Reflexionando.

Todo archivo reproduce el orden mental de quien lo mantiene.

Yo me hago copias y copias. Fotos, escritos, vídeos, audios.
Por fechas, por meses, por años… luego hago copias de las copias…
Siempre pensando que que el día de mañana, cuando sea viejto, (si llego)* podré recordar lo que fue mi vida. la infancia y juventud de las hijas, la familia, las mascotas -cuya longevidad acostumbra a ser inferior a la nuestra-.

* Con frecuencia medito que aun a pesar de que llegue, tal vez no recuerde el orden en que fueron archivados.

Así nos va.

reflexionando[1]

No es oro todo lo que reluce.

ANILLOS CLAVOS - copia

Siento nostalgia de aquellos tiempos en los que me agachaba cuando veía algo dorado.

Hoy en día, existen tantas mierdas (chapas, precintos de briks, vitolas de celofán de tabaco, deslumbrantes embalajes mínimos, restos de pilas, roscas o piezas de relojes baratos…) que ya no se aprecia si tal vez no resulta absurdo agacharse…

También he de tener en cuenta lo que me cuesta hacerlo.

Llega un día en el que…

Llega un día en el que sin darte cuenta, empiezas a tener un rinconcito por casa, donde se acumulan diversos tipos de tamaños,  formas y colores, de pastillas.

Esos mismos rincones de casa ajena, de los que uno se burlaba no hace tantos años.

Y.. no se sabe por qué enajenación mental o falta de visión de futuro,  pensábamos que nunca pasaríamos por ello.

Es como cuando abres un armario lleno de trastos y piensas:

– Horror..!! Recuerdo que mis tíos tenian uno igual.

Es entonces cuando caes en la cuenta de que aquella frase que dijo el abuelo, tan divertida que te ha parecido durante toda tu vida, comienza a coger forma.
Se sedimenta un poco más entre los estrechos márgenes que el colesterol a ido formando por dentro de las venas.

Debía de ser al final de Semana Santa de 1985. Camino de la estación de San Vicente de Calders (Tarragona), acompañábamos a los abuelos al tren que los llevaría de vuelta a Zaragoza. Mi madre, su madre y su padre detrás. Mi padre al volante y yo con mis patas largas, a su lado.

Mi padre, tan torpe como de costumbre a la hora de parir chistes, se había descolgado con un:

– Bueno abuelo, ya estamos en la estación. Las vacaciones han tocado a su fin. (como si a mi abuelo le pudiera importar un espacio de tiempo tras veinte años jubilado yá)

Y, de repente ocurrió. Mi abuelo rompió a reir como si Charly Rivel hubiera sido quien le hubiera hablado en aquella ocasión.
Sus carcajadas sueltas, sus mofletes sabios en esta virtud, temblando sin cesar.. su mujer, mi abuela, mirandoselo como antaño. Con el verbo fácil preparado por la costumbre para el calificativo despectivo cariñoso,

– De qué te ríes melón? Será posible! Este hombre cada vez está más pallá..

Y mi abuelo, mi padrino nacido en 1902 venga a reir..
– Jajajajajajajajajaja… Jajajajajajajajajaja…Jajajajajajajajajaja!!

Por fin, cuando ya las lágrimas que no de llanto apuntaban dolor de tripas, mi padre, tosco como de costumbre acertó a preguntar:

– Joder, Pepe. Se puede saber de qué te ries?

Y mi abuelo, entre hipos y mocos, lágrimas y toses.. acertó a contestar..

– Pues que estaba pensando, que ahora el abuelo soy yo, pero cuando vuelva en verano, el abuelo serás tu.

Tanto mi madre como un servidor reimos la infantil ocurrencia mientras mi abuela negaba con la cabeza sin haber llegado a comprender.

Mi padre, volante en mano, cerró el pico. De todos los sermones que me ofertó sobre mi acelerada proxima paternidad, aquel jarro de agua fría lo dejó helado.
Creo que por más partidos de tenis que continuó jugando, aquel día las rodillas comenzaron a dolerle sin más.
Un nuevo peso no planificado revoloteó con furia sobre sus hombros.
En tres meses, tal vez cuatro, el abuelo sería él.

Sin fecha de caducidad

Recuerdo cuando adolescente haber pensado y repensado la edad para morir.

Yo nací un día veintidós, por consiguiente éste número se convirtió de inmediato en mi número, mi número de la suerte.
(tampoco es la que me ha proporcionado, pero he seguido insistiendo machacón en ello)

Con diabólica facilidad comencé a pensar en ello de forma habitual, no se lo dije jamás a nadie, claro. Si se lo hubiera explicado a alguien, me habrían convertido en carne de siquiatras y, yo sabía perfectamente que tan sólo se trataba de un juego cabalístico recurrente de mi poco seso.

Decidí,  que si mi número,  mi número de la suerte, iba a ser el veintidós (22), lo lógico sería acabar mis días en esa fecha. Hilando fino.. comencé a elucubrar un plan de edades.
A los veintidós no me iba a morir. Qué tontería, con las ganas de vivir y de hacer cosas que tenia yo.
A los cuarenta y cuatro, tampoco me pareció bien, lo lógico seria que estuviera dale que te pego fundando una familia, trabajando, etc..
A los sesenta y seis se me antojó justo, no iba a estar como un cabrón currando hasta los sesenta y cinco para jubilrme y morirme.
tendría que ser a los ochenta y ocho.
(porque pretender llegar a los ciento diez, y quedarme en el intento,  menuda estupidez)
Los ochenta y ocho era una buena edad.

Con los años, sin embargo, (la vida no me trato demasiado bien, tampoco yo le di muchas oportunidades..),  comencé a pensar que los ochenta y ocho era mucho tiempo. A donde coño quería ir con ochenta y ocho? Si no te aguantarás ni los pedos. Arrastrarte con un bastón en el mejor de los casos, etc, etc..
(ya dije anteriormente que en determinada etapa de mi vida pensé en tirar la toalla o dejarla por ahí)

La vorágine de mi vida en el mundo de la cocaína,  me mantuvo durante unos años con la mirada perdida en elucubraciones absurdas..
El ex de mi pareja de aquella etapa falleció un veintidós. Un año justo después, el mismo mes, el mismo día,  mi padre también se iba, para siempre. Tal vez fuera un toque de atención que el Dios de las cábalas me enviaba para que recuperase el sentido perdido.. no se.

Por lo tanto, decidí de nuevo, que los sesenta y seis era una buena edad para dejar este (*) mundo
*(mientras escribo este relato me apetece añadir “asqueroso”, aunque como a fecha de hoy, no me lo parece tanto, no lo haré)

Ahora que tengo cincuenta y tres y, que desde hace otros.. seis, y, que gracias a mi mujer, he recuperado las riendas de mi vida, los sesenta y seis se me antojan a la vuelta de la esquina.

Habrá que dejar de pensar en cábalas numeristicas absurdas, recuperar, tal vez, el bastón  de la artrosis, olvidado desde hace un par de años tras la puerta de casa, y permitir que el tiempo me lleve allá a donde el entusiasmo de Anna, el brillo de los ojos de mi hija o el trote de mis perros me quieran llevar.

Mi mujer cumple en once..
Tal vez a los setenta y siete??
Calla, calla.. no empieces otra vez…

escrito marzo 2014