sólo.. Un Pannetone, muy bueno, por cierto, (no se le fuese a ocurrir preguntar…)
  • Y..? Debajo? Debajo del envoltorio…
  • No sé. Lo eché a reciclar. Un momento.. Que miro. -Musito, sonriendo, con los ojos hacia mi esposa, para que sea ella quien vaya hacia la caja de cartón que contiene los restos de papel-.

Mi esposa vuelve, aguantando la risa con la mano que no sujeta el envoltorio que extiende para que yo compruebe el interior.

  • Señora! Hay dinero. Cincuenta euros. Dos billetes de veinte y uno de diez.
  • Ay. Muchas gracias. El Pannetone pueden quedárselo, pero el dinero… Es que no quiero que esa señora me pague por un favor que le hice desinteresadamente.. Si no les parece mal, pasaré luego a buscarlo, para devolvérselo.

Otra media hora más tarde, de vuelta en el zaguán de mi casa, mi perro se encara con el suyo. Vuelta a separarlos. Vuelta a las explicaciones.

  • Es que como usted comprenderá, no le podía decir a aquella amiga cómo agradecerle el regalo sin saber de qué se trataba… Comprende? Ahora la llamaré y le explicaré que no hacía falta que me pagara nada. Que con el bizcocho ya era suficiente.

Una vez más, trae entre sus manos sendas bolsas de chuches para mascotas, que de nuevo mi esposa recoge, (también de una marca alemana) y nos despedimos de nuevo.

  • Adios. Adios.
  • Adios…

(Por fin), parece contestar mi perro.

Y ahí nos quedamos, tras cerrarse la puerta, riendo a carcajadas mi esposa y yo, como dos adolescentes…

  • Pero… Cómo se le ocurre regalar algo sin abrirlo primero?

Me pregunta mi esposa entre hipos.

Mientras yo me quedo pensando sobre que buena historia tengo para escribir, no dejo de hacerme preguntas sin respuesta:

  • Y, se marchó la amiga de la casa con el desplante de no saber si la vieja había abierto el regalo?
  • O se lo pensó mejor la “nuestra” cuando comprendió cual era el regalo?
  • Y… Si llegamos a haberlos gastado, si los hubiéramos visto?
  • Y… Qué desfachatez! Nos dice que “nos lo podemos quedar” (el Pannetone) en la misma frase que nos dice “que no quiero que esa señora me pague por un favor que le hice desinteresadamente”.

En fin…  Feliz Año Nuevo!!

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El zapato perdido.

El zapato perdido.

Esta es una de las múltiples peripecias cómicas que según me explicó Javier, le había ocurrido una vez en un viaje con su esposa Sarah.

Para empezar, debo explicar que hace muchos años, allá a finales de los ochenta, a través de un cuñado, conocí a Sarah y a Javier. Javier era socio de un cuñado mío y Sarah, su entonces esposa. Ex-esposa ya en la actualidad.

(tanto va el cántaro a la fuente que al final …)

Sarah era una rubia delgada, sonriente, fresca y voluptuosa mujer, de aquellas acostumbrada a explayarse en los movimientos de sus muy bien puestas curvas. Javier -su marido-, un bígaro metro noventa, ancho de espaldas.. como yo, vamos 107 kg en canal. Él bastante más serio que un servidor, doy fe.

Tanto Javier, un tipo al que los negocios le iban francamente bien y acostumbrado a tocar pasta y Sarah, una princesita de familia bien, delicada en apariencia pero de gestos y trato vehementes hasta una hilarante locura, eran muy muy divertidos.

Ambos se procesaban un cariño cómplice aunque a ambos se les conocían portentosas aventuras extramatrimoniales que, aparentemente, parecían unirlos aun más. Un matrimonio no convencional. Por lo menos en aquellos años.

Muchas veces, en largas veladas, tras las cenas entre amigos, se daban caña el uno a la otra -y viceversa-, en la explicación de sus aventurillas sexuales, como si de esa manera, su amor se regenerara una vez y otra y otra más, cada vez con fuerza renovada.

Así, mientras, por ejemplo, Sarah se explayaba en explicar su experiencia cumbre, -ante la hipnótica mirada de mi hermana y el asombro por parte de mi cuñado o de un servidor, entre otros- cómo en cierta ocasión,  Javier la había pillado en el propio lecho de ambos, con un desconocido, follando como posesos, ella se las había ingeniado para, no sólo calmar la furia de Javier, si no además sacar al amante de la habitación, inducirle a que se vistiera, se fuera y volver a su habitación, dónde su marido, Javier, la esperaba con una cara de mala leche de tres pares, para, sosegada, preguntarle que qué le pasaba? Aquí, como era lógico, Javier le increpaba sobre que qué quería que le ocurriera? Que la había pillado en su propia cama con otro y que…

Aquí, Sarah negaba lo ocurrido ante la estupefacción del corneado Javier, que le volvía a rebatir -una y otra y mil veces más-, que lo acababa de ver. Ella negaba. Él se ponía de los nervios intentando convencerla de que diez minutos antes un tipo estaba allí. Follándola. Ella volvía a negar, una y mil veces y a decirle que estaba loco. Que debía de sufrir alucinaciones. Que igual se estaba pasando con la cocaína últimamente. Que qué vergüenza dudar de ella en un asunto así. Que qué poca confianza tenía en ella, etc, etc, etc… hasta con su característica vehemencia en sus explosivas declamaciones acababa por “convencerle” de que todo lo había imaginado.

Claro. Mientras contaba este episodio, Javier permanecía callado, huraño, rencoroso y dócilmente apesadumbrado por haber tragado con semejante historia. Mi hermana la miraba como a una diosa. Mi cuñado miraba a su socio como a un inútil. Yo miraba a Sarah con un deseo brutal. Lo que hubiera dado por conseguir sus favores allí mismo, sobre la mesa. Los otros comensales debían pensar muy parecido.

Cuando las carcajadas de todos remitían, era el turno de Javier.

Nos contaba -por ejemplo-, de cómo una vez le había sucedido “lo del zapato”. Esta era una historia muy manida que, parecía unirles mucho. Raros que eran.

Javier contaba sobre cómo en un viaje largo, en unas vacaciones, creo que de Barcelona a Lugo, al ir a repostar combustible en una gasolinera, se había dado cuenta de que en el lateral, justo por la parte baja de su asiento había encontrado un zapato blanco de mujer. Como su subconsciente, raudo, le había avisado de que tal vez fuera de una secretaria de su empresa con la que había estado retozando unas semanas antes, instintivamente, lo había cogido y tirado en una de las papeleras de la Estación de Servicio al ir a pagar el importe de llenar el depósito.

Luego,  una vez llegados a Lugo, al salir del automóvil, su suegra se demoraba porque no encontraba uno de los zapatos que dentro del coche se había quitado para estar más cómoda. Ante la metedura de pata, optó por negar la evidencia hasta el absurdo y dado que tanto Sarah, como su hijo y como la suegra estaban muy cansados, habían decidido entrar en el hotel y que al día siguiente, con luz y tranquilidad ya buscarían dentro del coche.

Claro. Aquí, la expectación hilarante de los comensales no se dejaba esperar…

  • Y, Qué hicisteis?

Javier, explicaba, avergonzado, mientras una Sarah exultante y capciosa se reía mientras le interrumpía para explicar sobre cómo el “imbécil” de su marido, había fingido ir a buscar tabaco o dios sabe qué antes de ir a dormir en el hotel, para tirarse con el coche otros cuatrocientos km -ida y vuelta a la gasolinera-, para hacer ver que había encontrado el zapato de su suegra.

Lo dicho, mientras nos reíamos con las aventuras de Sarah y Javier a los postres de las cenas, un servidor la desnudaba una y otra vez con la mirada.

Y, estoy seguro, ella lo sabía.

 

Lola.

Lola (Comentando a Valeria…)

A veces, los recuerdos -insanos o no- aparecen sin más.

  • Insanos?
  • Vaa… No asomes, precisamente hoy, con el calor que hace, no estabas pintando?
  • Por qué insanos?
  • Ya sabes por qué. Y a ésta gente que nos lee -ese dato- no les interesa.
  • Tu crees? Fue tu hemisferio el que se encoñó con Lola. Cuando fuimos a su casa, fue para colocar aquellos enlucidos de madera para proteger de la humedad.
  • Vivía en un bajo.
  • Ya se que vivía en un bajo. Lola estaba loca, como una cabra. Aun recuerdo aquella noche de la lluvia de estrellas que casi acaba en lluvia dorada. Se meo encima. Mientras estaba sentada en un sillón de una terraza. Que guarra!!
  • No se meo. Se c… descubrimos con ella el punto G. Tu le hablabas de arreglarle los bajos (de su casa) a su subconsciente. Yo hablaba con ella. Bajo la mesa nuestras manos jugaban. Fue algo incómodo (para que no nos vieran).
  • Que te crees tu eso. Da gracias que era de noche..
  • …!
  • Siempre nos han atraído las descerebradas, recuerdas?
  • Claro. Así nos fue durante tanto tiempo.
  • Lola fue especial. Fue la primera, la que nos sacó del tedio del matrimonio con..
  • Chist!! Los nombres chitón. O te encierro.
  • No te atreverás! La última vez ya sabes que estuvimos sin hablarnos un mes.
  • (que descanso)
  • Eh!! Que te he oído. Estoy en tu cabeza. Lo recuerdas?
  • Pues claro…No te dará una apoplejía un día, no…
  • …!!
  • Un ictus? Cortito?
  • Eres un imbécil. Me voy. Voy a seguir pintando. Me hubiese gustado ofrecer mi visión de la relación con Lola. Después de todo YO soy el artista, tu sólo eres el sieso que escribe… Qué ibas a escribir si no? De qué experiencias contarías? Ya me llamarás, ya.
  • Si. Para comer. Recuerda que un artista es un payaso. (también)
  • Imbécil…

(¡¡Portazo!!)

En fin, perdonad -una vez más- el inciso. Estaba en que tras comentar en el Blog http://loslabiosdevaleria.wordpress.com/ ha surgido un fantasma del pasado.

  • Otro. Otro fantasma!!
  • Te juro que un día….

Tras comentar -repito-, he sentido la necesidad de recordar el episodio con Lola.

Una vez, salí con una pintora, (eso decía ella) pusimos una gran sábana a modo de improvisado lienzo, sobre un sofá. Para protegerlo del polvo.

  • Qué polvo? Quién es el fantasma ahora? Eh!!
  • El de la sierra. Fuimos a lo de las maderas. Ves como no pillas?

Le gustaban los colores morados, pintar atardeceres.
Disfruté al principio, -para qué negarlo, por la novedad- perfilando con un pincel las aureolas de sus pechos. Ella hizo lo propio conmigo. La pericia de mis trazos degeneró bastante.
Las risas, los besos, los escarceos íntimos, las mezclas de óleos y acrílicos, la técnica de empastar…
Nos reímos mucho. Menos después, a la hora de lavarse.

No la volví a ver durante años.
Dos décadas después, tras una breve visita a su ciudad -fui a un entierro acompañado de mi hermana pequeña-, nos cruzamos por la calle. Ella iba con marido. Dos niños pequeños.
Saludos, efusivas muestras de cariño, ¿De nostalgia? Nos invitaron a su casa. A tomar café, charlar. Una visita cordial.

Entrando en la casa. Pasillo al fondo. Cuando crucé el comedor y vi la gran sábana extendida en una pared, el corazón me dio un vuelco.
Vi las huellas de los excesos de hace años sobre una pared.
Instintivamente bajé la mirada al suelo, saludé a los niños y cuando la volví a levantar, el tal Javier le preguntaba a mi hermana si le gustaba el cuadro.

Lola, -la amiga pintora-, me lanzó un imperceptible guiño que no pasó desapercibido por mi hermana, que después, ya en la calle, me increpó:

– Ésta tía te ha guiñado un ojo con su marido al lado? Anda.. Vamos, que estamos de entierro!!

Muñeca Beatriz (y dos)

Hace un par de años escribí una historieta, subjetiva, personal, íntima. Llevaba años con ella a cuestas. Mi madre tenía, -tiene- mucho que ver en ella.
Mi madre, que se está haciendo ya muy viejica, ha estado en casa una breve temporada. Una vez más, las enseñanzas de MUÑECA BEATRIZ han vuelto a mi cabeza.

MUÑECA BEATRIZ
(escrito febrero 2013)

Todos llevamos cientos de relés en nuestro cerebro. Pequeños resortes que inconscientemente nos hacen recordar y modifican nuestras conductas.

Muñeca Beatriz es un recuerdo que llevo en mi memoria desde hace décadas.

Beatriz era una amiga de mis hermanas, de cuando el apartamento de Bará, pongamos una década menor que yo.

Lo que quiero explicar hoy, ocurrió en breves segundos, una rápida conversación, un comentario mio fuera de tono, una veloz réplica de uno de mis progenitores y, posteriormente,  una lección aprendida de por vida que se quedó en la buhardilla de mi memoria como relé recurrente.

Mi recuerdo data de una mañana posterior al día de Reyes, no demasiado después, pongamos siete de enero, volvíamos del supermercado,  cargados de bolsas, mi padre, mi madre y yo, yo con mis catorce/quince añicos,  pletórico de esa mala baba que fue mi adolescencia, no recuerdo ninguna bronca en especial, pero si que era un nuevo día tenso.

Entre el rellano y la escalera al primer piso, nos cruzamos con Beatriz, iba acunando una muñeca repollo -una moda que sufrimos los niños hace años-..

Ante la mirada dulce de mi madre, la niña nos mostró su tesoro recién adquirido.

– Que muñeca más fea.
(el exabrupto que salió de mi boca resonó por todo el portal)

– A ella le gusta y eso la hace feliz.
(replicó rauda mi madre mientras carantoñeaba a la cría en dulce consuelo ante mis duras palabras)

Mientras pasábamos del primer piso al segundo tramo de escaleras, brazos en tensión,  paso sereno (nuestra casa estaba en el tercero), aun insistí con un:

– … Pero es que es fea.
(mi pensamiento albergaba, -en esos momentos-, esa estúpida idea de que la libertad radica en decir todo lo que pensamos sin más, junto al bullicio de los cientos de actos que seguramente habían propiciado otra jornada tensa en casa..)

Mi padre, detrás, hizo algún comentario hosco que no recuerdo, mi madre insistió:

– Pero a ella le gusta, y eso es suficiente.

Nunca más hablamos del tema, supongo que la vorágine del día a día se tragó aquella lección. Pasaron los años,  luego fui padre, ahora ya podría ser abuelo..

Durante años ha permanecido este relé en mi cerebro.
Cada vez que tomo una decisión en la cual intervenga un posible daño a un tercero por unas hirientes palabras mías, el relé de la Muñeca Beatriz aparece haciendo gala de las palabras de mi madre.

EL SUSTO

Esta historieta la escribí al poco de comenzar en WordPress, entonces no me enteraba mucho de cómo subir fotos y no lo hice, el relato creo que mejora con su foto correspondiente. Ahí lo dejo..

Os voy a contar una cosa que me ocurrió un sábado del invierno de 2014. -Es una situación que a toro pasado da mucha risa-, pero que en aquel momento casi me cago del susto!!

Os cuento..
Los sábados, con el horario nuevo, entro a las cinco de la mañana, como me llevo los perros, voy andando, tengo unos cinco km, salgo entre una hora, hora y media antes..no siempre tardo lo mismo. Depende de las ganas que tengan de caminar, los árboles que huelan, lo que meen, esas cosas que hacen los canes..

Total, que generalmente salgo a las tres y poco de la mañana.
El camino hacia la fabrica, justo hasta mitad del mismo, es todo cuesta arriba. Hasta que salgo del pueblo más o menos. Luego, conforme voy atravesando campos, es cuesta abajo.
Ojo, no es una ascensión,  pero..es ese punto, en el que se va forzando un poco el paso todo el rato. A mi, con la artrosis de rodilla, me cuesta más caminar hacia arriba, que en plano o cuesta abajo.
Yo siempre voy con los cascos de la radio puestos. No de esos que van dentro del oido que me hacen daño, no. Yo llevo unos cacofónicos bien grandes. De propaganda de la Heineken. -Mientras re-escribo este post, los recuerdo con nostalgia, que bien sonaban-. Todos ellos de color verde y rojas las estrellas de la marca. Como un disc-jockey urbano.
(y a quien no le gusten, que no mire)

Pues imaginaos la situación:
La noche cerrada.
Sin luna.
El arf, arf, arf, arf…de ir tironeando de los perros..
Los cascos sonando a todo guiñapo para concentrarme en mi mundo..
Cabizbajo, mirando todo el rato al suelo..
No vaya a ser que pise alguna hierba mojada, me resbale y me esmorroñe por ahi..

No se si os pasa a vosotros..pero cuando vas solo, a oscuras, con la mente perdida y concentrado, a veces oigo algo parecido a voces..o creo que alguien saluda..o alguien me mira. -Puede también que sea la psicosis perceptiva que nos acompaña a los vigilantes de noche-.

Como a esas horas, rara vez me topo con nadie, y además llevo los perros, que dan seguridad y avisan, voy concentrado en mirar lo que piso, y a tajo, para que los chuchos no se paren.
Lo demás no existe.

Y de repente, sabeis esa sensación de que hay alguien alrededor…  levanto la cabeza..

Y me encuentro con esto..

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Una furgoneta, aparcada al final de la cuesta. Donde se acaban las casas..

El gracioso del dueño le ha puesto al sillón del copiloto una chaqueta tipo militar, chaleco reflectante y esa máscara al reposa cabezas..

Mira… al levantar los ojos del suelo, di un respingo, que los cacofónicos salieron volando..sólo sujetos por el cable… dando vueltas alrededor mio..
Hasta las gafas, generalmente sujetas con una goma de esas al cogote.. se me movieron.

Los perros se pusieron a ladrar.. nerviosos, porque miraban alrededor y tras no percibir ningún peligro, me miraban con esa cara de tontos que ponen los perros cuando no entienden nada..
Me entró la risa.. una risa floja y nerviosa, una vez pasado el susto inicial. Los perros percibieron el cambio de ánimo y se pusieron a jugar, correr, morderse.., esas cosas que hacen los chuchos, vamos.
(todo sobre las cuatro de la mañana. .)

En fin, que susto el hijo puta.

En la edad del pavo

Conversación Whatssap a dos bandas.

En dos grupos -el familiar y el de “sólo primos”-.

En el familiar:

Una prima mía cuelga un vídeo donde, imitando a un director de orquesta, hace el payaso. Su marido, nos indica el qué y cómo, y le hace burla sobre su actuación. Su hija, mi sobrina, -de ella que no de él-, comenta: Cuánto “disfruta” -haciendo el payaso- y.. se permite -en un alarde de ¿genialidad?- añadir que ella salió de ella. (pretendiendo decir que ella sale a su madre -en lo payaso-)

Mientras todos los familiares reímos la ocurrencia de la adolescente, paralelamente, se crea otra conversación, subida de tono, en el grupo de “sólo primos” -éste lo tenemos para cuando no queremos hacer partícipes a los menores de edad, y de paso a las parejas políticas-

La broma, tampoco nada del otro mundo, va dirigida a que seguro, “disfrutó” más cuando la metió -a la hija- el padre de la criatura, -curiosamente, otro de esos “desaparecido en combate” que no asoma para pagar pensiones, etc, etc..

La puya, dirigida hacia mi prima, en chat paralelo. Evita que el marido actual se entere de lo que estamos hablando. Al final, las hileras de Emoticonos soltando lágrimas de risas, se van colando en las dos conversaciones hasta conseguir que nadie sepa realmente de qué se están riendo los demás.